La búsqueda de nuevos medicamentos por parte de las grandes farmacéuticas occidentales tiene hoy una dirección cada vez más definida: China. El país que durante décadas fue sinónimo de principios activos y genéricos se transformó en una de las principales usinas de candidatos terapéuticos en etapas tempranas y medias de desarrollo, y los laboratorios de Estados Unidos y Europa recorren su ecosistema biotecnológico en busca de moléculas que puedan llevar a sus propios mercados.
Por qué las multinacionales miran a Oriente
La explicación combina urgencia y costo. Hacia el final de la década, las grandes farmacéuticas enfrentan el vencimiento de patentes de varios de sus productos más rentables, un hueco de ingresos que sus propias líneas de investigación no alcanzan a cubrir, en paralelo con recortes de presupuestos internos de I+D. Licenciar moléculas desarrolladas en China ofrece una alternativa más eficiente en capital que una adquisición completa: se incorpora un activo con datos clínicos ya generados a cambio de un pago inicial y de hitos condicionados al éxito.
El diferencial de precio fue determinante. Los activos chinos se negociaron históricamente con pagos iniciales entre 60% y 70% inferiores a los de compañías occidentales comparables y con valores totales entre 40% y 50% más bajos. A eso se suma una infraestructura de ensayos clínicos más rápida y económica, producto de una reforma regulatoria sostenida durante dos décadas y de una amplia base de pacientes: las empresas con sede en China ya explican cerca del 30% de los ensayos que se inician en el mundo, frente al 35% de las estadounidenses.
La calidad también cambió. El punto de inflexión fue ivonescimab, un anticuerpo de la china Akeso que superó en un ensayo a Keytruda, el tratamiento oncológico de Merck con ventas anuales superiores a 30.000 millones de dólares. Desde entonces, los acuerdos ganaron escala: este año Bristol Myers Squibb selló una alianza con Jiangsu Hengrui por hasta 15.200 millones de dólares y Pfizer anunció una colaboración con Innovent Biologics por hasta 10.500 millones de dólares que abarca doce programas oncológicos. En el primer semestre, compañías chinas protagonizaron ocho de los diez mayores acuerdos de licenciamiento del mundo.
El dilema de Washington
El auge coincide con una etapa de fuerte rivalidad económica entre Washington y Beijing, en la que la Casa Blanca endureció controles sobre semiconductores, vehículos eléctricos y tecnologías críticas. En el terreno farmacéutico, sin embargo, la administración de Donald Trump se inclina por otro camino. De acuerdo con fuentes al tanto del proceso, el Departamento del Tesoro redacta reglas que permitirían a las compañías estadounidenses seguir invirtiendo en fármacos desarrollados en China, siempre que no estén vinculados a patógenos ni a biotecnología con potencial de uso militar. La normativa no está cerrada, podría modificarse si interviene el presidente y no se esperan anuncios antes del encuentro previsto con Xi Jinping.
La industria empujó en esa dirección. Directivos de las principales farmacéuticas se reunieron con el secretario del Tesoro, Scott Bessent, para advertir que restricciones amplias las aislarían de una fuente de innovación en plena expansión. El director ejecutivo de Pfizer, Albert Bourla, sostuvo que licenciar medicamentos chinos no plantea riesgos de seguridad nacional y que intentar frenar a China no es la forma de competir con ella: lo relevante, planteó, es que existan nuevos tratamientos, con independencia del lugar donde se descubran.
En la vereda opuesta se ubican el republicano John Moolenaar, presidente del comité de la Cámara de Representantes sobre el Partido Comunista Chino, y la demócrata Debbie Dingell, que impulsan un proyecto para endurecer la supervisión de licencias, joint ventures e inversiones biotecnológicas con China, bajo el argumento de que el capital estadounidense financia el ascenso chino en la cadena de valor. Biotecnológicas medianas, que compiten por los mismos compradores, advierten sobre una dependencia estratégica similar a la de los chips. Otros legisladores, como el demócrata Jake Auchincloss, consideran un error trasladar la lógica de los semiconductores a un sector en el que China ya invierte unos US$100.000 millones.
Quién captura el valor
Detrás del debate hay una pregunta económica: dónde queda el valor de cada molécula. En el esquema de licenciamiento, la compañía china recibe un pago inicial y eventuales hitos, pero el desarrollo final, la aprobación regulatoria, la comercialización y la mayor parte de los ingresos en el mercado estadounidense —el más rentable del mundo— quedan en manos del licenciatario occidental. Desde esa óptica, que China florezca como cantera de innovación temprana no implica necesariamente una pérdida para Estados Unidos, sino un abaratamiento de su propio pipeline.
Los mercados leyeron la señal: tras conocerse la orientación del Tesoro, las acciones de Innovent, Akeso y CSPC Pharmaceutical subieron entre 6% y 8% en Hong Kong. Para Beijing, que fijó la internacionalización de su industria farmacéutica como objetivo del XV Plan Quinquenal, la continuidad de este canal es prioritaria. Para las multinacionales, en cambio, la competencia por los activos chinos erosiona la ventaja de precio: el pago inicial promedio de estos acuerdos se triplicó desde 2022. La ventana sigue abierta, pero el descuento que la volvió atractiva se achica.

