La Organización Marítima Internacional (OMI) estableció formalmente la huella de carbono del etanol producido a partir de maíz de segunda cosecha en Brasil, una decisión que el sector industrial local considera un punto de inflexión para el posicionamiento de este biocombustible en los mercados internacionales, y en particular en el segmento del transporte marítimo global.
El valor predeterminado fijado por el organismo internacional es de 20,8 gramos de dióxido de carbono equivalente (CO2e) por megajulio, una cifra significativamente inferior a la intensidad promedio actual de gases de efecto invernadero de los combustibles empleados en la navegación comercial, que asciende a 93,3 gramos de CO2e por megajulio. La diferencia —equivalente a más de cuatro veces la emisión del etanol de maíz— ilustra el potencial de este producto como herramienta de descarbonización en un sector que figura entre los más desafiantes en materia de reducción de emisiones.
La medida se inscribe en el proceso más amplio que lleva adelante la OMI para desarrollar el marco regulatorio destinado a fomentar la adopción de combustibles de menor impacto ambiental en la industria naviera, un sector que representa aproximadamente el 3% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Una industria en expansión con vocación exportadora
El crecimiento del etanol de maíz en Brasil constituye uno de los fenómenos más relevantes de la agroindustria sudamericana de la última década. Si bien la producción de etanol en ese país estuvo históricamente dominada por la caña de azúcar, el maíz de segunda cosecha —también denominado maíz safrinha, cultivado después de la soja en el mismo ciclo agrícola— consolidó su protagonismo de manera sostenida. Según datos de la asociación sectorial UNEM, la producción alcanzó cerca de 10.000 millones de litros durante la temporada 2025/26, frente a los 2.650 millones de litros registrados al inicio de la década, lo que representa un crecimiento de casi cuatro veces en ese período.
Para ejecutivos del sector, la determinación oficial de la OMI otorga al producto una credencial ambiental que facilita su acceso a mercados regulados y abre la puerta a primas asociadas a combustibles de menor intensidad carbónica. Gustavo Mariano, vicepresidente de Trading de Inpasa, calificó la medida como un «hito histórico y simbólico» que consolida la posición del etanol de maíz brasileño como alternativa viable para los esfuerzos de descarbonización de la industria marítima.
Innovación tecnológica y emisiones netas negativas
Algunas empresas del sector han avanzado más allá de la eficiencia operativa convencional. Rafael Abud, director ejecutivo de FS Fueling Sustainability, indicó que la compañía ha realizado inversiones orientadas a reducir progresivamente la huella ambiental de su producción, mediante mejoras en eficiencia industrial, optimización del uso de biomasa y el desarrollo de un proyecto de bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS, por sus siglas en inglés). Esta tecnología, en su fase madura, permitiría producir etanol con emisiones netas negativas, lo que situaría al biocombustible en una categoría de impacto ambiental positivo dentro de los marcos contables del sector energético.
Un mercado de escala global que demanda diversidad de fuentes
Los actores del sector coinciden en que la dimensión del mercado marítimo internacional es de una magnitud tal que no genera competencia entre distintos biocombustibles, sino que demanda la participación simultánea de todas las fuentes sostenibles disponibles. «La dimensión del mercado mundial de combustibles marinos es enorme. Si se convirtiera completamente en un equivalente en etanol, estaríamos hablando de cerca de 400.000 millones de litros», señaló Mariano. «Son volúmenes tan grandes que se necesitarán todos los biocombustibles sostenibles disponibles.»
En ese contexto, el etanol de maíz brasileño no compite con el etanol de caña de azúcar ni con el biodiésel, sino que se suma a un portafolio de alternativas que la industria naviera deberá movilizar para cumplir con las metas de descarbonización establecidas por la OMI para 2050. La definición de un valor oficial de emisiones representa, en ese camino, el primer paso regulatorio indispensable para que el producto pueda ser considerado en las estrategias de combustible de armadores y operadores logísticos a escala global.

