La industria automotriz europea enfrentó a principios del último trimestre de 2025 una crisis de suministro, por el tenso cruce entre las políticas de seguridad nacional de Occidente y la capacidad de represalia industrial de China. En el centro de la tormenta estaba Nexperia, un fabricante de semiconductores con sede en los Países Bajos pero de propiedad china, cuya intervención por parte del gobierno holandés desencadenó una reacción en cadena con consecuencias que aún se despliegan en las líneas de producción de media Europa.
En septiembre de 2025, La Haya tomó el control efectivo de Nexperia —filial holandesa del grupo chino Wingtech Technology— alegando graves irregularidades de gestión y preocupaciones de seguridad nacional. La decisión, presionada en parte por Washington, derivó en la destitución del entonces CEO y la designación de un interventor. Beijing respondió con rapidez y contundencia: prohibió las reexportaciones de chips fabricados en las plantas chinas de la empresa.
El impacto fue inmediato. Los semiconductores de Nexperia son componentes críticos para la electrónica embarcada de los automóviles modernos: desde sistemas de gestión del motor hasta asistencias de conducción. Sin ellos, las líneas de ensamblaje no pueden operar. Hildegard Müller, presidenta de la Asociación Alemana de la Industria Automotriz (VDA), advirtió que la situación podría derivar en «restricciones de producción significativas, posiblemente incluso paradas en el corto plazo.» Las compañías afectadas, según fuentes de la industria, estaban «buscando información desesperadamente» para evaluar su exposición real al corte de suministro.
La exposición no se limitó a Europa. Fabricantes estadounidenses también resultaron afectados a través de componentes electrónicos más pequeños que dependen de chips Nexperia, según reportaron de forma independiente Automotive News Europe y Reuters. Algunos proveedores dijeron haber sido tomados completamente por sorpresa por la intervención holandesa.
La crisis puso de relieve una vulnerabilidad estructural que la industria había preferido ignorar durante años: la dependencia de semiconductores fabricados en China, incluso cuando el proveedor formal tiene su sede jurídica en Europa. Infineon Technologies, uno de los principales proveedores alternativos del sector automotriz, reconoció haber recibido una avalancha de consultas de fabricantes que buscaban fuentes de reemplazo.
Con el daño ya hecho, la diplomacia comenzó a operar en paralelo. Fabricantes, proveedores y gobiernos abrieron canales de comunicación con autoridades chinas, holandesas y con la Comisión Europea para acotar el alcance de los controles de exportación y explorar vías de desescalada. La respuesta llegó en los primeros días de noviembre: Beijing anunció que eximiría ciertos chips del bloqueo de exportación, medida que formó parte de un acuerdo comercial más amplio suscripto entre los presidentes Xi Jinping y Donald Trump. Para el 7 de noviembre, al menos un gran proveedor automotriz alemán confirmó haber recibido autorización para volver a exportar chips de Nexperia desde China.
La desescalada parcial no disipó las preguntas de fondo. La decisión de un gobierno de intervenir una empresa por razones de seguridad nacional puede, en cuestión de días, amenazar la producción de miles de vehículos en países que nada tienen que ver con el conflicto original.
El caso Nexperia no será el último. A medida que las rivalidades tecnológicas entre grandes potencias se intensifican, los semiconductores —pequeños, invisibles, indispensables— se consolidan como uno de los instrumentos centrales de la nueva geopolítica industrial. Para una industria automotriz que ya navega una transformación sin precedentes, esa realidad añade una capa de incertidumbre que ningún modelo de gestión de riesgo había contemplado del todo.

