La literatura sobre la maldición de los recursos ha mirado durante décadas casi exclusivamente hacia el sector exportador. La apreciación cambiaria, la desindustrialización, la enfermedad holandesa: todos estos fenómenos describen lo que ocurre cuando un país obtiene ingresos extraordinarios por la venta de materias primas y ese flujo distorsiona el resto de su economía. Lo que ha permanecido en la sombra es lo que sucede del otro lado de la balanza comercial, en los mercados donde ese mismo país compra al mundo.
Un estudio reciente del Kiel Institute for the World Economy, elaborado con datos de transacciones de importación a nivel de firma en 53 economías en desarrollo y emergentes, identifica un canal nuevo y hasta ahora ignorado de esta maldición: la monopolización de las importaciones. El hallazgo central es que cuanto mayor es la intensidad exportadora de commodities de un país, más concentrados tienden a ser sus mercados de bienes importados. Y esa concentración, lejos de traducirse en eficiencia, termina elevando los precios que pagan los consumidores.
La medición se realiza a través del índice Herfindahl-Hirschman (HHI), que captura la participación de mercado de cada firma importadora de un producto determinado. Los resultados son robustos ante una amplia variedad de controles estadísticos, incluyendo efectos fijos por país-producto y año-producto, así como variables de ingreso per cápita, gobernanza y desigualdad. Un ejercicio de causalidad adicional muestra que los incrementos exógenos en los precios internacionales de los commodities exportados también aumentan la concentración importadora, lo que sugiere que la relación no es espuria.
El mecanismo opera a través de tres vías principales. Las economías dependientes de recursos aplican aranceles más altos sobre sus importaciones, una práctica que en teoría puede responder a políticas industriales orientadas a diversificar la base exportadora, pero que en la práctica restringe la entrada de competidores. También recurren con mayor frecuencia a medidas no arancelarias como cuotas, que generan ventajas de costo asimétricas para las firmas con acceso a ellas. A esto se agrega la evasión arancelaria como tercer canal: los operadores incumbentes con acceso legal a cuotas tienen menos incentivos a evadir, lo que consolida aún más su posición dominante frente a potenciales entrantes.
El estudio revela también un patrón que invierte la lógica observada en los mercados de exportación. En el lado exportador, las economías de mayor ingreso tienden a tener mercados más concentrados, dominados por firmas superestrella con participaciones de mercado excepcionalmente grandes. En el lado importador, ocurre exactamente lo contrario: las economías más ricas tienen mercados importadores menos concentrados, independientemente de su intensidad exportadora de commodities. La concentración importadora es, en este sentido, una característica de la periferia.
Lo que hace este canal especialmente relevante para el debate sobre desarrollo es su vínculo con la conducta rent-seeking. La expansión del sector importador que acompaña a los booms de commodities, combinada con instituciones débiles, genera condiciones propicias para que los importadores ejerzan influencia política orientada a proteger sus mercados de la competencia. El resultado es una estructura en la que los ingresos extraordinarios del subsuelo terminan financiando, de forma indirecta, los privilegios de quienes controlan el acceso a los bienes del exterior.
Las implicancias de la política son directas. En economías donde el valor de las importaciones es comparable al de las exportaciones, y donde muchos bienes exportados se fabrican con insumos importados, ignorar la estructura del mercado importador es ignorar una parte sustancial del bienestar de la población. La recomendación del estudio apunta a intervenciones que incrementen la competencia en las importaciones: reducción de aranceles, eliminación de cuotas y otras medidas que elevan artificialmente las barreras de entrada.
Para América Latina, donde países como Venezuela, Bolivia, Ecuador o Argentina han protagonizado décadas de debate sobre la maldición de los recursos sin salir del diagnóstico macroeconómico clásico, este trabajo abre una pregunta incómoda: ¿cuánto del deterioro del poder adquisitivo que padecen sus ciudadanos se explica no por el tipo de cambio ni por el gasto fiscal, sino por los oligopolios importadores que prosperan al amparo de la misma riqueza natural que supuestamente debería beneficiarlos?

