Compradores chinos están recorriendo depósitos de chatarra en Estados Unidos para adquirir materiales que contienen tungsteno, superando en precio a los compradores locales y generando un alza pronunciada en las cotizaciones del metal. El fenómeno, reportado recientemente por el Financial Times, reavivó las alarmas en Washington sobre la vulnerabilidad estratégica del país ante el dominio de Beijing en la cadena de suministro de minerales críticos.
El tungsteno es un metal conocido por su densidad extrema y su punto de fusión excepcionalmente alto —el más elevado de todos los elementos—, lo que lo convierte en un insumo indispensable para aplicaciones de alta exigencia. Es un componente clave en turbinas, municiones capaces de perforar blindajes y una amplia variedad de equipos militares y tecnológicos.
El problema para Estados Unidos es estructural. El país no tiene minas de tungsteno comercialmente activas desde 2015 y depende en gran medida de las importaciones: más de 6.000 toneladas métricas de tungsteno procesado por año, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. A eso se suma el contexto geopolítico: el año pasado, en el marco de la guerra comercial con Washington, China aplicó controles de exportación a alrededor de una docena de minerales críticos, entre ellos el tungsteno, lo que impulsó los precios a niveles récord.
La compra de chatarra en suelo estadounidense no es una novedad táctica. Según veteranos de la industria, China lleva décadas adquiriendo sistemáticamente chatarra de metales tecnológicos en mercados occidentales, una estrategia que expone la falta de inversión de Estados Unidos en capacidad de procesamiento y reciclado de metales estratégicos. La respuesta de Washington hasta ahora ha sido legislativa y financiera: el Congreso aprobó una ley que prohíbe el uso de tungsteno chino en equipos de defensa a partir de 2026, y la administración Trump lanzó un fondo de 12.000 millones de dólares para el almacenamiento de minerales críticos y el apoyo a proyectos mineros domésticos.
La demanda, mientras tanto, no para de crecer. Según un análisis de la firma Canaccord Genuity, la demanda global de tungsteno podría aumentar de aproximadamente 143.000 toneladas en 2025 a 210.000 toneladas hacia 2035, mientras que la oferta fuera de China sigue limitada por una cartera de proyectos escasa, operaciones envejecidas y capacidad de refinación insuficiente en Occidente.
La Unión Europea también movió fichas: Bruselas incluyó al tungsteno junto a las tierras raras y el galio en su primera iniciativa coordinada de almacenamiento estratégico de minerales críticos, en un intento por reducir la dependencia de China en materiales esenciales para la defensa, los semiconductores y la transición energética.
La carrera por el tungsteno es, en definitiva, un capítulo más de una disputa más amplia. El metal escaso y difícil de procesar se convirtió en uno de los frentes más concretos de la rivalidad entre potencias por el control de los recursos que definen la industria y la seguridad del siglo XXI.

