Reconocer que existe un problema suele ser el primer paso para resolverlo, basta pensar que lograr que los 166 miembros actuales de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se pongan de acuerdo en casi cualquier cosa exige un esfuerzo casi gigantesco. Frente a ese diagnóstico incierto, los países tienen sobre la mesa distintos caminos posibles para reposicionarse en el orden económico global, cada uno con implicancias estratégicas muy distintas en el corto plazo.
Seguir como hasta ahora
La primera lectura sostiene que el sistema global lleva dos décadas sorteando crisis sin llegar a colapsar. Desde su creación en 1995, la OMC concluyó un solo gran acuerdo —el de Facilitación del Comercio— y aun así continúan sumándose países interesados en integrarla. Funcionarios de Estados Unidos y China siguen participando de las reuniones de alto nivel, y más del 70% del comercio mundial de bienes todavía se mueve bajo los compromisos arancelarios negociados en ese ámbito.
Otros organismos multilaterales también siguen operando, aun bajo presión creciente: el G7 se reunió en Francia en junio de 2026, y la cumbre anual del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), organizada este año por China, reunió a autoridades de las 21 economías miembro en una amplia agenda de encuentros. El sistema, en definitiva, sigue funcionando sin señales claras de un colapso inminente. Bajo esta lectura, los países no deberían sobrerreaccionar ante lo que podría ser una fase de tensión pasajera.
Elegir un bando
La lectura opuesta sostiene que el orden vigente desde la posguerra ya se quebró de manera estructural. Estados Unidos y China atraviesan una rivalidad estratégica con algunas áreas puntuales de cooperación y un terreno mucho más amplio de disputa en economía, tecnología y seguridad, tensiones que probablemente persistan y se profundicen más allá de los cambios de gobierno en ambos países.
Bajo este escenario, no resulta descabellado pensar que, en un futuro cercano, empresas que dependen de tecnología estadounidense queden imposibilitadas de operar con aquellas que dependen de tecnología china, y viceversa. Los ajustes constantes en controles de exportación, listas de entidades sancionadas y otras restricciones reducen cada vez más el margen de los actores intermedios, que podrían verse forzados por las circunstancias a definir una posición aunque prefieran no hacerlo.
Los países podrían buscar mostrar independencia frente a los dos grandes jugadores, ya sea generando puntos propios de influencia económica o agrupándose entre sí. Ni Estados Unidos ni China —cada vez más referidos en conjunto como el G2— suelen ver con buenos ojos los intentos de generar nuevas vulnerabilidades hacia ellos, y el riesgo de represalias limita aún más las opciones disponibles. Por vulnerabilidad frente a la disputa entre las dos potencias o simplemente por falta de alternativas prácticas, buena parte de los actores intermedios terminaría optando —o cayendo por default— en refugiarse bajo el ala de uno de los dos gigantes.
Alianzas a la carta
Si la turbulencia actual no es pasajera, los países podrían optar por un esquema cambiante de relaciones internacionales laterales para manejar mejor la incertidumbre estratégica. Alternar entre distintas posturas según el socio y el tema no es una novedad para los países, pero la magnitud de los ajustes por venir podría poner a prueba incluso a los más flexibles, dando lugar a combinaciones antes impensadas entre actores intermedios para atender problemas muy específicos.
Un resultado que ya se observa es la creciente prioridad que se les da a los acuerdos comerciales que no incluyen a ninguno de los dos países del G2, como el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), que además viene construyendo vínculos con la Unión Europea y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático. El acuerdo más nuevo de este tipo, el de Asociación para el Futuro de la Inversión y el Comercio, pasó de cuatro a diecinueve miembros en poco más de un año.
Cada vez más gobiernos intermedios buscan puntos de “palanca” que puedan explotar en el presente o en el futuro para no perder autonomía frente a los actores más grandes, por ejemplo posicionándose como nodos críticos dentro de cadenas de suministro o de infraestructura tecnológica. Ninguna potencia media cuenta, por sí sola, con recursos suficientes para funcionar como palanca real, pero el peso económico conjunto de sus decisiones puede ser significativo si logran sostener, de forma coordinada, la presión de eventuales medidas hostiles del G2.
Las prácticas del pasado parecen cada vez menos adecuadas para lo que viene. Por primera vez en décadas, los países tienen tanto el incentivo como la oportunidad de experimentar con nuevos enfoques, diseñar instituciones y considerar alternativas que hasta hace poco resultaban impensables.

