Más de una quinta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta están hoy vinculadas al comercio internacional, según el nuevo Rastreador de Emisiones Comerciadas (Traded Emissions Tracker), elaborado por la European Climate Foundation (ECF) y la consultora climática Matière. La herramienta calcula que más de una tonelada de dióxido de carbono equivalente de cada cinco se emite para producir un bien o un servicio que terminará siendo consumido en un país distinto de aquel donde fue fabricado.
El relevamiento abarca 45 economías, entre ellas todos los Estados miembro de la Unión Europea y la totalidad del G20 —incluidos China e India—, además de un bloque agregado que agrupa al resto del mundo. Los datos, desagregados por país, sector y tipo de gas, cubren el período 2010-2023 y muestran que las emisiones asociadas al comercio crecieron diez puntos porcentuales más rápido que las emisiones globales desde 1995, en un contexto de fragmentación creciente de las cadenas de valor.
La huella importada de la Unión Europea
El caso europeo resulta particularmente ilustrativo de esa tendencia. En 2023, las importaciones representaron algo más de un tercio de la huella de carbono total de la Unión Europea, una proporción que aumentó siete puntos porcentuales desde 2015 pese a que las emisiones territoriales del bloque cayeron durante el mismo período. En Irlanda, Suecia, Austria, Chipre, Malta y España, las importaciones —sin contar el comercio intracomunitario— explicaron más del 40% de la huella de carbono nacional en 2023.
El dato expone una tensión de fondo para la política climática europea: mientras Bruselas profundiza la descarbonización de sus fábricas, plantas de generación eléctrica y parque automotor, una porción creciente de las emisiones que sostienen el consumo del bloque se genera fuera de sus fronteras, fuera del alcance directo de esas políticas domésticas.
La cooperación con los socios comerciales, la palanca de mayor impacto
Según la ECF y Matière, la cooperación con los socios comerciales ofrece el mayor potencial para reducir las emisiones vinculadas al comercio, en particular a través de mecanismos que permitan medir el contenido de carbono de manera comparable entre jurisdicciones. Si la Unión Europea y China desarrollaran, por ejemplo, una herramienta capaz de traducir la metodología de una región a los criterios de la otra, ese esquema podría influir sobre flujos comerciales equivalentes a alrededor del 7% de las emisiones globales, casi un tercio del total de emisiones asociadas al comercio internacional.
Uno de los responsables del estudio explicó que, por el momento, no existe un tratamiento común del contenido de carbono entre países, en un escenario donde las políticas climáticas domésticas seguirán siendo distintas de una jurisdicción a otra. La relación entre la Unión Europea y China no se limita, en ese sentido, a la dependencia europea de paneles solares, baterías, vehículos eléctricos, maquinaria o materias primas críticas de origen chino: incluye también el carbono incorporado en las cadenas de suministro que sostienen el consumo europeo.
Un fenómeno concentrado en el G20
Distintos organismos coinciden en que las economías del G20 concentran alrededor del 80% de las emisiones vinculadas al comercio internacional, en un rango que —según la metodología utilizada— se ubica entre el 20% y el 30% de las emisiones globales totales. Más de tres cuartas partes de esas emisiones comerciadas se originan en un puñado de sectores, principalmente energía y transporte, lo que sitúa al transporte de carga marítimo y aéreo entre los frentes prioritarios para cualquier estrategia de reducción.
El nuevo rastreador se suma a un cuerpo creciente de evidencia que busca tender un puente entre la política comercial y la climática, en momentos en que ambas agendas se entrelazan cada vez con mayor frecuencia: desde los mecanismos de ajuste en frontera por carbono hasta las negociaciones sobre estándares de producto que condicionan el acceso a mercados clave.

