La expansión de la economía espacial global depende de una red compleja de países y de una geopolítica cada vez más tensa en torno a un puñado de materiales críticos. Galio, grafito, titanio, helio y gases raros, renio, berilio, y otros insumos más silenciosos pero igual de indispensables, como los combustibles y las tierras raras, son hoy la base material de cualquier cohete, satélite o estación orbital. Sobre ese terreno se libra una competencia estratégica entre Estados Unidos y China que va mucho más allá de quién lanza más misiones.
Estados Unidos continúa a la cabeza del mundo en cantidad de misiones espaciales exitosas y de bases de lanzamiento desde 2016, mientras Rusia pierde terreno como potencia espacial. China, sin embargo, achica esa distancia año a año, y cuenta además con una ventaja decisiva en el terreno de los recursos: buena parte de los materiales que hacen posible construir cohetes y satélites se concentra en su territorio.
El terreno donde China manda
El caso más extremo es el del galio, un metal utilizado en paneles solares, disipadores térmicos y amplificadores de radiofrecuencia para el espacio profundo: China concentra el 99% de la producción mundial. Le sigue el grafito, presente en propulsores de soporte satelital y en compartimentos de carga útil, del que China produce el 78% del total global.
En titanio, un metal clave para las aleaciones de las cámaras de combustión y las carcasas de los propulsores, China también domina con el 70% de la producción mundial, muy por delante de Japón, que aporta apenas el 14%. Algo similar ocurre con las tierras raras, cuyos compuestos resultan esenciales para los giroscopios satelitales y las baterías nucleares de las naves espaciales: China concentra alrededor del 70% de la oferta global, mientras que Estados Unidos apenas llega al 13 por ciento.
Dónde Estados Unidos recupera terreno
La partida, sin embargo, no está perdida para Washington. Estados Unidos es el mayor productor mundial de helio y gases raros —utilizados en la presurización criogénica de combustibles y en el ensamblaje de naves espaciales—, con el 43% de la producción global, seguido por su aliado Qatar, que aporta el 33 por ciento.
En berilio, un metal alcalino más liviano que el aluminio y más resistente que el acero, indispensable para fabricar espejos de telescopios espaciales y ventanas de radiación, Estados Unidos también lidera con el 54% de la producción mundial, seguido de cerca por Brasil y China, ambos con alrededor del 18 por ciento cada uno. El renio, utilizado en cámaras de combustión refrigeradas por radiación y en toberas de propulsión satelital, presenta un cuadro más repartido: Chile es el mayor productor con el 37% del total, seguido por China con el 25% y Polonia con el 12 por ciento.
El resultado es un mapa de dependencias cruzadas: ningún país domina por completo la cadena de suministro de la economía espacial, pero China concentra el control de los materiales más determinantes para la próxima generación de cohetes y satélites.

