Con la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) acercándose en el horizonte, la industria automotriz estadounidense decidió anticiparse. Un grupo de siete de las principales organizaciones del sector automotor de Estados Unidos envió esta semana una comunicación formal a la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR) con un mensaje directo: preservar la estructura trilateral del acuerdo no es una concesión a México o Canadá, es una condición para que la industria siga siendo competitiva.
La posición es relevante porque contradice, al menos parcialmente, el instinto negociador de la administración Trump, que ha explorado en distintos momentos la posibilidad de reemplazar el acuerdo de tres partes por tratados bilaterales separados con cada socio. Para los fabricantes de automóviles, esa fórmula no es una simplificación: es una amenaza estructural.
Por qué el trilateralismo importa en la industria automotriz
El sector automotor norteamericano no opera como tres industrias nacionales que se relacionan entre sí: opera como una sola cadena de valor integrada que atraviesa las fronteras de los tres países de forma continua. Un motor puede cruzar la frontera México-Estados Unidos múltiples veces durante su proceso de fabricación antes de ser instalado en un vehículo que se ensamblará en una planta canadiense y se venderá en el mercado estadounidense.
Esa integración no es accidental ni fácilmente replicable: es el resultado de décadas de inversión, especialización geográfica y optimización de costos. Las reglas de origen del T-MEC, que exigen que un porcentaje elevado del contenido de los vehículos provenga de la región para acceder al arancel cero, fueron diseñadas precisamente para anclar esa cadena en Norteamérica y hacerla más resistente frente a la competencia asiática.
Fragmentar el acuerdo en dos tratados bilaterales independientes, uno con México y otro con Canadá, introduciría asimetrías regulatorias que hoy no existen. Un componente fabricado en México podría calificar para el tratado EE.UU.-México pero no para el EE.UU.-Canadá, y viceversa.
El momento político: la revisión de 2026
El T-MEC incluye una cláusula de revisión obligatoria para 2026, y la administración Trump ha dejado en claro que utilizará ese proceso para renegociar condiciones que considera desfavorables para Estados Unidos. El sector automotor, que fue uno de los temas centrales de la negociación original del acuerdo en 2018, sabe que volverá a estar en la mesa.
La carta enviada al USTR busca fijar posición antes de que ese proceso comience formalmente. Las organizaciones firmantes no se oponen a la revisión en sí, sino a la posibilidad de que la estructura del acuerdo sea alterada de una manera que, argumentan, produciría el efecto contrario al que persigue la administración. Debilitar la integración regional no repatría empleos ni producción a suelo estadounidense: simplemente redistribuye las cadenas hacia afuera de Norteamérica, en beneficio de competidores que operan desde Asia.
La competitividad como argumento central
El argumento de fondo que articula la posición de la industria automotriz es uno que la administración Trump debería encontrar familiar: la competitividad de Estados Unidos en el mercado global de vehículos depende de su capacidad para producir a costos competitivos, y esa capacidad está anclada en la integración regional con México y Canadá.
Los fabricantes de automóviles con sede en Estados Unidos, tanto los tradicionales de Detroit como los productores extranjeros con plantas en suelo norteamericano, han construido sus modelos de negocio sobre la base de esa integración.
La señal que envía el sector es clara: en la negociación que viene, la industria estará presente con argumentos técnicos y económicos, no solo con lobbying. Y su mensaje al USTR es que la fortaleza negociadora de Estados Unidos en la revisión del T-MEC depende, paradójicamente, de no destruir el acuerdo que le da ventaja.

