China impidió que el Grupo de los 20 alcanzara una declaración unánime en la reunión de ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales realizada el 31 de agosto y el 1° de septiembre en Asheville, Carolina del Norte, al rechazar el lenguaje que exigía desmantelar políticas “no de mercado” responsables de los desequilibrios comerciales globales. Los diecinueve miembros restantes del bloque —incluida India— respaldaron una declaración de la presidencia estadounidense que llamó a los países con superávits externos excesivos a eliminar las políticas que restringen el consumo interno y profundizan la dependencia de las exportaciones.
El Tesoro estadounidense confirmó al cierre del encuentro que China quedó aislada como única voz disidente frente al resto del bloque, en su carácter de país con el superávit de cuenta corriente más grande e insostenible del mundo. La declaración de la presidencia reflejará esa mayoría de diecinueve firmas, en un contexto de creciente preocupación internacional por las economías que sostienen su crecimiento en producción y exportaciones subsidiadas.
Una mayoría de diecinueve países
El documento acordado por la mayoría sostuvo que los desequilibrios comerciales excesivos y persistentes distorsionan los mercados, debilitan las cadenas de suministro globales y generan efectos adversos sobre terceras economías, por lo que instó a eliminar las prácticas que los agravan. No se precisó si los firmantes avanzarán con aranceles u otras medidas de protección comercial como respuesta directa, aunque el respaldo de diecinueve de las veinte delegaciones confirma la magnitud del problema que Washington viene planteando desde que asumió la presidencia del bloque.
Las cuatro objeciones de Pekín
La delegación china cuestionó puntualmente cuatro secciones del documento: las referidas al comercio energético y al estrecho de Ormuz, a los desequilibrios económicos globales, a la supervisión del Fondo Monetario Internacional y a la reestructuración de deuda soberana. Esta fricción se dio en paralelo a otro frente abierto por Washington: días antes del encuentro se había propuesto desconectar del sistema financiero estadounidense a las sucursales emiratíes de Banque Misr, el segundo banco egipcio por tamaño, una medida que quedó a mitad de camino de sanciones plenas y que fue leída como un gesto de cautela hacia socios comerciales relevantes que aún operan con Irán, entre ellos China e India.
Un consenso fracturado
El resultado de Asheville deja dos lecturas superpuestas. Por un lado, Washington logró un respaldo casi unánime —diecinueve de veinte economías— a un diagnóstico que responsabiliza a los superávits estructurales, y en particular al modelo chino, por buena parte de las distorsiones del comercio mundial, lo que le da a la administración estadounidense un argumento multilateral para justificar medidas arancelarias futuras sin quedar expuesta como actor unilateral. Por otro lado, la negativa de Pekín a sumarse confirma que el G20 sigue funcionando más como plataforma de exposición de diferencias que como mecanismo de consenso vinculante: sin la firma china, la declaración carece de la fuerza de un compromiso conjunto y queda reducida a una posición mayoritaria sin capacidad de ejecución.
El desenlace, además, se inscribe en una revisión más amplia de la relación económica entre las grandes potencias y sus socios intermedios —visible en el manejo cauteloso del caso Banque Misr— que sugiere que Washington evita, por ahora, forzar rupturas totales con países que mantienen vínculos comerciales con Irán. La cita de Bangkok en octubre, y sobre todo la cumbre de líderes de diciembre en Miami, funcionarán como el próximo test para saber si esta fractura se profundiza o si el bloque logra tender un puente antes del cierre de la presidencia estadounidense.

