El debate entre cantidad y calidad de la inversión extranjera en la ASEAN

Mientras Vietnam y Tailandia profundizan su dependencia de insumos importados, Singapur, Malasia e Indonesia logran retener una porción creciente del valor que generan.
07/07/2026
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Inversión Extranjera Directa en el ASEAN
Inversión Extranjera Directa en el ASEAN

Durante el Foro de Futuro de la ASEAN 2026, celebrado en Hanói, el primer ministro vietnamita Le Minh Hung planteó que el bloque debería dejar de funcionar como una simple plataforma de manufactura y convertirse en un polo de innovación capaz de generar y retener valor dentro de la propia región. La afirmación reabre un interrogante de fondo para un modelo de crecimiento que, en el Sudeste Asiático, se apoyó durante décadas en la inversión extranjera directa (IED): si atraer más capital alcanza cuando buena parte del valor generado termina fugándose hacia afuera.

La IED funciona hace tiempo como el termómetro con el que los gobiernos de la región miden su éxito económico. Para sostener ese atractivo, los países de la ASEAN ampliaron sus zonas económicas especiales, adoptaron el Marco de Facilitación de Inversiones del bloque y crearon ventanillas únicas de trámite. El resultado es innegable: entre 2017 y 2022 los flujos de inversión hacia Malasia, Singapur, Tailandia, Vietnam, Indonesia y Camboya crecieron con fuerza. Pero ese único indicador, cuánto capital entra, dice poco sobre cuánto se traduce en desarrollo local.

Dos variables permiten matizar el diagnóstico: el valor agregado doméstico (VAD), que mide qué porción del valor final de un bien se genera dentro del propio país, y el valor agregado extranjero (VAE), que mide qué porción proviene de insumos importados. Un smartphone ensamblado en Vietnam y exportado a Estados Unidos puede llevar semiconductores surcoreanos, pantallas chinas y software estadounidense: aunque figure como exportación vietnamita, gran parte de su valor nunca se generó en el país.

La relación entre ambas variables ofrece una vara más precisa que la sola cifra de inversión recibida. Si la IED fortalece de verdad las capacidades productivas locales, el valor agregado doméstico debería crecer más rápido que el extranjero, ganando peso relativo en las exportaciones. Si en cambio se acelera la dependencia de insumos importados, el país puede seguir exportando más sin capturar más valor propio, señal de una integración cada vez más subordinada a redes productivas controladas desde afuera.

Los datos de la base TiVA de la OCDE para el período 2017-2022 muestran trayectorias divergentes dentro del bloque. Vietnam es el caso más elocuente: su IED creció 27% y su valor agregado doméstico avanzó un notable 51%, cifras que a primera vista sugieren una historia exitosa. Pero su valor agregado extranjero se expandió 86% en el mismo lapso, superando ampliamente la creación de valor local. El resultado fue una caída sostenida en la relación entre ambas variables, señal de que el país se volvió más dependiente de insumos importados incluso mientras atraía más capital.

Tailandia exhibe un patrón distinto. Su IED subió 49% entre 2017 y 2022, pero su valor agregado doméstico prácticamente no se movió (+0,2%), mientras el extranjero creció 30%. Singapur y Malasia, en cambio, combinaron flujos de inversión en alza con una mejora sostenida en su relación de valor agregado, lo que sugiere que redes de proveedores más consolidadas ayudan a capitalizar mejor la inversión externa. Indonesia, con un crecimiento de IED más moderado (23,4%), logró la mejora más pronunciada del ratio, prueba de que el fortalecimiento doméstico no depende exclusivamente de atraer más capital.

Evolución del ratio valor agregado doméstico / extranjero (2017-2022)

PaísRatio 2017Ratio 2022Tendencia
Indonesia4,224,62En alza
Malasia0,921,01En alza
Singapur0,810,86En alza
Camboya1,891,49En baja
Tailandia1,260,97En baja
Vietnam0,790,64En baja

El cruce entre ambas variables permite distinguir cuatro trayectorias posibles: upgrading doméstico, cuando la IED crece poco pero el valor local se fortalece; IED de calidad, cuando ambas variables mejoran a la par, el caso de Singapur y Malasia; cantidad sin upgrading, cuando la inversión sube pero el valor doméstico retrocede, el caso de Tailandia; y desempeño débil, cuando ambas caen. Vietnam ocupa una posición más compleja: pese al fuerte crecimiento exportador, su dependencia de insumos importados se profundizó.

El debate cobra más urgencia a medida que la inteligencia artificial, la robótica avanzada y la manufactura digital redefinen la economía de la producción. Investigadores como Roman Stöllinger advierten que los países anclados en etapas de ensamblaje corren el riesgo de quedar atrapados en los segmentos menos rentables de la cadena de valor, con márgenes estrechos y escasas posibilidades de escalar hacia funciones de mayor valor agregado. La automatización acelera ese riesgo, mientras la relocalización de plantas por tensiones geopolíticas —las estrategias de diversificación conocidas como “China+1”— solo rendirá frutos si la inversión entrante fortalece capacidades locales.

El propio primer ministro vietnamita sintetizó ese cambio de paradigma al señalar que “el futuro pertenece a las economías que crean, innovan y lideran el desarrollo tecnológico”. Para los formuladores de política, el desafío ya no es solo atraer inversión sino maximizar el valor que esa inversión deja atrás: más investigación y desarrollo, más formación de talento, cadenas de suministro más resilientes y una fuerza laboral preparada para la automatización. Solo así la inversión extranjera dejará de medirse en volumen para empezar a medirse en capacidad instalada.

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