Toda nación necesita un relato compartido que cohesione a sus ciudadanos. En el caso de los Estados Unidos, ese relato descansa sobre los ideales de los Padres Fundadores y sobre hechos que merecen orgullo colectivo: el desembarco en Normandía, el rol de arsenal de la democracia durante la Segunda Guerra Mundial. Pero hay un capítulo que hoy permanece en la sombra y que merece un lugar de honor: la construcción del sistema multilateral de comercio.
Esa arquitectura fue una de las piedras angulares del orden internacional liberal que Washington erigió en la segunda mitad de la década de 1940. Su creación resultó de una convergencia única de circunstancias históricas: el horror de dos guerras mundiales, la Gran Depresión que las separó, y la convicción de que solo un sistema de reglas —abierto y no discriminatorio— podía garantizar la paz y la prosperidad duraderas.
El poder que eligió las reglas sobre el imperio
En 1946, Estados Unidos representaba cerca de la mitad de la capacidad manufacturera del mundo y alrededor del 40 por ciento del PBI global. Esa posición de fuerza sin precedentes podría haber derivado en un orden imperial, como tantos otros a lo largo de la historia. No fue así. Washington eligió construir instituciones basadas en la reciprocidad, la no discriminación y el compromiso vinculante.
El resultado fue el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), firmado en 1948 y antecedente directo de la Organización Mundial del Comercio (OMC), fundada en 1995. A lo largo de ocho grandes rondas de negociación, el comercio mundial por volumen se multiplicó por 45 respecto del inicio del siglo XX. Los aranceles se redujeron, las barreras no arancelarias quedaron sujetas a disciplinas, y la expansión del intercambio impulsó la reconstrucción, el desarrollo y la estabilidad.
El giro de los 250 años
La política comercial estadounidense de 2026 contrasta de manera radical con la de 1976, cuando Gerald Ford ocupaba la Casa Blanca. Los funcionarios actuales celebran la restauración de niveles arancelarios que no se aplicaban desde antes de la Segunda Guerra Mundial, descartando los costos que esos aranceles imponen a los propios consumidores norteamericanos. Análisis independientes muestran que esa carga recae mayormente en el mercado interno, algo que la opinión pública parece comprender con claridad.
A esto se suma la compleja posición de China: sus prácticas comerciales son ampliamente cuestionadas, y sus restricciones a las exportaciones de minerales críticos generan tensiones crecientes con socios como Japón. La combinación de un Estados Unidos que se retira de sus compromisos arancelarios y una China con un modelo económico dirigido por el Estado plantea interrogantes legítimos sobre la solidez del sistema.
El sistema que sobrevive sin su fundador
Sin embargo, sería precipitado declarar muerto el orden comercial de posguerra. El trato de nación más favorecida —principio cardinal de la política de Franklin Roosevelt— sigue siendo la norma que rige los aranceles para la mayoría de los miembros de la OMC. Ningún otro país ha replicado plenamente el alejamiento estadounidense de sus compromisos, ni el modelo chino ha encontrado imitadores significativos.
En ausencia de liderazgo de Washington o Pekín, las potencias medianas y la Unión Europea sostienen el sistema. Es una paradoja notable: el orden que Estados Unidos creó funciona, en buena medida, a pesar de Estados Unidos.
Lo que la historia enseña sobre los acuerdos coercitivos
La historia ofrece una advertencia clara para quienes apuestan por acuerdos impuestos por la fuerza: los tratados desiguales generan agravios duraderos, cualquiera sea la ventaja de corto plazo que otorguen al más poderoso. Un sistema basado en el poder en lugar de las reglas significaría una incertidumbre permanente para todos los actores del comercio global.
No existe alternativa superior a los principios que América ayudó a establecer en su momento de mayor influencia: nación más favorecida, compromisos vinculantes y trato nacional. La pregunta que plantea el 250.º aniversario de los Estados Unidos no es si ese sistema sigue siendo válido —lo es— sino si Washington volverá a reconocer el valor de su propio legado.

