Marco Trade Revista: Se habla mucho de los cambios en el panorama del comercio mundial y de que las tensiones geopolíticas en todo el mundo están afectando al Sistema Multilateral de Comercio y a la Organización Mundial del Comercio. ¿Cuál es su opinión, como alto funcionario de larga trayectoria en la Secretaría de la OMC?
Willy Alfaro: Lo que tenemos ante nosotros es que la economía mundial ha cambiado de forma rápida y profunda, y el sistema que sostiene las relaciones comerciales internacionales se ha visto sacudido como nunca antes en toda su historia. Una muestra del reconocimiento de este cambio radical es la ya célebre y citada declaración del primer ministro de Canadá en el Foro de Davos, a comienzos de este año, en la que se refirió a una “ruptura del orden mundial”.
En el ámbito del comercio mundial, el entorno que sostenía al Sistema Multilateral de Comercio, tal como lo conocíamos, ha desaparecido, y lo que resulte de las reformas y de las principales negociaciones en curso en la OMC no lo devolverá a la forma que tenía hasta hace poco. Por lo tanto, debemos adaptarnos a estas nuevas y desafiantes realidades. Como señalan brillantemente Andy Milligan y Louise Clarke en un libro reciente, “nadie puede predecir el futuro con exactitud, pero todos podemos prepararnos para él”.
La propia OMC reconoce en su Informe Anual 2026, publicado la semana pasada, que el sistema mundial de comercio atraviesa la perturbación más prolongada que se recuerde, en medio de cuestionamientos a las normas comerciales que podrían golpear los niveles de vida en un mundo geofragmentado.
Sin embargo, creo que la crisis actual, aunque esté sacudiendo todo el sistema, ofrece una oportunidad única para mejorar el SMC y dotarlo de las herramientas necesarias para hacer frente a los desafíos mundiales modernos, como el cambio climático y la irrupción de la IA, de modo que pueda ser un factor de estabilidad en un mundo en transformación.
MTR: ¿Puede explicar brevemente cómo evolucionó el sistema multilateral en las últimas décadas y cuál ha sido su contribución a la economía mundial?
WA: Durante buena parte del período transcurrido desde la Segunda Guerra Mundial, la política comercial pareció ser una cuestión en gran medida resuelta, sobre todo entre las economías avanzadas. Todos los actores creían firmemente en los beneficios de un comercio más libre y de la cooperación multilateral. Se sucedieron rondas de liberalización multilateral en el marco del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y de su sucesora, la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esta liberalización multilateral se produjo al mismo tiempo que se expandían los acuerdos comerciales preferenciales regionales en todo el mundo. En conjunto, estas dos formas de liberalización redujeron significativamente el nivel de los obstáculos al comercio y disminuyeron la incertidumbre sobre la evolución futura de la política comercial.
A mediados de la década de 2010, los aranceles medios ponderados por las importaciones en la mayoría de las economías avanzadas habían caído a niveles excepcionalmente bajos en términos históricos (en torno al 2 % a 4 %). Estos bajos aranceles de importación y unas normas multilaterales previsibles, junto con los avances en las tecnologías de la información y la comunicación, contribuyeron al crecimiento significativo del comercio internacional, a la reducción de los costos comerciales y a la formación de cadenas globales de valor (CGV), en las que las empresas distribuyeron las distintas etapas de la producción entre varios países.
Estas CGV se convirtieron en uno de los rasgos más distintivos de la globalización de los últimos tiempos en comparación con episodios anteriores, como el de fines del siglo XIX. Un ejemplo famoso de CGV es la historia del iPhone de Apple: diseñado en California, pero ensamblado en China e India, con piezas y componentes enviados desde muchos otros países. El surgimiento de las CGV contribuyó a la expansión continua del comercio mundial y creó oportunidades sin precedentes para que los países en desarrollo se subieran al veloz tren del comercio.
El SMC fue exitoso y resultó decisivo para impulsar el crecimiento económico y generar las condiciones y oportunidades que permitieron sacar a millones de personas de la pobreza. Se estima que, entre 1995 y 2022, en los países de ingreso bajo y mediano, la proporción de la población que vivía en pobreza extrema bajó del 40 % a alrededor del 10 %. Muchos factores contribuyeron a este gran desempeño, y el comercio fue uno de ellos. Durante las últimas tres décadas, la OMC ha ofrecido normas comerciales multilaterales previsibles que rigen el comercio de mercancías y servicios, así como los aspectos de los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio.
