Hace ocho meses, el cierre del estrecho de Ormuz tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, anticipaba un año de contracción para la economía mundial. Sin embargo, los datos acumulados hasta octubre dibujan un escenario bastante menos sombrío que el previsto.
El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento global del 3,0% para 2026, apenas por debajo del 3,5% registrado el año pasado, y estima un repunte al 3,4% en 2027. El comercio, por su parte, sorprendió todavía más: la Organización Mundial del Comercio duplicó el 8 de octubre su previsión de expansión del volumen de mercancías para este año, que pasó del 1,9% estimado en marzo a 3,9%, y elevó la de 2027 del 2,6% al 4,1%.
La inteligencia artificial como amortiguador
La explicación de esa resistencia tiene un protagonista claro. Según la OMC, los bienes vinculados a la inteligencia artificial, como semiconductores y servidores, explicaron el 47% del crecimiento del comercio mundial de mercancías durante el primer semestre, con un alza interanual del 67% en ese segmento. La elevada intensidad importadora de la inversión en centros de datos multiplica su efecto sobre los flujos internacionales y compensó buena parte del golpe energético.
A ese motor se sumó la capacidad de adaptación de las cadenas de suministro. Los países pudieron recurrir a sus reservas de petróleo y los productores ubicados fuera del golfo Pérsico aumentaron su oferta, lo que evitó faltantes graves. El FMI subrayó que las economías que generan su propia energía y participan del ciclo tecnológico quedaron mejor protegidas frente al conflicto, y Asia se perfila como la región de mayor dinamismo comercial del año, con subas cercanas al 10% tanto en importaciones como en exportaciones.
Las grietas debajo de la superficie
La contracara de esos números aparece en las variables que no se ven en el titular del PBI En su discurso previo a las reuniones anuales, pronunciado el 7 de octubre en Singapur, la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, describió una economía tironeada en dos direcciones opuestas: un shock negativo de oferta energética y un shock positivo de demanda impulsado por la inteligencia artificial.
El primero se refleja en la inflación. El organismo prevé que los precios al consumidor a nivel global suban 4,7% en 2026, frente al 4,1% del año anterior, lo que interrumpe dos años de desinflación. El petróleo acumularía un encarecimiento cercano al 32% en el año, con un promedio supuesto de US$89 por barril para 2026 y de US$78 para 2027. Georgieva advirtió que el mundo lleva cinco años y medio con inflación por encima de las metas y respaldó que muchos bancos centrales adopten un sesgo prudentemente restrictivo.
El segundo frente es fiscal. La deuda pública mundial se acerca a sus máximos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y va camino a superar el 100% del producto global. Las economías avanzadas, con Estados Unidos a la cabeza, presentan los ratios más comprometidos, y la combinación de tasas más altas con una masiva emisión de bonos corporativos para financiar infraestructura tecnológica encarece el costo del endeudamiento. Para el Fondo, los gobiernos ya no pueden confiar en que el crecimiento resuelva por sí solo sus desequilibrios.
Una bonanza concentrada y sin garantías
El propio motor de la resiliencia constituye también una fuente de vulnerabilidad. La inversión en inteligencia artificial como proporción del PBI ya se compara con la que demandaron los ferrocarriles, las redes eléctricas o las telecomunicaciones, pero sus beneficios en productividad llegan con rezago. Si las ganancias de las grandes tecnológicas no estuvieran a la altura de lo esperado, el apalancamiento acumulado podría transmitir el ajuste a los mercados financieros de todo el mundo.
A ello se suma una fuerte concentración geográfica: siete de los diez principales países en el comercio de bienes de inteligencia artificial pertenecen a Asia-Pacífico, mientras gran parte del resto del mundo queda al margen del ciclo. La OMC anticipa además que la expansión de estos productos se moderará con el tiempo por saturación del mercado, y ya recortó su previsión para el comercio de servicios de 2026 al 3,3%, desde el 4,8% estimado previamente. La zona euro, con un crecimiento proyectado de apenas 0,9%, ilustra la brecha entre quienes captan la ola tecnológica y quienes no.
Lecturas para América Latina
Para la región, el panorama combina oportunidades y riesgos. Los exportadores de energía y materias primas encuentran precios más altos y una demanda asiática firme, pero América Latina participa de forma marginal en el comercio de bienes tecnológicos que hoy sostiene la expansión global. Al mismo tiempo, un escenario de tasas elevadas por más tiempo encarece el financiamiento externo de gobiernos y empresas, y una eventual corrección en los mercados vinculados a la inteligencia artificial podría traducirse en salidas de capital y mayor volatilidad cambiaria.
Los ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales se reunirán entre el 12 y el 18 de octubre en Bangkok, donde el FMI presentará la actualización de sus proyecciones. El mensaje que llevan es claro: la economía mundial demostró que puede absorber golpes severos, pero haber resistido no equivale a estar a salvo. La solidez de los próximos años dependerá menos del impulso tecnológico que de la capacidad de los gobiernos para ordenar sus cuentas y contener la inflación.


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