El estrecho de Ormuz nunca fue fácil de ignorar. La reciente escalada de incidentes militares, ataques a embarcaciones y maniobras de bloqueo en la zona ha vuelto a exponer lo que ya se sabía pero pocas veces se discute con seriedad: la logística global reposa sobre un puñado de cuellos de botella que, cuando se tensan, arrastran consigo a economías enteras.
Las consecuencias de una interrupción prolongada en Ormuz van mucho más allá del petróleo. El gas natural licuado, los fertilizantes y una parte significativa del comercio de manufacturas asiáticas transitan por esa misma ruta. Una obstrucción sostenida podría traducirse en encarecimiento de alimentos, inflación energética y una presión adicional sobre cadenas de suministro que todavía no terminan de recuperarse de los coletazos de la pandemia. Los fletes ya reaccionan: las primas de seguro suben, los armadores recalculan y los cargadores buscan alternativas.
En ese contexto, la geografía del extremo sur de América del Sur ha comenzado a aparecer con renovada frecuencia en los análisis de consultoras navieras, think tanks geopolíticos y cancillerías de varios continentes. El estrecho de Magallanes y el cabo de Hornos —rutas históricas que conectan el Atlántico con el Pacífico sin necesidad de cruzar zonas de conflicto ni depender de canales artificiales— vuelven a ser considerados como corredores estratégicamente viables ante escenarios de disrupción en Medio Oriente.
Chile lleva años trabajando en el posicionamiento de Punta Arenas como hub logístico austral, con inversiones en infraestructura portuaria y servicios de apoyo a la navegación. Del lado argentino, Ushuaia cumple un rol complementario, especialmente en lo que respecta a operaciones hacia la Antártica. Ambas ciudades se benefician de un corredor que, aunque más largo en millas náuticas que la ruta por Suez o el canal de Panamá, ofrece algo que ninguno de los dos puede garantizar en momentos de crisis: previsibilidad y libre tránsito.
La Antártica añade otra dimensión al tablero. El continente blanco concentra reservas potenciales de recursos estratégicos —desde minerales críticos hasta fuentes de agua dulce— y está regido por un tratado internacional cuya revisión se habilitará en 2048. La proximidad de la Patagonia austral con ese territorio no es un detalle menor: quien controle las rutas de acceso al sur tendrá, en las próximas décadas, una posición negociadora difícil de replicar.El conflicto en Ormuz, visto desde esta perspectiva, no es solo una crisis regional de proyección incierta. Es un síntoma de algo más profundo: el reordenamiento de las rutas sobre las que descansa el comercio mundial. Las potencias que durante décadas apostaron por la estabilidad de ciertos corredores están recalibrando sus estrategias logísticas y diplomáticas. En ese proceso, los territorios que históricamente funcionaron como márgenes del sistema internacional —el extremo sur de América Latina entre ellos— empiezan a aparecer como piezas con valor propio. La geografía no cambió. Lo que cambia es cuánto están dispuestos a pagar por ella.

