China llega a la cumbre con la energía y el comercio como frentes abiertos

Pekín fue el único miembro del G20 en no sumarse a un comunicado conjunto contra las "exportaciones baratas" y rechazó de plano las advertencias de Washington sobre el impacto de la guerra en Irán.
China y EEUU energia y comercio en agenda
China y EEUU energia y comercio en agenda

El Grupo de los Veinte volvió a exponer, en la reunión de ministros de Finanzas celebrada el 1 de septiembre en Asheville, Carolina del Norte, la profundidad de la brecha entre Washington y Pekín. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, informó que 19 de los 20 miembros respaldaron un comunicado conjunto que califica de «insostenible» el flujo constante de exportaciones baratas proveniente de economías que no operan bajo reglas de mercado. China fue la única delegación que se apartó del texto, en una señal explícita de rechazo a lo que interpreta como un intento occidental de aislarla comercialmente.

El diferendo llega en un momento sensible: Xi Jinping tiene previsto viajar a Washington el 24 de septiembre para reunirse con Donald Trump, en lo que sería la primera visita del líder chino a Estados Unidos desde el recrudecimiento de la disputa arancelaria. Analistas consultados por medios internacionales describen el encuentro como una cumbre «de expectativas bajas», orientada más a administrar el actual statu quo que a resolver los puntos de fricción de fondo. La relación bilateral, señalan, produce cada vez más transacciones puntuales sin que exista una base de confianza ni una estabilidad duradera.

El frente energético: la guerra en Irán como nuevo punto de choque

A la disputa comercial se suma la tensión por la guerra en Irán, que Washington utiliza como argumento adicional de presión sobre Pekín. El Tesoro estadounidense había lanzado semanas atrás una ofensiva de sanciones bautizada como una estrategia de aislamiento económico contra Teherán y sus socios comerciales, sin nombrar directamente a China aunque apuntando de manera implícita a su rol como principal comprador del petróleo iraní sancionado. Pekín calificó la iniciativa de «ilegal» y sostuvo que las sanciones y la presión no contribuyen a resolver la crisis, llamando en cambio a una salida diplomática.

China dispone, no obstante, de un margen de maniobra propio: sus reservas estratégicas de crudo le permitieron absorber la caída de los flujos petroleros a través del estrecho de Ormuz sin una exposición crítica, mientras continúa recibiendo suministro regular desde Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Funcionarios y analistas coinciden en que Pekín busca, al mismo tiempo, que se restablezca la normalidad operativa en el estrecho, en la medida en que la disrupción también afecta sus propios intereses comerciales y energéticos en la región.

Aranceles vigentes y nuevas amenazas sobre el comercio bilateral

El arancel promedio de Estados Unidos sobre las importaciones chinas se ubicaba en 36,5% hacia julio, de acuerdo con datos del Servicio de Investigación del Congreso estadounidense, tras haber retrocedido desde los niveles máximos alcanzados el año anterior. La administración Trump evalúa, sin embargo, sumar un gravamen adicional de 7,5% a las importaciones chinas, a partir de investigaciones sobre supuesta sobrecapacidad industrial y presunto uso de trabajo forzado en determinadas cadenas de suministro. El superávit comercial chino alcanzó un récord de 1,2 billones de dólares el año pasado, cifra que Washington y otros gobiernos occidentales señalan como evidencia de distorsión en los mercados globales.

Frente a esa presión, Pekín conserva una carta de negociación de peso: la posibilidad de restringir nuevamente la exportación de tierras raras, un recurso que ya utilizó para forzar una marcha atrás de Washington en materia arancelaria y que había paralizado sectores completos de la industria manufacturera estadounidense, en particular la vinculada a la defensa. Estados Unidos impulsa desde entonces el desarrollo de cadenas de suministro alternativas, aunque continúa dependiendo en gran medida de la capacidad de refinación acumulada por China durante décadas.

Un contexto electoral que presiona a ambas partes

La cumbre de septiembre se produce, además, en medio de un escenario político interno adverso para Trump: el costo de vida se mantiene como uno de los principales temas de campaña de cara a las elecciones legislativas, con encuestas que muestran un deterioro en la imagen presidencial y la posibilidad de que el Partido Demócrata recupere el control de al menos una de las cámaras del Congreso. En ese marco, funcionarios estadounidenses reconocen que el margen para adoptar medidas más severas contra bancos u otras instituciones chinas es, por ahora, limitado, lo que refuerza la lectura de que el encuentro entre ambos mandatarios buscará contener la escalada antes que resolverla.

Taiwán, el otro punto de fricción bajo la superficie

Más allá del comercio y la energía, la relación bilateral sigue tensionada por la cuestión de Taiwán, que analistas ubican entre los temas de más difícil manejo en la previa del encuentro. Aun así, tanto Washington como Pekín muestran hasta ahora una disposición compartida a evitar movimientos que puedan hacer colapsar la tregua comercial vigente, lo que anticipa una cumbre centrada en la gestión del statu quo antes que en avances sustantivos sobre los diferendos estructurales que atraviesan el vínculo.

Lo que viene

La combinación de un comunicado del G20 sin el respaldo chino, una guerra en Irán que sigue distorsionando los mercados energéticos y un calendario electoral que presiona a la Casa Blanca configura un terreno de negociación particularmente estrecho para el 24 de septiembre. Ninguna de las dos partes parece dispuesta, por ahora, a ceder posiciones antes de sentarse a la mesa, por lo que el resultado del encuentro entre Xi y Trump quedará más definido por lo que ambos gobiernos decidan no hacer en las próximas semanas que por nuevos anuncios de política comercial.

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