La pregunta que persigue a la economía china desde hace décadas vuelve a instalarse con fuerza: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse un modelo que desafía, al mismo tiempo, la historia y la lógica económica? Cuatro décadas de crecimiento extraordinario, un sistema político de control centralizado que se mantiene desde 1949 y tensiones sociales crecientes por la desigualdad, la corrupción y el deterioro ambiental no impidieron que Beijing prolongara su expansión mucho más de lo que anticipaban incluso sus observadores más optimistas. Pero los datos del segundo trimestre de 2026 sugieren que ese margen se está agotando.
El crecimiento económico general se ubicó en 4,3% interanual entre abril y junio, por debajo del piso del rango oficial de entre 4,5% y 5,0% fijado por las autoridades para todo el año. Detrás de esa cifra se esconde una brecha estructural cada vez más difícil de disimular: mientras las exportaciones treparon 27% interanual hasta junio, las ventas minoristas —el termómetro del consumo— apenas avanzaron 1% y la inversión fija se contrajo 5,7%. La producción industrial, sostenida en parte por la demanda externa, logró un incremento moderado del 5,3%, pero no alcanza para compensar la debilidad del mercado interno.
Una economía que produce mucho más de lo que consume
El contraste entre un sector exportador robusto y una demanda doméstica estancada no es un fenómeno nuevo, pero rara vez había sido tan pronunciado. Ya en 2007, el entonces primer ministro Wen Jiabao había advertido públicamente sobre los desequilibrios de la economía china, una autocrítica que dio origen a una serie de iniciativas de política económica: la Campaña de Prosperidad Común, orientada a corregir la desigual distribución del ingreso y la riqueza; las reformas estructurales por el lado de la oferta, pensadas para evitar el estancamiento de la productividad que sufrió Japón; y una campaña de desapalancamiento destinada a contener la crisis del sector inmobiliario. El resultado de esas políticas es, todavía hoy, motivo de debate, aunque el intento en sí mismo suele reconocerse como un mérito de Beijing.
Desde entonces, el bajo nivel de consumo de los hogares chinos ha sido señalado reiteradamente por especialistas como el talón de Aquiles del modelo. El discurso oficial ha mostrado en los últimos meses una mayor disposición retórica a reconocer el problema, pero sin traducirse en medidas concretas de peso. Un artículo reciente publicado a mediados de julio en la principal publicación teórica del Partido Comunista, escrito por un economista del Instituto de Economía y Política Mundial de la Academia China de Ciencias Sociales, propone una distinción entre un nuevo modelo de circulación endógena del gasto de los hogares y los estímulos transitorios de corte más clásico, a los que descarta de plano por considerarlos ineficaces.
El planteo resulta, sin embargo, poco convincente: contradice el propio programa de renovación de electrodomésticos y vehículos que el gobierno viene impulsando como principal palanca de consumo, y explica el bajo peso del gasto de los hogares en el PBI como una consecuencia casi aritmética del modelo de desarrollo chino, apoyado de manera desproporcionada en la inversión y las exportaciones. En lugar de proponer un giro hacia el consumo, el argumento redefine la inversión para incluir el capital humano y social, sin abandonar la lógica productivista que caracteriza a la economía china desde hace más de siete décadas.
El respaldo político a un modelo centrado en la oferta
Esa visión coincide con la orientación estratégica que impulsa la conducción política china, centrada en elevar el nivel de vida y la competitividad a través de las llamadas ‘nuevas fuerzas productivas de calidad’: inteligencia artificial, tecnologías verdes, vehículos eléctricos y otras ramas de manufactura avanzada. El respaldo oficial a este enfoque marca un punto de inflexión en el debate sobre la economía china: si en 2007 la discusión sobre los desequilibrios fue esencialmente interna, hoy la insistencia en sostener un modelo centrado en la oferta, con una demanda doméstica débil y en descenso, empieza a generar fricciones externas de otra escala.
El riesgo es concreto: un exceso de capacidad productiva que termine desbordando los mercados internacionales aumenta la probabilidad de respuestas proteccionistas, no sólo por parte de Estados Unidos, sino también de Europa y de economías del sur global, entre ellas India y varios países del sudeste asiático. El peso de China en la manufactura mundial ya ronda el 30% del valor agregado global y, según proyecciones de organismos internacionales, podría escalar hasta el 45% hacia 2030, un nivel que superaría los picos históricos alcanzados por Gran Bretaña a mediados del siglo XIX y por Estados Unidos en la inmediata posguerra.
Mantener el rumbo actual —profundizar la apuesta productiva sin fortalecer en paralelo la demanda interna— luce cada vez más como una estrategia con fecha de vencimiento, tanto para la propia economía china como para el resto del mundo, que enfrenta los límites de su capacidad de absorber una oferta manufacturera en expansión permanente.