MTR: ¿Cuál es la situación actual? En particular, teniendo en cuenta los recientes aumentos de aranceles que Estados Unidos impuso a todos los países.
WA: En los últimos años, el apoyo al comercio abierto y a la cooperación multilateral ha cambiado drásticamente. De forma gradual pero sostenida, la confianza en el comercio abierto y en las normas e instituciones multilaterales comenzó a erosionarse. Hoy se cuestionan los beneficios del comercio abierto en muchas partes del mundo; en algunos lugares, de manera bastante radical. Los conceptos de ventaja comparativa y de cooperación internacional ya no dominan los debates comerciales. De hecho, la seguridad económica y nacional se ha convertido en una preocupación central para muchos gobiernos. Para responder a estas preocupaciones se adoptaron medidas unilaterales de restricción del comercio, y surgieron tensiones comerciales.
Una muestra de este giro en la política comercial es el aumento del proteccionismo por motivos de seguridad nacional o económica. En este contexto, el año pasado Estados Unidos elevó bruscamente sus aranceles a las importaciones procedentes de todos los países del mundo y ha seguido imponiendo unilateralmente nuevos derechos a algunos de sus socios comerciales. Así, a partir de 2018–19 y con mayor intensidad en 2025–26, Estados Unidos impuso sucesivas oleadas de aranceles que elevaron la protección a niveles no vistos desde la Ley Arancelaria Smoot-Hawley de la década de 1930. En los últimos dos años, los aranceles estadounidenses se ajustaron varias veces, en parte mediante negociaciones bilaterales con los países involucrados, lo que generó una considerable incertidumbre sobre los niveles arancelarios y las condiciones de acceso a los mercados.
Sin embargo, es interesante y alentador señalar que esas medidas unilaterales no provocaron represalias generalizadas (con muy pocas excepciones, como China y, más recientemente, Canadá), ni otros países elevaron sus aranceles a las importaciones de origen no estadounidense. El mundo ha evitado, en gran medida, una espiral de represalias.
En décadas anteriores, las decisiones de política comercial se tomaban dentro de un orden internacional basado en normas y centrado en la Organización Mundial del Comercio (OMC). En cambio, las recientes rondas de aranceles estadounidenses se impusieron unilateralmente al amparo de una serie de fundamentos jurídicos internos, entre ellos los aumentos súbitos de las importaciones (Sección 201 de la Ley de Comercio de 1974), la seguridad nacional (Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962), las prácticas comerciales extranjeras desleales (Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974), la emergencia nacional (en virtud de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional [IEEPA] de 1977) y la crisis de balanza de pagos (en virtud de la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974). Más recientemente, en julio pasado, el gobierno estadounidense anunció nuevos aranceles en virtud de la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974. Estos últimos aranceles se impusieron con el argumento de que los países afectados no habían establecido, o no aplicaban eficazmente, una prohibición de importar bienes fabricados total o parcialmente con trabajo forzoso. Estos aranceles son objeto de un litigio actualmente en curso ante el Tribunal de Comercio Internacional de los Estados Unidos, lo que demuestra que la legalidad del enfoque del gobierno en materia de política comercial sigue siendo una cuestión controvertida. Una vez más, estos cambios y los procesos judiciales asociados socavan la previsibilidad de las relaciones comerciales.
En muchas conferencias y actos públicos escucho que a las empresas no solo les preocupan los aumentos de aranceles, que de algún modo podrían absorberse mediante ajustes de costos en las cadenas de producción, sino, sobre todo, la falta de previsibilidad de las condiciones comerciales. Los operadores pueden adaptarse a costos más altos, siempre que sean previsibles. Adaptarse a la incertidumbre es mucho más complejo.
De hecho, los indicadores de incertidumbre de la política comercial han alcanzado máximos históricos. Dado su impacto en la economía mundial, la OMC y el FMI siguen de cerca estos cambios y publican periódicamente indicadores de incertidumbre de la política comercial. El indicador más reciente, publicado hace unos meses, muestra un marcado aumento de la actividad en materia de política comercial durante 2025-26, junto con mayores tensiones comerciales entre las grandes economías, sobre el telón de fondo de una tendencia general al alza. Otra señal de que el comercio mundial está bajo presión es que los nuevos aranceles y restricciones comerciales (que la Secretaría de la OMC vigila periódicamente) abarcan ahora el 11 % de las importaciones mundiales, la mayor cobertura en más de 15 años.
