El mundo que permitió a América Latina y el Caribe insertarse en la economía global durante las últimas tres décadas ya no existe. Esa es la premisa central del informe Rupturas y oportunidades, elaborado por la Comisión sobre Geopolítica, Globalización y Desarrollo que reúne a trece personalidades de doce países que trabajaron durante más de un año a título individual y ad honorem.
Su diagnóstico es contundente: el escenario internacional atraviesa transformaciones simultáneas que obligan a los países latinoamericanos a cambiar de estrategia si no quieren quedar relegados.
Ocho rupturas que cambian las reglas del juego
La comisión agrupa esos cambios en ocho grandes quiebres. El primero es la reconfiguración de la globalización: la interdependencia económica, antes vista como fuente de prosperidad, pasó a percibirse como una vulnerabilidad y como un instrumento de presión o coerción entre potencias. A ello se suma la erosión del multilateralismo, con una gobernanza global fragmentada en alianzas selectivas y plataformas que compiten entre sí.
En el plano del poder, el informe describe el paso de un orden unipolar a una competencia multipolar asimétrica, en la que Estados Unidos pierde hegemonía, y una reconfiguración del poder blando que favorece a China. Completan el cuadro el retroceso democrático y la polarización política, la crisis de la verdad alimentada por la desinformación en la era de la inteligencia artificial, los retrocesos en igualdad de género e inclusión, y el fin del consenso mundial sobre el cambio climático, cuyas políticas quedan cada vez más subordinadas a estrategias industriales y de seguridad.
Activos estratégicos revalorizados
Frente a ese panorama adverso, el informe sostiene que la región dispone de activos que ganaron peso en el nuevo mapa global. América Latina y el Caribe concentra el 46% de las reservas mundiales de litio, el 35% de las de cobre, el 28% de las de grafito y el 23% de las de tierras raras, minerales críticos para la transición energética y la industria tecnológica en plena disputa entre Washington y Beijing.
A ello se agrega su condición de principal exportadora neta de alimentos del planeta, la custodia de casi la mitad de la biodiversidad terrestre y de un tercio del agua dulce del mundo, y una matriz eléctrica que figura entre las más limpias a nivel global. Sin embargo, la comisión advierte que los recursos por sí solos no generan desarrollo: se necesitan estrategias deliberadas, instituciones sólidas, gobernanza efectiva y Estados con mayor capacidad fiscal. Entre sus planteos figura avanzar desde la mera extracción de minerales hacia su industrialización, y utilizar esas riquezas como herramientas de negociación en el escenario internacional.
Un mercado de 660 millones que comercia poco consigo mismo
Uno de los desafíos centrales que identifica el documento es la debilidad del mercado regional. Pese a reunir a más de 660 millones de habitantes, el comercio intrarregional representa apenas el 14% de las exportaciones totales, una de las proporciones más bajas del mundo. La situación es dispar según las subregiones: mientras en Centroamérica el intercambio entre vecinos ronda el 25%, en América del Sur se ubica entre el 13% y el 14%, y México canaliza más del 80% de sus ventas externas hacia Estados Unidos.
Esa baja integración limita las economías de escala, reduce el margen para construir cadenas de valor regionales y deja a cada país más expuesto a los vaivenes de sus grandes socios extrarregionales. El problema se agrava con una brecha de productividad persistente: según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo, la productividad laboral latinoamericana equivale a cerca del 26% de la estadounidense, frente al 64% que alcanza el Este de Asia.
Cooperación funcional y geometría variable
Las diez propuestas de la comisión se ordenan en tres ejes: movilizar los activos estratégicos, fortalecer la gobernanza y las instituciones democráticas, e impulsar la capacidad de acción internacional y regional. Ante la polarización ideológica que dificulta los acuerdos amplios, el documento propone priorizar la cooperación funcional entre los países interesados en áreas concretas, sin exigir unanimidad ni alineamientos rígidos.
En lugar de elegir bando en la rivalidad entre China y Estados Unidos, la región debería conformar alianzas flexibles de geometría variable según los intereses de cada nación y cada tema, diversificar sus vínculos y reforzar su capacidad de análisis geopolítico. La propuesta no apunta contra ningún país ni se inclina hacia ningún bloque, sino que busca abrir espacios propios de decisión para una región que tiene más influencia política de la que suele reconocer.


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