El primer ministro de Canadá, Mark Carney, pasó por Europa con la agenda más ambiciosa de su gestión hacia el continente: una “alianza única” con la Unión Europea que fuera más allá del acuerdo comercial vigente entre ambas partes. La respuesta de las capitales europeas, sin embargo, fue bastante más tibia de lo que Ottawa esperaba. Según cinco diplomáticos del bloque consultados sobre las negociaciones, los gobiernos europeos se muestran reacios a otorgar a Canadá un acceso comercial preferencial, y le proponen en cambio profundizar la implementación de los acuerdos que ya existen.
Una idea que perdió fuerza en el camino
La propuesta de Carney no es nueva, pero sí lo es la insistencia con la que la instaló esta semana. El mandatario había llegado a mencionar, meses atrás, la posibilidad de una categoría de “miembro asociado” para Canadá dentro del esquema europeo, una idea que funcionarios canadienses luego se esforzaron por bajarle el perfil. En su paso por Francia y el Reino Unido, moderó además sus aspiraciones: en lugar de insistir con un estatus especial, pidió a los diez países que todavía no ratificaron el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA) —entre ellos Francia e Italia— que completen el trámite.
El límite quedó marcado en una reunión de embajadores. En un encuentro previo a la visita de Carney, uno de los representantes ante la UE planteó que el bloque no debe verse a sí mismo como una potencia media y que Canadá, con una economía sensiblemente menor, no debería esperar un trato especial. Otro diplomático pidió, en el mismo sentido, más realismo respecto de lo que Bruselas está dispuesta a ofrecer.
El obstáculo de fondo es institucional. El CETA se aplica de forma provisoria desde 2017 —lo que ya habilita la mayor parte de sus beneficios, incluidos los recortes arancelarios y las reglas aduaneras—, pero sigue sin ratificación plena porque varias asambleas nacionales objetaron las cláusulas que amplían los derechos de los inversores canadienses para litigar contra los Estados y las que bajan aranceles a productos agrícolas. Reabrir esa discusión, para buena parte de los gobiernos europeos, sería revivir tensiones políticas que ya costaron años resolver.
Lo que sí hay: seguridad y minerales críticos
La negativa a una categoría comercial especial no significa que la relación esté estancada. Los diplomáticos consultados coincidieron en que existe consenso para profundizar la cooperación con fabricantes de armamento y empresas mineras canadienses de minerales críticos, un terreno donde no hace falta crear una nueva figura jurídica ni tocar el equilibrio del CETA. Canadá ya se convirtió este año en el primer país no europeo en sumarse al esquema de compras conjuntas de defensa de la UE (SAFE), y en junio de 2025 ambas partes habían lanzado una “Asociación Estratégica para el Futuro” centrada en seguridad y defensa.
El Reino Unido, por su parte, evalúa sumarse al banco de defensa, seguridad y resiliencia que impulsa Ottawa, otra señal de que el eje de cooperación más dinámico entre Canadá y Europa pasa hoy por la seguridad y no por el comercio.
El trasfondo: potencias medias frente a Washington y Pekín
El pedido de Carney se apoya en una idea que viene repitiendo desde enero, cuando en el Foro Económico de Davos llamó a las “potencias medias” a coordinarse en lugar de negociar en soledad frente a las grandes potencias. Su argumento es que negociar de manera aislada con una potencia dominante deja a los países más chicos en una posición de debilidad, obligados a aceptar lo que se les ofrece. Esa postura le valió elogios en varios parlamentos europeos, pero también un fuerte cruce con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien más tarde le retiró a Canadá la invitación a participar de su llamado “Consejo de la Paz”.
El contraste que más incomoda a Bruselas es el que el propio Carney marca entre ambas respuestas frente a Washington. Mientras Canadá respondió con represalias arancelarias propias y rechazó condiciones que consideraba lesivas para su soberanía, la Unión Europea optó por no represaliar y cerró un acuerdo que dejó a la mayoría de sus exportaciones hacia Estados Unidos con aranceles de hasta 15%. Esa diferencia de estrategia explica buena parte de la cautela europea: adoptar el discurso de las “potencias medias” de Carney implicaría, para varios gobiernos, reconocer que su propia respuesta a los aranceles de Trump fue más resignada que la canadiense.
La agenda en Estrasburgo y lo que viene
La visita de Carney incluyó su presencia como invitado de honor en el discurso sobre el Estado de la Unión de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y una alocución formal ante el Parlamento Europeo. El mandatario canadiense también tiene previsto reunirse el 20 de septiembre con el presidente francés, Emmanuel Macron, en Saint-Pierre y Miquelon, el territorio francés frente a la costa de Terranova, otro gesto hacia una relación bilateral que Ottawa busca profundizar en paralelo a la negociación con el bloque.
Por ahora, la propuesta de Carney queda acotada a lo que Bruselas está dispuesta a discutir: una mejor implementación de lo ya firmado, con foco en el reconocimiento mutuo de estándares, la cooperación regulatoria y una evaluación de conformidad más ágil dentro de los comités conjuntos del CETA, además del avance en defensa y minerales críticos. Si Ottawa insiste con una alianza con nombre propio o termina aceptando ese esquema más modesto es la pregunta que va a definir buena parte de la diplomacia entre ambas partes en los próximos meses.

