El retorno de los desequilibrios globales

Los países con superávit permanente no pueden enriquecerse indefinidamente a costa del resto del mundo.
09/05/2026
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El retorno de los desequilibrios globales
El retorno de los desequilibrios globales

Los desequilibrios globales han regresado al epicentro del debate económico. El mundo revive una de sus tensiones estructurales más persistentes: naciones que venden mucho más de lo que compran, y otras que se endeudaron durante décadas para financiar ese exceso. Sin corrección, la crisis acecha inevitablemente.

El diagnóstico es nítido: China ahorra en exceso, Alemania exporta sin freno y Estados Unidos pide prestado sin medida. Estos desequilibrios no se disipan con aranceles ni retórica proteccionista; exigen un ajuste coordinado entre los grandes bloques para evitar nuevas fragilidades.

La historia lo confirma: los desequilibrios en cuenta corriente son el germen de las crisis financieras. Antes de 2008, el ahorro masivo de Asia —liderado por China— inundó los bonos del Tesoro estadounidense, hundió las tasas de interés y avivó la burbuja que estalló. La lección se evaporó.

Hoy el contexto ha cambiado, pero el mecanismo persiste. China ostenta un superávit en cuenta corriente del 3% al 5% de su PIB, según analistas. Su política industrial canaliza fondos a empresas estatales que producen más de lo que absorbe el mercado interno, exportando el sobrante. La moneda sigue subvaluada y el consumo doméstico, deprimido por redes de seguridad social débiles que impulsan el ahorro precautorio.

Alemania replica el patrón en Europa. Su modelo exportador, forjado durante décadas, genera superávits colosales que el euro impide corregir vía cambiaria. La periferia pagó el precio en la crisis de deuda soberana. Ahora Berlín tantea elevar la inversión pública para estimular la demanda interna, pero la rigidez política lo frena.

En el otro extremo, Estados Unidos acumula una posición de inversión internacional neta de -27,5 billones de dólares a fines de 2025, según la Oficina de Análisis Económico. Sus residentes poseen 43 billones en activos externos, pero el mundo reclama 70,5 billones en compromisos con EE.UU. No es un desajuste temporal: refleja décadas consumiendo producción ajena a cambio de activos financieros.

Esta dinámica radica en el dólar como moneda de reserva global. Japón atesora 1,24 billones en bonos del Tesoro; el Reino Unido, 897.000 millones; China, 693.000 millones. El mundo demanda deuda en dólares, y EE.UU. la suministra, permitiendo déficits externos crónicos sin crisis de balanza de pagos clásica.

La falacia mercantilista —enriquecerse vendiendo más de lo que se compra y acumulando reservas— tiene un límite. Un mundo donde todos buscan superávits genera contradicción contable: los excedentes de unos son déficits de otros. El ajuste postergado se torna violento.

Los organismos multilaterales llevan dos décadas sin avances concretos. El G20 lanzó un Marco de Cooperación para el Crecimiento Fuerte, Sostenible y Equilibrado; el FMI publica su Informe del Sector Externo anual. Abunda la retórica; escasean las políticas.

En 2026, Francia impulsó en el G7 un grupo académico independiente, liderado por Hélène Rey, para modelar escenarios de desequilibrio. El diagnóstico técnico sobra; falta voluntad política. EE.UU. reclama privilegios del dólar sin sus costos industriales. China resiste elevar el consumo si erosiona su control sobre recursos. Alemania evita gastar más, aferrada a su ortodoxia fiscal. Cada bloque defiende su tajada y exige sacrificio ajeno.

Los aranceles de Washington desde 2025 no atacan la raíz: el déficit estadounidense surge de bajo ahorro, alto gasto y emisión de la moneda global demandada. Solo redistribuyen costos.

La globalización financiera de las últimas tres décadas enfrenta presiones múltiples: fragmentación de cadenas de suministro, resiliencia estratégica, competencia tecnológica y auge de políticas industriales. Los superávits trascienden lo macroeconómico; hoy dominar baterías, semiconductores, drones o buques es poder geopolítico.

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