El precio del combustible se ha más que duplicado en Europa en apenas cuatro meses. Lo que a finales de 2025 cotizaba en torno a los 700 dólares por tonelada roza ahora los 1.600, impulsado por el recorte abrupto de capacidad de refino provocado por la guerra. Para las aerolíneas, que no pueden trasladar ese costo al pasajero de forma inmediata ni ilimitada, el margen de maniobra es estrecho. Lufthansa ha sido la primera en responder con una decisión de gran escala.
El grupo alemán anunció la cancelación de 20.000 vuelos de corta y media distancia hasta octubre, incluyendo algunas rutas europeas, con el objetivo de ahorrar 40.000 toneladas de combustible. Los recortes representan aproximadamente el uno por ciento de su capacidad programada para el verano, un sacrificio calculado para garantizar la operación del resto de su red durante la temporada alta.
La principal afectada es CityLine, la marca regional del grupo. La semana anterior al anuncio, Lufthansa ya había retirado 27 aviones de esa operación, una señal que entonces fue leída como una reestructuración gradual. Ahora queda claro que el proceso es más profundo: la compañía confirma que venía preparando el cierre de CityLine, y que el shock del combustible simplemente aceleró una decisión que ya estaba tomada.
La oleada de recortes no se limita a Lufthansa. En los últimos días, Air France-KLM, Edelweiss, Level e Iberia han anunciado también reducciones de capacidad y suspensión de rutas. El patrón es el mismo en todos los casos: vuelos de corta distancia, rutas con menor margen y mercados donde la elasticidad de la demanda no permite absorber incrementos tarifarios bruscos.
El problema estructural es conocido pero ahora se vuelve urgente: Europa importa aproximadamente la mitad del combustible que consume, y la perturbación en la cadena de suministro provocada por el conflicto bélico ha golpeado de forma directa la capacidad de refinado disponible para el mercado europeo. A diferencia de otras materias primas, el combustible de aviación no tiene sustituto tecnológico a corto plazo, y los combustibles sostenibles de aviación siguen sin escalar a los volúmenes necesarios para amortiguar este tipo de shocks.
El verano de 2026 se presenta, entonces, como una prueba de estrés para el sector aéreo europeo. Las aerolíneas que logren preservar sus rutas de mayor rentabilidad y recortar sin perder conectividad estratégica saldrán mejor posicionadas. Las que no puedan sostener la presión financiera enfrentarán decisiones más difíciles antes de que termine el año.

