Las últimas proyecciones de otoño de PIIE estiman que el producto bruto global avanzará 3,2% en 2026 y 3,1% en 2027, un desempeño que se explica en buena medida por el auge de la inteligencia artificial: la ola de inversión en infraestructura tecnológica y la valorización bursátil asociada están compensando el impacto combinado de la energía cara, la inflación y el endurecimiento monetario.
El balance para el año próximo luce parejo: las tasas de interés más altas funcionarán como el principal freno a la actividad, pero ese lastre se verá atenuado por un descenso gradual de los precios energéticos. Estados Unidos seguirá a la cabeza entre las economías avanzadas, con un crecimiento estimado de 2,3% este año y 2,2% en 2027, impulsado por el consumo de los hogares y la inversión empresarial.
El shock energético, el factor que reordenó el año
La guerra en Irán alteró los mercados de energía desde comienzos de año. El barril de Brent ronda hoy los 100 dolares, casi 40% por encima de su valor previo al conflicto, y el gas natural europeo, el diésel y otros refinados registraron subas todavía mayores. El escenario base supone un retroceso progresivo en línea con lo que descuentan los mercados de futuros: el Brent cerraría 2027 apenas por encima de 80 dólares, a menos de 10 dólares de su nivel de preguerra.
El encarecimiento energético reactivó la inflación en la mayoría de los países. Aunque los registros siguen lejos de los picos de principios de la década, el repunte bastó para encender alarmas en hogares, empresas y bancos centrales. La Reserva Federal y otras autoridades monetarias ya iniciaron un ciclo de subas, y el costo del endeudamiento soberano escaló con fuerza: en numerosas economías avanzadas alcanzó máximos desde la crisis financiera global. Detrás de ese movimiento confluyen tres fuerzas: la expectativa de nuevas subas de tasas, la creciente preocupación por la sostenibilidad fiscal y una competencia global intensa por el ahorro disponible, absorbido en gran parte por el despliegue de la IA.
Un mapa de crecimiento con trayectorias divergentes
Entre las economías desarrolladas, la zona euro mostraría una leve aceleración en 2027, con Alemania consolidando su recuperación. Japón mantendría un crecimiento por encima de su potencial, apoyado en las exportaciones de microchips y en la expansión fiscal, mientras que el Reino Unido conserva tracción gracias a la inversión tecnológica, que amortigua el shock energético.
En el mundo emergente el panorama es más heterogéneo. India sigue liderando, sostenida por una demanda interna vigorosa. China, en cambio, arrastra un consumo débil por la sobrecapacidad productiva y la prolongada crisis inmobiliaria, y el impulso de sus exportaciones tendería a diluirse el año próximo. Rusia continúa condicionada por las sanciones y una política monetaria restrictiva. En la región, Brasil aprovechó los altos precios de las materias primas, pero su expansión se moderaría a medida que se disipe el estímulo fiscal de este año y las tasas se mantengan elevadas, una señal relevante para los socios del Mercosur.
Estados Unidos: demanda robusta e inflación que no cede
La economía estadounidense exhibe una demanda privada sólida y un mercado laboral cercano al pleno empleo. Esa fortaleza, sumada al salto energético, derivó en una aceleración inflacionaria significativa. El consumo creció este año mucho más rápido que en 2025, pese al deterioro de la confianza y a un avance apenas marginal del ingreso disponible. La explicación está en el efecto riqueza: el optimismo bursátil en torno a la IA infló el patrimonio de los hogares. Ese mismo motor constituye el principal riesgo del pronóstico, ya que una corrección pronunciada en las acciones podría frenar el gasto de manera abrupta.
La inversión empresarial también se disparó, traccionada por la compra de equipamiento vinculado a la IA. Su aporte inmediato al PBI, sin embargo, es acotado, porque buena parte de esos bienes se importa; el beneficio de fondo se verá en la productividad de largo plazo.
En su reunión de septiembre, la Reserva Federal elevó la tasa de referencia en 0,25 punto porcentual y el escenario más probable contempla tres subas adicionales de igual magnitud, en diciembre, enero y marzo, para enfriar la economía y preservar su credibilidad antiinflacionaria. Con energía en descenso y una política más restrictiva, la inflación medida por el índice PCE pasaría de 3,7% en 2026 a 2,3% en 2027. La variante núcleo bajaría con mayor lentitud, de 3,3% a 2,7%, presionada por la rigidez de los servicios, el traslado rezagado del costo del diésel y la escasez de chips.
El frente fiscal, una vulnerabilidad en ascenso
El horizonte estadounidense también está condicionado por una deuda pública alta y creciente. Los pagos netos de intereses federales en relación con el PBI ya tocan su nivel más alto desde los años noventa y, con las políticas vigentes, seguirían aumentando. El rendimiento del bono del Tesoro a diez años se ubica cerca de un punto porcentual por encima de lo que la Oficina de Presupuesto del Congreso preveía para este año, lo que amenaza con acelerar el efecto bola de nieve: más intereses elevan la deuda, y más deuda genera nuevos intereses.
A ello se suma un cambio en la tenencia de títulos del Tesoro: retroceden los tenedores oficiales extranjeros y ganan peso los hogares y los fondos de cobertura, inversores más apalancados y sensibles al precio, capaces de amplificar un shock de tasas si se ven forzados a desarmar posiciones. La IA podría mejorar las cuentas por la vía de la productividad, pero no resolverá el problema: también tiende a elevar las tasas, y un eventual desplazamiento del ingreso hacia el capital o un aumento del desempleo podrían ampliar el déficit.
Con todo, una crisis fiscal no aparece como inminente: las tasas siguen por debajo de los niveles de los ochenta y buena parte de los noventa, y la economía mantiene bases sólidas. El diagnóstico de largo plazo, no obstante, es de insostenibilidad, y la polarización política reduce las chances de una corrección significativa en el corto plazo.

