La diplomacia china convierte a Beijing en el nuevo centro de gravedad global

Líderes de Europa, América y Asia desembarcaron en la capital china en busca de acuerdos comerciales y previsibilidad, mientras Washington proyecta incertidumbre.
29/05/2026
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la diplomacia china convierte a Beijing en el centro global
la diplomacia china convierte a Beijing en el centro global

En los primeros meses de 2026, Beijing se convirtió en una escala ineludible para los líderes mundiales. Desde enero, una sucesión de mandatarios europeos, asiáticos y latinoamericanos viajó hasta China para reunirse con el presidente Xi Jinping en un ritmo que no tenía precedentes recientes. Solo en enero visitaron al líder chino al menos cinco jefes de Estado o gobierno, entre ellos el primer ministro británico Keir Starmer, el primer ministro canadiense Mark Carney, el presidente surcoreano Lee Jae-myung, el taoiseach irlandés Micheál Martin y el presidente uruguayo Yamandú Orsi. Starmer fue el primer premier británico en pisar China en ocho años.

La tendencia se profundizó durante el verano boreal. El canciller alemán Friedrich Merz visitó Beijing en febrero para restablecer vínculos comerciales y profundizar la cooperación bilateral. Emmanuel Macron y los primeros ministros de Finlandia y otros países europeos también realizaron viajes oficiales a China en ese período. La coronación diplomática llegó en mayo: el propio Donald Trump viajó a Beijing en visita de Estado —la primera de un presidente norteamericano en nueve años—, donde acordó con Xi una visión compartida de «estabilidad estratégica constructiva» para las relaciones entre los dos países.

Lo que une a visitas tan disímiles es el denominador común del contexto: la política exterior de Washington bajo el segundo mandato de Trump generó una incertidumbre que muchos gobiernos no estaban dispuestos a asumir como costo permanente. Ante aranceles imprevisibles, una actitud errática hacia los aliados tradicionales y el retiro de compromisos multilaterales, países que habían mantenido distancia de China durante años recalcularon. La conclusión fue pragmática: no se puede ignorar a la segunda economía del mundo cuando el principal socio histórico se vuelve impredecible.

Beijing capitalizó ese margen con precisión. Xi presentó cada encuentro como parte de una narrativa coherente: China como actor responsable, abierto al diálogo y comprometido con el libre comercio y el multilateralismo en un momento en que esos principios estaban bajo presión. Al recibir en enero las credenciales de 18 nuevos embajadores, el líder chino sintetizó la postura oficial: «China abrirá sus puertas cada vez más e inyectará mayor certeza e impulso al mundo a través de su desarrollo de alta calidad.»

La ofensiva diplomática tuvo correlato en acuerdos concretos. Con el Reino Unido, China ofreció entrada sin visa por 30 días para ciudadanos británicos y una reducción de aranceles de importación. Con Alemania, los dos países reafirmaron su «asociación estratégica integral» y acordaron profundizar el diálogo sobre comercio y cooperación industrial. Con Canadá, el gobierno de Carney buscó compensar la presión arancelaria de Washington con una apertura hacia el mercado chino. Con Corea del Sur, las dos partes retomaron una comunicación directa que había estado suspendida. Con Uruguay, el viaje de Orsi marcó la primera visita de un presidente sudamericano al país desde que Trump capturó a Nicolás Maduro.

El APEC, que China preside este año, será otro escenario clave. La reunión de líderes económicos prevista para noviembre ya se perfila como una nueva oportunidad para que Beijing consolide su rol de anfitrión del diálogo multilateral. La posibilidad de que Trump y Xi se reúnan hasta cuatro veces en 2026 —en Beijing, en Washington y en los márgenes de foros multilaterales— subraya la centralidad de ese eje bilateral en el sistema internacional.

Detrás de la agenda de recepciones y banquetes, no obstante, persisten tensiones estructurales. Europa continúa evaluando los riesgos de una dependencia excesiva de China en sectores estratégicos. Washington y Beijing mantienen diferencias profundas en materia tecnológica, de seguridad y sobre Taiwán. Y la propia ofensiva diplomática china tiene un componente doméstico: Xi necesita proyectar imagen de liderazgo global en vísperas del XV Plan Quinquenal, que comienza en 2026. La narrativa de China como «pilar de estabilidad» es también una política de comunicación interna.
Aun así, el movimiento es real. El desfile de líderes hacia Beijing no es solo una producción de Zhongnanhai: refleja un reacomodamiento genuino en las prioridades de los gobiernos que, ante un orden mundial en transición, buscan diversificar apoyos y construir nuevas anclas de certidumbre. En ese proceso, Xi Jinping encontró en la turbulencia ajena la mejor oportunidad para posicionarse.

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