La economía china registró un inicio de año sólido en 2026, con un crecimiento del 5% en el primer trimestre, en el extremo superior del rango objetivo fijado por Pekín. Pero los datos más recientes revelan que ese impulso se está agotando antes de lo previsto. En mayo, las ventas minoristas retrocedieron un 0,6% interanual —su primera caída desde diciembre de 2022—, mientras que la producción industrial fue el único indicador que logró superar las estimaciones, con un alza del 4,5%. La brecha entre una oferta fabril robusta y una demanda doméstica anémica se perfila como el principal desafío económico del año.
Ya en abril, las señales de debilitamiento eran inequívocas. El consumo minorista creció apenas un 0,2% interanual, el peor desempeño desde diciembre de 2022 y muy por debajo de las proyecciones del mercado, centradas en un 2%. La inversión en activos fijos se contrajo un 1,6% en los primeros cuatro meses del año, frente a una expansión del 1,7% registrada en el trimestre anterior. Las ventas de automóviles cayeron un 21,6% en abril respecto del mismo mes de 2025, acumulando su séptima caída consecutiva. La Oficina Nacional de Estadísticas lo sintetizó con inusual franqueza: «El desequilibrio doméstico entre una oferta fuerte y una demanda débil es agudo».
Consumo estancado y motor exportador bajo tensión
El patrón estructural que se repite desde hace años volvió a imponerse: China exporta con vigor, pero no logra que su mercado interno absorba el dinamismo productivo. El superávit comercial superó el billón de dólares en 2025, y las exportaciones continuaron escalando en los primeros meses de 2026 impulsadas, en parte, por pedidos de industrias vinculadas a la inteligencia artificial y por compradores que buscan acumular inventarios ante el encarecimiento de insumos derivado del conflicto en Oriente Medio. Sin embargo, analistas advierten que esa estrategia tiene límites: los socios comerciales de China resisten crecientemente sus importaciones y el exceso de oferta fabril agrava las presiones deflacionarias internas.
El Gobierno fijó para 2026 una meta de crecimiento de entre el 4,5% y el 5,0%, el objetivo más modesto desde 1991. Lejos de presentarlo como una señal de debilidad, Pekín encuadra ese rango en una transición deliberada hacia un modelo de «desarrollo de alta calidad», con énfasis en manufactura avanzada, energía limpia y tecnología. No obstante, la realidad de los datos obliga a replantear hasta qué punto esa narrativa es sostenible sin medidas de estímulo más contundentes orientadas al consumo.
El dilema del estímulo y el factor Oriente Medio
Los analistas esperan que Pekín evalúe su postura de política económica cuando se divulguen los datos del segundo trimestre, en julio. El índice de gestores de compras manufactureros cayó al límite de los 50 puntos en mayo, la línea divisoria entre expansión y contracción, lo que sugiere que la actividad fabril no podrá oficiar de ancla si el consumo no se recupera. La confianza de los hogares permanece deteriorada, arrastrada por la crisis del mercado inmobiliario y por el empleo informal bajo presión. Los subsidios estatales para bienes de consumo —electrodomésticos, automóviles, electrónica—, vigentes en 2025, han perdido tracción.
A ese escenario se suma la presión inflacionaria derivada del conflicto bélico en Irán, que ha encarecido los costos de energía y agravado la incertidumbre global. La inversión extranjera directa acumuló una caída del 9,5% en 2025 y se proyecta que permanecerá deprimida a lo largo de 2026, pese a que el número de nuevas empresas extranjeras instaladas en el país creció casi un 17% en los primeros once meses del año pasado. La tensión entre esas señales contradictorias revela un escenario bifurcado: China atrae interés de largo plazo, pero enfrenta reticencias coyunturales de inversión.
El Gobierno deberá definir en las próximas semanas si profundiza los estímulos al consumo o si acepta que el crecimiento de 2026 se ubique en el piso de su propia meta. La respuesta tendrá consecuencias no solo para China, sino para las economías emergentes —entre ellas varias de América Latina— que dependen de la demanda china de materias primas y de la dinámica de sus cadenas de valor globales.

