El gobierno de Estados Unidos oficializó una nueva estructura arancelaria para los sistemas de aeronaves no tripuladas (UAS, por sus siglas en inglés) y sus partes, con el objetivo declarado de reducir la dependencia estadounidense de proveedores extranjeros en un mercado dominado por fabricantes chinos. La determinación se apoya en la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, el mismo mecanismo utilizado en el pasado para gravar al acero y al aluminio por motivos de seguridad nacional.
El esquema distingue por peso y por capacidades técnicas. Los equipos con un peso de despegue superior a los 25 kilogramos y que incorporen funciones consideradas sensibles —cámaras térmicas o estaciones de acoplamiento automatizado, entre otras— quedarán sujetos a un arancel del 100%. Los drones de menor porte y sin esas capacidades enfrentarán una alícuota del 25%. La mayor parte de los gravámenes entrará en vigor el 3 de septiembre, aunque los componentes no clasificados como sensibles cuentan con un plazo más extendido para su aplicación.
El esquema incluye además un tratamiento diferencial para un grupo de socios estratégicos: los drones fabricados en la Unión Europea, Japón, Corea del Sur, Suiza, Liechtenstein y Taiwán pagarán un arancel del 15%, mientras que la producción del Reino Unido quedará gravada al 10%. La brecha entre esas alícuotas y la aplicada a China deja en evidencia que la medida está diseñada, en los hechos, para desplazar a los fabricantes chinos del mercado estadounidense.
El peso de DJI y el antecedente regulatorio
La decisión se apoya sobre una serie de restricciones previas. Desde 2022, DJI —la mayor fabricante mundial de drones comerciales— figura en un listado de empresas chinas vinculadas al aparato militar del país, lo que le restringe el acceso a determinada tecnología estadounidense. En diciembre de 2025, la Comisión Federal de Comunicaciones había avanzado con una prohibición sobre la importación de nuevos equipos de DJI y de otra firma china, Autel Robotics, que en conjunto concentran cerca del 90% de las ventas de drones en el mercado estadounidense.
La respuesta china y una tregua bajo tensión
La medida se produce después de que el Ministerio de Comercio de China anunciara, el 5 de agosto, un endurecimiento de sus propios controles sobre las exportaciones de drones y de artículos de uso dual hacia Estados Unidos, que desde entonces requieren una revisión caso por caso y quedan excluidos de mecanismos de facilitación de licencias. En el mismo paquete de contramedidas, Beijing sancionó a un grupo de entidades estadounidenses y abrió una investigación sobre las importaciones de impresoras y fotocopiadoras.
El nuevo cruce arancelario se da en un contexto de tregua comercial todavía frágil entre ambas potencias, alcanzada tras el encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y de China en octubre pasado, y de cara a una eventual visita del mandatario chino a territorio estadounidense prevista para septiembre. La escalada en torno a los drones sugiere que, más allá de los gestos de acercamiento en otros frentes, la disputa por el control de las cadenas de suministro tecnológicas continúa marcando el pulso de la relación bilateral.
Una industria que busca reconvertirse
El anuncio llega tras meses de deliberación dentro del gobierno estadounidense. La investigación bajo la Sección 232 sobre el impacto de las importaciones de sistemas no tripulados en la seguridad nacional había sido abierta con antelación, y a lo largo de ese proceso el Departamento de Comercio recibió comentarios de fabricantes, operadores comerciales y agencias públicas que utilizan drones para tareas de inspección, agricultura y seguridad. El resultado final combina ese diagnóstico con la estructura de aranceles diferenciados según origen que la actual administración ya había aplicado en otros sectores estratégicos.
Para los fabricantes locales, la nueva estructura arancelaria funciona como un incentivo directo a ampliar capacidad productiva dentro de Estados Unidos, en momentos en que agencias federales, gobiernos estaduales y cuerpos de primera respuesta enfrentan crecientes restricciones para adquirir equipos de origen chino. La brecha de precios entre los drones nacionales y los importados desde China —hoy sensiblemente más baratos— había sido, hasta ahora, uno de los principales obstáculos para esa transición.
El resultado de esta disputa, sostienen especialistas del sector, dependerá en buena medida de la capacidad de la industria estadounidense para sustituir en un plazo razonable la infraestructura de proveedores que China construyó durante más de una década. Hasta que eso ocurra, el mercado de drones seguirá siendo uno de los frentes más sensibles —y más vigilados— de la relación comercial entre Washington y Beijing.

