La reelección de Donald Trump volvió a instalar la discusión sobre los desequilibrios comerciales globales en el centro del debate económico. El superávit externo de China continúa en ascenso y el déficit de Estados Unidos se mantiene en niveles históricamente elevados, un contraste que Washington suele atribuir a prácticas comerciales desleales y a barreras arancelarias impuestas por sus socios. Sin embargo, un análisis reciente sobre los determinantes de las cuentas corrientes en un amplio panel de países sugiere que la explicación pasa, en gran medida, por otro lado: las decisiones de política fiscal y cambiaria de cada gobierno.
El trabajo estima un modelo capaz de explicar cerca de la mitad de la variación histórica de los saldos comerciales, con una porción considerable de esa variación asociada directamente a la acción estatal. La conclusión central es contundente: los gobiernos pueden, en los hechos, comprar un superávit de cuenta corriente a través de instrumentos de política económica que están a su alcance.
El peso de la política fiscal y la intervención cambiaria
Según las estimaciones, cada dólar adicional de mejora en el resultado fiscal de un país eleva su cuenta corriente en aproximadamente 30 centavos. El mecanismo es el de manual: un gobierno que ahorra más —o que reduce su déficit— presiona a la baja las tasas de interés domésticas, lo que tiende a depreciar la moneda local, encarecer las importaciones y abaratar las exportaciones frente al resto del mundo.
El efecto es todavía mayor cuando el instrumento es la compra directa de reservas en moneda extranjera: cada dólar destinado a intervención cambiaria elevaría el saldo de cuenta corriente en 50 centavos o más. Ambos mecanismos, fiscal y cambiario, muestran una relación estadísticamente robusta con los saldos externos tanto en economías avanzadas como en economías en desarrollo, lo que descarta que se trate de un fenómeno propio de un grupo particular de países.
Productividad, ingreso per cápita y demografía
Más allá de las palancas de política económica, el estudio identifica otros factores estructurales con incidencia significativa sobre los desequilibrios comerciales: las tasas de crecimiento de la productividad, el nivel de ingreso per cápita y las tendencias demográficas de cada país. Estas variables ayudan a explicar por qué economías con perfiles de ahorro e inversión muy distintos —por edad de la población, por etapa de desarrollo o por dinamismo productivo— tienden a acumular superávits o déficits persistentes incluso sin intervención estatal activa.
Aranceles: un instrumento de impacto limitado
El hallazgo con mayor potencial de fricción política es el que concierne a los aranceles. De acuerdo con el modelo, las barreras arancelarias no tienen un impacto significativo sobre el balance comercial agregado de un país. La razón conceptual es que un arancel puede reducir las importaciones en el sector específico que protege, pero ese efecto tiende a compensarse por una apreciación cambiaria que encarece otras exportaciones y abarata otras importaciones, dejando el saldo externo global prácticamente inalterado. En otras palabras, mover el desequilibrio comercial por la vía arancelaria sería, según esta evidencia, mucho menos eficaz que hacerlo por la vía fiscal o cambiaria.
El trabajo actualiza y extiende una línea de investigación previa sobre los mismos determinantes, incorporando seis años adicionales de datos y alrededor de mil observaciones nuevas al panel original. Esa ampliación —que suma un tramo reciente marcado por la pandemia, el rebote poscovid y la escalada arancelaria de los últimos años— refuerza la solidez de las conclusiones y les da mayor relevancia de cara al actual debate sobre cómo abordar los desequilibrios comerciales entre Estados Unidos, China y el resto del mundo.

