El reordenamiento del mapa geopolítico mundial abre una ventana poco frecuente para América Latina y el Caribe. Según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la región está en condiciones de dejar atrás su rol histórico de proveedora de materias primas y avanzar hacia una posición de mayor peso económico y político, siempre que sepa capitalizar los activos que hoy adquieren un valor estratégico creciente: energía, alimentos, minerales críticos, biodiversidad, agua, talento humano y capacidad productiva.
El diagnóstico del organismo parte de una premisa central: el orden internacional está dejando de organizarse en torno a reglas multilaterales compartidas para dar paso a un escenario de competencia entre grandes potencias, relaciones de poder y alianzas cada vez más selectivas. América Latina no tiene capacidad para torcer el rumbo de esa transformación global, pero sí puede decidir cómo administrar sus propias ventajas dentro de ella.
El subsuelo como activo estratégico
Buena parte del margen de maniobra de la región está, literalmente, bajo tierra. América Latina concentra una porción decisiva de los minerales que resultarán clave para la transición energética y el desarrollo tecnológico: según la CEPAL, la región reúne el 46% de las reservas mundiales de litio, el 35% de las de cobre, el 28% de las de grafito y el 23% de las tierras raras. En un mundo donde las grandes economías compiten por asegurarse el acceso a estos insumos, ese peso puede traducirse en capacidad de negociación económica y diplomática.
El riesgo, advierte el organismo, es repetir el patrón histórico de exportar la riqueza mineral sin procesarla. La oportunidad real pasa por construir capacidades productivas propias alrededor de esos recursos, generando valor agregado, empleo e industria en lugar de limitarse a vender la materia prima.
A esa fortaleza mineral se suma el peso de la región como abastecedora de alimentos: América Latina es la principal zona exportadora neta de comida del planeta, una condición que gana relevancia en un contexto de tensiones comerciales, conflictos internacionales y preocupación creciente por la seguridad alimentaria. Se le agrega una base ambiental difícil de igualar: la región concentra cerca de la mitad de la biodiversidad terrestre del mundo y alrededor de un tercio del agua dulce disponible, además de contar con una matriz eléctrica comparativamente limpia frente a la demanda global de energía con menores emisiones. Para la CEPAL, todos estos activos sólo se convierten en poder de negociación real si van acompañados de instituciones sólidas y políticas coordinadas entre los países.
Un mercado de 660 millones que se comercia poco a sí mismo
La otra gran fortaleza de la región es su escala: más de 660 millones de personas conforman un mercado con potencial para atraer inversión, articular cadenas productivas e impulsar la innovación. Sin embargo, ese tamaño convive con una paradoja evidente: el comercio entre los propios países latinoamericanos sigue siendo marginal. Según la CEPAL, el comercio intrarregional apenas representa el 14% de las exportaciones totales de América Latina, una proporción baja en comparación con otras regiones del mundo, lo que deja un margen amplio para profundizar la integración económica.
Para aprovechar ese potencial, el organismo plantea avanzar en infraestructura de transporte, energía y conectividad digital, junto con una mayor convergencia normativa y regulatoria entre los países de la región. Una integración más profunda permitiría diversificar las economías, reducir la dependencia de mercados externos puntuales y facilitar cadenas regionales de producción en sectores estratégicos como energía, alimentos, tecnología, manufactura y minerales críticos.
Ni con uno ni con otro: una estrategia a medida
Frente a la disputa entre Estados Unidos y China, la CEPAL propone que la región evite alinearse por completo con alguno de los dos bloques y construya, en cambio, alianzas diferenciadas según el sector o el objetivo específico.
La cooperación regional, según el organismo, tampoco necesita esperar a que todos los gobiernos compartan una misma visión política. La propuesta apunta a avanzar mediante acuerdos concretos entre los países dispuestos a colaborar en áreas específicas, con objetivos, plazos y responsabilidades bien definidos, en lugar de depender de consensos amplios y de largo alcance.
El mensaje de fondo de la CEPAL es que la ventana de oportunidad no se abre sola ni se mantiene abierta de manera indefinida. Los recursos naturales, la escala demográfica y la posición geopolítica de la región son condiciones favorables, pero no garantías: sin instituciones capaces de coordinar políticas entre países, sin infraestructura que conecte a la región consigo misma y sin una estrategia explícita frente a la competencia entre las grandes potencias, América Latina corre el riesgo de repetir su papel histórico como proveedora de insumos para el crecimiento ajeno, en lugar de convertirse en un actor con voz propia en la nueva configuración del poder global.

