EEUU y China se disputan América Latina: entre la doctrina Monroe y el yuan

La rivalidad estratégica entre Washington y Beijing divide a la región: mientras EE.UU. reivindica el hemisferio como su esfera de influencia, China consolida décadas de inversión.
27/04/2026
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EEUU y China se disputan América Latina
EEUU y China se disputan América Latina

América Latina se ha convertido en uno de los escenarios más activos de la competencia geopolítica entre Estados Unidos y China. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la administración estadounidense ha intensificado su presencia diplomática, económica y —en casos puntuales— militar en el hemisferio, invocando una versión actualizada de la Doctrina Monroe que sus propios asesores denominaron el ‘Trump Corollary’: la promesa de ‘negar a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otros activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio’.

La respuesta de Beijing no se hizo esperar. En diciembre de 2025, China publicó su tercer documento de política exterior hacia América Latina y el Caribe, un texto que deja en claro que Pekín no tiene intenciones de reducir su presencia regional. Al contrario: el documento proyecta una profundización del vínculo a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), el mecanismo de cooperación China-CELAC y una amplia red de acuerdos bilaterales, desde préstamos e intercambios de divisas hasta convenios de transferencia tecnológica.

El peso económico de China en la región es difícil de ignorar. El comercio bilateral entre China y América del Sur alcanzó los 518.000 millones de dólares en 2024, un récord histórico para Pekín en la región. Para la mayoría de los países sudamericanos, China es el primer o segundo socio comercial. Bolivia, Argentina y Chile —que concentran las mayores reservas de litio del mundo— son objeto de especial interés estratégico para Pekín, dado que ese mineral resulta esencial para las baterías de vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía.

La administración Trump ha buscado contrarrestar esta penetración a través de diversas palancas. Organizó una cumbre hemisférica en Washington para proyectar solidaridad regional frente a la influencia china y negoció acuerdos comerciales con algunos países que incluyeron reducciones arancelarias a cambio de limitar el comercio con Pekín. También utilizó la retórica de las ‘trampas de deuda’ para cuestionar los préstamos chinos a países en desarrollo, y la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre señaló abiertamente a China como una amenaza geopolítica en el hemisferio.

Sin embargo, los expertos advierten que revertir décadas de penetración china en la región es una tarea de enorme complejidad. La raíz del problema es estructural: en muchos países latinoamericanos, la demanda de financiamiento para infraestructura, energía y conectividad digital ha encontrado en China un socio dispuesto a actuar cuando Washington no estaba disponible o imponía condicionamientos difíciles de aceptar.

El caso de Ecuador ilustra esta dinámica. Cuando el país andino firmó un tratado de libre comercio con China en 2023, su presidente fue explícito: habría preferido un acuerdo con Estados Unidos, pero los intentos de negociarlo habían fracasado repetidamente por resistencias internas en el Congreso norteamericano. El resultado fue que la resistencia de Washington empujó a Quito hacia Pekín, un patrón que se repite con variantes en otros países de la región.

La estrategia china en América Latina está diseñada para ser resiliente frente a presiones episódicas. Beijing no limita su influencia al comercio o los hidrocarburos: cultiva relaciones con presidentes, parlamentos, partidos políticos, think tanks, universidades y actores subnacionales. Al menos 47 acuerdos de intercambio de contenidos entre medios estatales chinos y latinoamericanos permiten a Pekín moldear la narrativa pública en la región. Esta arquitectura multidimensional hace que cualquier esfuerzo por ‘dar vuelta’ a un país resulte significativamente más difícil.

Para los analistas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington, el verdadero test del ‘Trump Corollary’ no es retórico sino material: solo tendrá éxito si Estados Unidos logra movilizar asistencia al desarrollo, inversión y oportunidades económicas concretas que compitan con la oferta china. 
Brasil y México —las dos mayores economías de la región— enfrentan con particular tensión este dilema. Ambos mantienen lazos económicos profundos con China y relaciones políticas complejas con Washington. Para Brasilia y Ciudad de México, la premisa de elegir entre uno u otro polo resulta inaceptable: la diversificación de socios es, en sí misma, un principio de política exterior. En ese equilibrio inestable, América Latina es un actor en disputa, y esa disputa recién comienza.

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