Durante décadas, economistas y organismos multilaterales debatieron los desequilibrios en las cuentas corrientes del mundo como si se tratara de un problema técnico, manejable, susceptible de corrección mediante la coordinación política entre grandes potencias. Hoy, ese debate vuelve con renovada urgencia —y con mucho menos optimismo respecto a las soluciones disponibles.
Los desequilibrios globales están de regreso. El diagnóstico es, en lo esencial, conocido. Como sintetizó el presidente francés Emmanuel Macron en el Foro Económico Mundial de Davos, los desequilibrios excesivos surgen del «sobreconsumo americano, el subconsumo e inversión excesiva chinos, y la baja inversión y falta de competitividad europeas». Lo llamativo es que esa descripción sería igualmente válida para cualquier punto de los últimos veinte años. La geografía de los desequilibrios es persistente: Estados Unidos y el Reino Unido acumulan décadas en déficit; Europa, Japón, las economías petroleras y China llevan igual tiempo en superávit.
Lo que ha cambiado es el contexto en el que operan esos desequilibrios. El Banco de Inglaterra advirtió recientemente que los saldos en cuenta corriente globales se encuentran cerca de sus niveles más altos en 150 años, y que en cada una de las tres ocasiones anteriores en que fueron más elevados, siguió una crisis económica o financiera de magnitud. El dato no es una predicción, pero merece atención. Una investigación del Instituto Peterson llegó a conclusiones similares y más alarmantes: los desequilibrios podrían estar a punto de entrar en una segunda fase más intensa de «shock chino», con consecuencias geopolíticas y económicas profundas.
El corazón del problema está en la dinámica de las dos economías más grandes del planeta. En Estados Unidos, el déficit fiscal proyectado ronda el 6% del PBI de manera sostenida durante la próxima década, alimentado por una demanda interna robusta y una clase política incapaz de abordar el ajuste estructural. Esa combinación implica que el déficit de cuenta corriente norteamericano se mantendrá en el rango del 3,5% al 4% del PBI, financiado crecientemente por flujos privados de capital y, por ende, más expuesto a cambios abruptos en el sentimiento inversor.
Del otro lado, el superávit de China trepó del 1,4% del PBI en 2023 al 3,3% estimado en 2025. El motor de ese crecimiento no es la fortaleza exportadora tradicional sino la debilidad de la demanda doméstica: la crisis del sector inmobiliario, el alto ahorro privado, la baja del consumo y una política industrial orientada a sostener la producción manufacturera más allá de lo que el mercado interno puede absorber. Lo que no se consume adentro se exporta. El resultado es una inundación creciente de productos baratos que presiona sobre los mercados de terceros países, especialmente en Europa, afectando a Alemania en particular.
Este es el dato central que hace que el debate de 2026 sea cualitativamente diferente al de los 2000s: China ya no compite solo con los productores de bajo costo del sudeste asiático. Sus exportaciones son hoy crecientemente similares a las de las economías avanzadas, en vehículos eléctricos, baterías, semiconductores y manufactura sofisticada. Esa expansión tiene consecuencias que exceden la economía y entran en el terreno de la seguridad nacional y la resiliencia industrial.
El FMI planteó con claridad lo que es posible y lo que no. Los aranceles tienen efectos pequeños e inconsistentes sobre la cuenta corriente porque la gente no ajusta su ahorro en respuesta a medidas que percibe como permanentes o que anticipan represalias. Las políticas industriales, cuando van acompañadas de restricciones al consumo y al capital, pueden ampliar los superávits, no reducirlos. La conclusión es incómoda: los aranceles y las barreras comerciales no son un atajo hacia el reequilibrio externo. El ajuste durable requiere cambios en las condiciones macroeconómicas subyacentes: consolidación fiscal en los países deficitarios, crecimiento liderado por el consumo en los superavitarios.
La pregunta es si existe voluntad política para recorrer ese camino. La respuesta, al menos por ahora, parece negativa. En Estados Unidos, el proyecto de ley presupuestaria de la administración Trump agrava el déficit en lugar de reducirlo. En China, el gobierno sigue canalizando financiamiento hacia empresas estatales que mantienen la producción exportable para sostener el empleo y alcanzar metas de crecimiento. En Europa, los problemas estructurales y las restricciones políticas limitan la velocidad y la escala del aumento de la inversión.
En ese contexto, el escenario más probable no es el ajuste coordinado y ordenado que los libros de texto describen como óptimo, sino un ajuste asimétrico, tardío y potencialmente desordenado. El riesgo más inmediato radica en la posición externa estadounidense: la acumulación de pasivos externos en la economía que emite la moneda de reserva global genera una vulnerabilidad específica ante un desplazamiento en la confianza inversora que, si se materializa, podría propagar efectos en cascada sobre el sistema financiero internacional.
Los desequilibrios globales no son nuevos. El debate tampoco. Lo que cambió es el mundo en que ocurren: más fragmentado geopolíticamente, más desconfiado de las instituciones multilaterales, con dos grandes potencias en competencia estratégica y con los instrumentos tradicionales de ajuste —tasas de cambio flexibles, coordinación en el G20, supervisión del FMI— progresivamente debilitados.

