El acuerdo comercial firmado con la Unión Europea —el mayor de la historia, entre bloques que representan cerca del 25% del PIB mundial— no es solo un tratado de libre comercio. Es también una declaración de principios sobre cómo dos regiones entienden el orden económico internacional. El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva lo definió con precisión: el acuerdo es un «apoyo al comercio internacional» en pleno auge del proteccionismo.
El mensaje político que envía ese acuerdo excede sus dimensiones puramente comerciales. En un contexto donde Estados Unidos usa los aranceles como arma de presión y donde el multilateralismo retrocede en casi todos los frentes, que dos bloques de esa magnitud cierren un tratado de libre comercio y comiencen a aplicarlo —desde el 1.° de mayo de 2026— demuestra que la cooperación basada en reglas todavía es posible. El Mercosur encontró en ese gesto una identidad geopolítica que hasta hace poco no tenía.
Lo que el acuerdo abre
En términos concretos, el tratado amplía el acceso de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay a los mercados europeos, mientras que las industrias manufactureras y de servicios de la UE ganan espacio en América del Sur. El argumento central a favor del acuerdo es precisamente esa interdependencia: cuanto más se integren las economías de ambos bloques, más costoso resulta deshacer los vínculos. La ratificación definitiva todavía pende del Parlamento Europeo, pero la aplicación provisional ya está generando flujos comerciales concretos que fortalecen a quienes defienden el tratado.
Lula, Milei y el mismo acuerdo
El acuerdo tiene también una lectura electoral, al menos en Brasil. Lula buscará la reelección en octubre de 2026 y presenta el tratado con Europa como la culminación de una estrategia de política exterior que empezó a construir en su primer mandato. Para él, es un triunfo de la integración regional y del multilateralismo.
El contraste con Javier Milei es llamativo. El presidente argentino, que meses atrás cuestionó al Mercosur como bloque, celebra ahora el acuerdo con la Unión Europea y lo encuadra dentro de su alineamiento con Washington y su defensa del libre mercado. Dos líderes con visiones opuestas sobre la integración regional capitalizan el mismo logro desde marcos ideológicos incompatibles. Lo que el acuerdo revela, en ese sentido, es que su significado político es lo suficientemente amplio como para ser apropiado desde distintas trincheras.
La resistencia europea no desapareció
Del otro lado del Atlántico, el camino no está despejado. Francia, Irlanda y Hungría votaron contra el acuerdo, empujados por la presión del sector agropecuario, que teme la competencia de las exportaciones sudamericanas. La oposición francesa es el principal riesgo para la ratificación definitiva en el Parlamento Europeo, y no hay señales de que esa posición vaya a cambiar en el corto plazo.
Sin embargo, la aplicación provisional del acuerdo desde mayo de 2026 modifica el escenario. Los beneficios comerciales ya empezaron a materializarse, y la interdependencia económica que genera el tratado hace cada vez más costoso dar marcha atrás. Quien quiera bloquear la ratificación definitiva tendrá que explicar por qué conviene interrumpir flujos comerciales que ya están activos.
La cumbre del 30 de junio en Luque, Paraguay, será la próxima oportunidad del bloque para reafirmar esa apuesta ante el mundo. El Mercosur llega a esa instancia con algo que no tenía hace algunos años: un argumento sólido para definir qué tipo de actor quiere ser en el orden económico global.

