Export Development Canada (EDC), la agencia de crédito a la exportación del gobierno canadiense, puso en marcha en octubre dos nuevas oficinas en Europa —una en París y otra en Estocolmo— y ya proyecta una tercera en Varsovia para 2027. La decisión responde a un cambio de fondo en la estrategia comercial de Ottawa: reducir la exposición a un mercado estadounidense cada vez más hostil y construir una presencia permanente en el continente europeo, con financiamiento, seguros de crédito e inteligencia de mercado sobre el terreno.
El organismo, que en 2024 facilitó exportaciones canadienses por unos 123.000 millones de dólares canadienses, estima que las ventas de bienes y servicios a Europa podrían superar los 200.000 millones de dólares canadienses hacia 2035. Sus propias encuestas indican que casi un tercio de los exportadores del país planea ingresar al mercado europeo en los próximos dos años.
Una red europea en expansión
La representación en París abrió el 14 de octubre y apunta al tercer destino de las exportaciones canadienses dentro de la Unión Europea. El intercambio bilateral de mercancías con Francia alcanzó 15.200 millones de dólares canadienses en 2025, con ventas canadienses por unos 5.000 millones de dólares canadienses; desde 2017, el comercio de bienes creció más de 75% y el de servicios, 97%. Solo el año pasado, EDC respaldó negocios por C$1.100 millones en ese mercado y asistió a cerca de 600 empresas.
La oficina de Estocolmo, inaugurada el 20 de octubre, funcionará como puerta de entrada a los países nórdicos, con foco en manufactura avanzada, defensa y seguridad, energía y tecnologías digitales. Según la agencia, las exportaciones canadienses a Suecia se duplicaron con creces desde 2021. Ambas sedes se suman a las que EDC ya tenía en Londres, Düsseldorf y Estambul, y el plan contempla nuevos mercados después de Varsovia.
El telón de fondo: la ruptura con Washington
La expansión llega en el peor momento de la relación comercial con Estados Unidos en décadas. Tras el colapso de las negociaciones, la administración Trump aplicó aranceles del 50% sobre cerca de 20.000 millones de dólares en bienes canadienses, y el gobierno de Mark Carney respondió con derechos equivalentes sobre las importaciones estadounidenses. Ottawa se fijó como meta duplicar sus exportaciones fuera de Estados Unidos en la próxima década, y Europa —con más de 700 millones de consumidores y fuertes inversiones en energía limpia, defensa y cadenas de suministro resilientes— aparece como el destino natural de ese giro.
Montreal: la “Alianza para el Futuro”
El despliegue de EDC coincidió con la 21ª cumbre UE–Canadá, celebrada en Montreal el 29 y 30 de octubre con la participación de Carney, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. Las partes lanzaron una “Alianza para el Futuro” y se comprometieron a definir, antes de la cumbre de 2027, una fórmula de asociación cada vez más estrecha de Canadá con el bloque, sin llegar a la membresía plena.
En lo concreto, se cerraron las negociaciones del Acuerdo de Comercio Digital, el primero de Canadá dedicado exclusivamente a esa materia; se firmó un marco que habilita al Banco Europeo de Inversiones a financiar proyectos canadienses de minerales críticos, y se acordó la compra conjunta de 50 aviones hidrantes fabricados por De Havilland para combatir incendios forestales hacia 2030. Además, Canadá se incorporó a la iniciativa europea de supercomputación, se abrirán conversaciones para su acceso a los sistemas satelitales Galileo e IRIS² y se creará un grupo de trabajo para ampliar el acceso recíproco de bancos, aseguradoras y fintech.
Los límites de la diversificación
Los números muestran tanto el potencial como el techo del giro europeo. Las exportaciones canadienses de mercancías a la UE pasaron de 22.900 millones de dólares canadienses en 2016 a 42.900 millones de dólares canadienses en 2025, un alza cercana al 88%, impulsada por el CETA, la crisis energética tras la invasión de Ucrania y la suba de precios del petróleo y el aluminio. El comercio total de bienes y servicios entre ambos rondó los 178.000 millones de dólares canadienses el año pasado.
Sin embargo, Europa sigue absorbiendo apenas alrededor del 6% de las exportaciones totales de Canadá, una proporción casi sin cambios respecto de la etapa previa al acuerdo. A eso se suman obstáculos políticos y regulatorios: una decena de Estados miembros todavía no ratificó el CETA, y el giro de la política industrial europea hacia exigencias de contenido local podría obligar a las empresas canadienses a producir dentro del bloque para acceder a contratos públicos. La red de EDC busca, precisamente, acortar esa distancia entre la oportunidad y el negocio concreto.


Follow