Una brecha cada vez más visible atraviesa la política exterior estadounidense hacia China. Mientras la Casa Blanca y una porción creciente del electorado joven —incluidos los republicanos menores de 50 años— se muestran más receptivos a una relación de cooperación con Beijing, el Congreso, en ambos bloques partidarios, mantiene un discurso de confrontación estratégica que cada vez encuentra menos correlato en la opinión pública ni en la conducta del propio presidente.
El giro presidencial
A diferencia de su primer mandato, cuando consolidó buena parte del consenso bipartidista sobre la competencia estratégica con China, Donald Trump nunca concibió esa rivalidad como una lucha existencial, según el analista Ali Wyne, autor de America’s Great Power Opportunity e investigador del International Crisis Group. Con el segundo mandato encaminado hacia su recta final y el presidente cada vez más enfocado en construir un legado histórico, Wyne sostiene que un eventual gesto de Xi Jinping —presentar a Trump la posibilidad de reducir las tensiones sobre Taiwán— resultaría difícil de resistir para la Casa Blanca.
Ese pragmatismo ya se tradujo en decisiones concretas. La administración autorizó la venta a China de semiconductores avanzados de Nvidia, redujo personal del Departamento de Comercio abocado a las amenazas tecnológicas chinas y recortó de manera drástica el Consejo de Seguridad Nacional, incluida la salida de más de una decena de especialistas en el país asiático. La cumbre de mayo entre Trump y Xi en Beijing —que produjo compromisos chinos de reanudar importaciones de carne vacuna estadounidense, ampliar mecanismos de diálogo económico y una promesa de compra anual de al menos 17.000 millones de dólares en productos agrícolas— fue leída por buena parte del arco político como la confirmación de ese giro.
El giro generacional
El desplazamiento presidencial coincide con una transformación más amplia en la opinión pública. Según una encuesta de Pew Research Center de enero de 2026, el 71% de los estadounidenses mantiene una visión desfavorable de China, una mayoría significativa pero en descenso frente al 83% registrado en marzo de 2023. La proporción que califica a China directamente como «enemigo» cayó del 42% en marzo de 2024 al 28% actual.
La caída es particularmente pronunciada entre los más jóvenes. El mismo relevamiento de Pew mostró que, entre los republicanos menores de 50 años, apenas el 32% describe a China como enemigo, frente al 55% de los republicanos de mayor edad, y que este grupo es tan proclive como los demócratas de mayor edad a calificar a China como «socio» (10% contra 9%). Una encuesta separada del Manhattan Institute, realizada en octubre de 2025 sobre la coalición actual del Partido Republicano, encontró que los republicanos y votantes de Trump menores de 50 años son mucho más propensos que sus pares mayores a considerar que Estados Unidos debería cooperar con China: 45% contra apenas 17%.
Entre las explicaciones que manejan los analistas figuran el desvanecimiento del recuerdo de la pandemia de COVID-19 como punto de fricción bilateral, una creciente desconfianza de los más jóvenes en la capacidad del propio sistema político estadounidense para dar respuestas, y el reconocimiento tácito de que el ascenso chino ya no se percibe como una anomalía reversible sino como un dato estructural del orden internacional.
Un Congreso que no acompaña
El contraste con el Capitolio es marcado. En abril, el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes avanzó por unanimidad un proyecto de ley republicano para frenar el contrabando de semiconductores hacia China, en lo que fue calificado como el mayor impulso legislativo sobre controles de exportación desde 2018.
Antes del encuentro de mayo en Beijing, senadores demócratas de peso —entre ellos Chuck Schumer, Jeanne Shaheen y Elizabeth Warren— advirtieron a la administración contra la posibilidad de «negociar» compromisos de seguridad a cambio de acuerdos económicos con Beijing. Del lado republicano, distintos legisladores remarcaron que el acercamiento comercial no debería resignar la disuasión en el estrecho de Taiwán.
Una lectura para la región
El fenómeno interesa más allá de Washington y Beijing. Una eventual distensión estructural entre las dos mayores economías del mundo tiene implicancias directas sobre las cadenas de comercio e inversión de las que depende América Latina, desde la disputa por minerales críticos hasta el apetito chino por infraestructura portuaria y energética en la región. La brecha entre lo que negocia la Casa Blanca y lo que legisla el Congreso seguirá siendo, sin embargo, una fuente de incertidumbre para cualquier socio comercial que intente anticipar el rumbo de la política exterior estadounidense hacia China en lo que resta del mandato.

