A doscientos cincuenta años de haber declarado su independencia de Gran Bretaña, Estados Unidos mantiene viva una costumbre casi tan antigua como el propio país: discutir sobre comercio exterior y aranceles. Así lo plantea el economista Douglas A. Irwin, del Peterson Institute for International Economics (PIIE), para quien las tensiones actuales en torno al rol de Washington en la economía mundial son la continuación de un debate que se remonta a la época colonial.
Según Irwin, ya desde el siglo XVII los colonos británicos asentados en América del Norte dependían del comercio con el exterior para procurarse ropa, mantas, clavos, armas de fuego, utensilios de cocina y otras herramientas que no podían producir localmente. El autor sostiene que, sin esas importaciones, el nivel de vida de los colonos habría sido tan bajo que muchos no habrían permanecido en el territorio, y cita a los historiadores McCusker y Menard, para quienes el comercio ultramarino no solo volvía cómoda la vida colonial sino que directamente la hacía posible.
El roce político con Gran Bretaña se profundizó después de la Guerra Franco-India de 1754-1763, conocida en Europa como la Guerra de los Siete Años. La corona británica, con una deuda de guerra abultada, intentó trasladar parte de esa carga a las colonias americanas. La consigna “no hay impuestos sin representación” se convirtió en una de las banderas del movimiento independentista de la década de 1770, en buena medida referida a los impuestos sobre el comercio exterior. Entre los reclamos de la Declaración de Independencia de 1776 figuraba justamente el cuestionamiento a Gran Bretaña por cortar el comercio con el resto del mundo e imponer tributos sin el consentimiento de los colonos.
Irwin utiliza la relación entre exportaciones e importaciones y el PBI como termómetro del peso del comercio en la economía estadounidense desde 1790. En la década posterior a la sanción de la Constitución de 1787, el comercio representaba entre el 10% y el 20% del producto. Ese nivel resultó muy volátil a comienzos del siglo XIX por las guerras napoleónicas entre Gran Bretaña y Francia, y cayó de manera abrupta durante la guerra de 1812 contra los británicos.
De la expansión hacia el oeste a la Guerra Civil
Tras ese conflicto, la participación del comercio se estabilizó entre el 5% y el 10% del PBI, muy por debajo de los niveles del siglo XVIII. Irwin atribuye esa baja a la migración hacia el Medio Oeste, una región menos integrada con las economías de Europa occidental, a la suba de aranceles que restringía tanto importaciones como exportaciones, y a una economía cada vez más diversificada, con una industria manufacturera en expansión que redujo la dependencia de bienes importados.
La Guerra Civil de la década de 1860 también dejó una marca visible en la caída del comercio, que sin embargo se mantuvo relativamente estable en torno al 5% del PBI hasta fines del siglo XIX. El autor identifica repuntes puntuales de las exportaciones durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y señala que recién a partir de la década de 1970 el comercio comenzó a crecer de manera sostenida como porción del producto, pasando de un 5% a más del 10%. En 1980, además, las importaciones superaron a las exportaciones por primera vez, marcando el inicio de los grandes déficits comerciales estadounidenses. Desde la crisis financiera global de 2008-2010 el peso del comercio en el PBI viene cayendo, una tendencia que Irwin vincula con los aranceles aplicados durante ambas administraciones de Donald Trump.
Del arancel de las “abominaciones” al GATT
El trabajo también reconstruye la evolución histórica de los aranceles estadounidenses. Desde 1790, el arancel promedio sobre las importaciones subió de manera sostenida, del 10% a un pico del 60% con el llamado “Arancel de las Abominaciones” de 1828, que derivó en una crisis política y estuvo cerca de provocar la secesión de estados del sur, como Carolina del Sur, que amenazó con desconocer esa ley. El Compromiso de 1833, impulsado por el senador Henry Clay, llevó los aranceles a menos del 20% hacia 1860, en la previa de la Guerra Civil.
El conflicto trasladó el poder político hacia el Partido Republicano, con base en el norte del país, que impulsó aranceles elevados tanto para recaudar como para proteger la industria local. A partir de ahí, Irwin distingue dos series: una más alta sobre los productos gravados —en su mayoría manufacturas— y otra más baja que incorpora también los bienes de consumo que ingresaban libres de arancel, como el café o el té, al no producirse en el país. Esas series reflejan además el impacto de la inflación de la Primera Guerra Mundial, la deflación de la Gran Depresión y la nueva inflación de la Segunda Guerra Mundial, en un contexto en el que buena parte de los derechos aduaneros eran montos fijos por unidad importada y no un porcentaje del valor.
Tras la Segunda Guerra Mundial y la creación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), los niveles arancelarios estadounidenses se estabilizaron y luego bajaron de forma sostenida, impulsados por acuerdos de libre comercio como el TLCAN (NAFTA), vigente desde 1994. Sin embargo, la administración Trump revirtió buena parte de esas políticas y los aranceles volvieron a saltar con fuerza en 2025.

