Washington y Pekín acuerdan un canal de emergencia en IA, pero ninguno está dispuesto a frenar la carrera

La cumbre Trump-Xi dejó un diálogo bilateral y una línea directa ante incidentes graves. Pero, a diferencia de los semiconductores, la IA podría ser mucho más difícil de dividir en dos bloques.
la IA sigue siendo ante todo un terreno de competencia
la IA sigue siendo ante todo un terreno de competencia

Lo que surgió del último encuentro fue un «diálogo» bilateral sobre IA, de contenido todavía difuso, que volverá a reunirse en noviembre. En paralelo, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino He Lifeng acordaron crear un canal de comunicación para incidentes vinculados a la IA: en la práctica, el compromiso de atender el llamado de la otra parte si surge un problema grave de ciberseguridad creado o potenciado por esta tecnología que involucre a ambos países. Es un primer paso relevante, pero acotado: para los dos gobiernos, la IA sigue siendo ante todo un terreno de competencia.

La carrera global, por encima de la prudencia

Según la agencia oficial Xinhua, Xi propuso a Trump sostener el diálogo, intercambiar evaluaciones sobre riesgos y beneficios, y trabajar juntos contra los usos maliciosos de la IA y por preservar el control humano sobre ella. Pero ese gesto hacia el bien común no vino acompañado de ningún compromiso de desaceleración. Quienes desarrollan y regulan los principales modelos chinos no consideran haber creado todavía un equivalente del arma nuclear del siglo XXI, y no tienen intención de detenerse mientras Estados Unidos perfecciona los suyos. De hecho, en sus giras previas por Asia Central, India y África, el eje del mandatario chino fue sumar al Sur Global a una economía de la IA apoyada en tecnología china.

Trump, por su parte, rechazó de plano cualquier propuesta de frenar o regular con más rigor el avance de la tecnología. Calificó como exagerados los temores en torno a la IA, descartó compartir capacidades con China mientras su país lleve la delantera y anticipó que la «superinteligencia» se discutiría con Xi, aunque para dejar las cosas como están.

Con el correr de los días quedó claro que el diálogo fue impulsado por Bessent más que por Trump, preocupado porque programas de IA fuera de control desestabilicen los mercados financieros.

El dilema del prisionero aplicado a la IA

El resultado era previsible desde la teoría de juegos. Según el dilema del prisionero, una parte sólo cede si confía en que la otra hará lo mismo. Con la desconfianza que domina la relación, y con ambas potencias concibiendo la IA como una carrera por la supremacía, frenar equivaldría a dejarle el camino libre al rival.

Eso no impide, sin embargo, acuerdos para fijar límites y contener efectos colaterales que no exijan sacrificar velocidad. Por esa vía, Bessent y He Lifeng podrían avanzar en la lucha conjunta contra el cibercrimen y los ataques informáticos potenciados por IA, siempre que los responsables no sean actores estatales de uno de los dos países. 

Un mercado que se resiste al desacople

La gran pregunta es si la IA repetirá el patrón de los semiconductores, la computación, las telecomunicaciones y servicios digitales como las redes sociales o el comercio electrónico, donde la desconfianza derivó en un desacople creciente entre los ecosistemas liderados por cada potencia. En el hardware, la superioridad estadounidense motivó restricciones a la exportación de chips avanzados, lo que empujó a China a invertir sumas enormes en capacidades propias.

La inteligencia artificial, no obstante, presenta diferencias de fondo. Por un lado, no está claro que alguno de los dos países lleve una ventaja significativa. Por otro, la extrema fluidez de la tecnología y la velocidad de su evolución hacen que negarle acceso al adversario resulte casi imposible.

Los productos de ambos países ya compiten en los mismos mercados y se usan de forma casi intercambiable. Datos de plataformas de agregación de modelos muestran que usuarios de todo el mundo, en especial empresas pequeñas, incluidas compañías estadounidenses, adoptan DeepSeek y otros modelos chinos alojados en servidores de Estados Unidos, y alternan entre proveedores según el uso, el objetivo y el costo.

Al mismo tiempo, el mercado muestra una clara segmentación. Los modelos chinos son mayormente de pesos abiertos, lo que permite descargarlos y ejecutarlos en infraestructura propia, y resultan más baratos gracias a una energía de menor costo y a una ingeniería eficiente; a grandes rasgos, ya captarían cerca de la mitad del mercado. Los modelos estadounidenses más conocidos, en cambio, son cerrados, ofrecen aplicaciones más sofisticadas a mayor precio, mantienen en reserva su código y sus datos de entrenamiento, y generan ingresos enormes sostenidos por niveles de inversión extraordinarios. Cuando Washington evaluó bloquear el acceso internacional a sus modelos cerrados más avanzados, las protestas llegaron desde Pekín, Silicon Valley y el resto del mundo.

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