MTR: ¿Por qué se considera que los aranceles más altos son perjudiciales para las empresas?
WA: Dicho de manera sencilla, porque los aranceles crean barreras y encarecen el comercio. Y agregaría que la incertidumbre y la imprevisibilidad de la política comercial también preocupan a la comunidad empresarial.
Los economistas (casi todos) suelen subrayar que los aranceles son costosos, y que ese costo se agrava por la incertidumbre sobre sus niveles. La razón es que el comercio internacional no es un juego de suma cero, sino de suma positiva, es decir, mutuamente beneficioso para los países. Todos (casi todos) sabemos que, en lugar de tener que producir todos los bienes internamente, los países pueden especializarse en lo que producen relativamente bien y recurrir al intercambio de mercado para obtener los bienes que producen relativamente mal (o no tan bien). Es un concepto básico de la teoría del comercio internacional. No tiene sentido sostener que, si dejamos de importar “x millones” de un determinado bien, estamos ahorrando “x millones”.
Conocemos esta idea por nuestra vida cotidiana. La mayoría de nosotros no cultiva todos sus alimentos ni confecciona toda su ropa. En cambio, nos especializamos en la profesión que elegimos, vendemos nuestros servicios laborales a cambio de un ingreso y usamos ese ingreso para comprar en el mercado los bienes o servicios que no producimos nosotros mismos. El comercio internacional es simplemente un ejemplo de estas ganancias del intercambio de mercado frente a la autosuficiencia. Como los mercados no se detienen en las fronteras, estas ganancias se verifican tanto a nivel internacional como nacional.
Otro hecho es que, aunque los aranceles gravan directamente las importaciones, elevan indirectamente el precio de los productos nacionales que compiten con ellas, porque los productores locales enfrentan menos competencia y mayores costos por sus insumos importados. Además, si bien los aranceles expanden la actividad económica en los sectores nacionales que compiten con las importaciones, esa expansión resta recursos a los sectores orientados a la exportación. Por lo tanto, el efecto indirecto de los aranceles es reducir simultáneamente las exportaciones y las importaciones.
De esta observación se desprende que, como los aranceles reducen tanto las exportaciones como las importaciones, tienen un efecto limitado sobre la balanza comercial multilateral de un país (con el conjunto de los demás países). Un país registra un déficit comercial multilateral si hoy gasta más que su ingreso, a cambio de gastar menos que su ingreso en el futuro. El déficit comercial resultante se financia con entradas de capital del resto del mundo, de modo que la balanza de pagos es igual a cero como identidad contable.
Por lo tanto, los aranceles afectan el déficit comercial multilateral de un país solo en la medida en que modifican los incentivos a gastar o ahorrar el ingreso. Estos efectos son sutiles y de magnitud modesta: por ejemplo, hay poca evidencia de que los aranceles de 2018–19 y 2025–26 hayan tenido un efecto significativo sobre el déficit comercial multilateral de Estados Unidos.
Otra observación es que las cadenas de suministro se ven perturbadas. La política comercial no es la única razón por la que el entorno del comercio internacional se ha vuelto más incierto en la última década. La pandemia de COVID-19 y sus secuelas pusieron de relieve la posible vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro ante perturbaciones del transporte a gran escala. Otro ejemplo es que el aumento de las tensiones geopolíticas y de los conflictos armados generó preocupaciones de seguridad nacional por la incertidumbre en el acceso a minerales críticos (como las tierras raras) y a componentes (como los semiconductores avanzados). Por todas estas razones, las decisiones de las empresas sobre sus cadenas de suministro se toman ahora en un entorno menos previsible.
Está demostrado que la incertidumbre sobre la política comercial, y sobre el entorno comercial en general, genera costos adicionales. En un mundo previsible, las empresas pueden desarrollar cadenas de suministro especializadas, en las que cada componente se obtiene del proveedor de menor costo. Antes de las recientes oleadas de aranceles estadounidenses, por ejemplo, el reloj de Apple se ensamblaba únicamente en China. Ya no es así. En un mundo incierto, las empresas deben tener en cuenta el riesgo de que falle un proveedor y necesitan desarrollar cadenas de suministro lo suficientemente resilientes frente a esos riesgos.
Ante una mayor incertidumbre, las empresas pueden optar por diversificar sus proveedores extranjeros e incorporar redundancia en sus cadenas de suministro, para cubrirse frente a futuros cambios en la política comercial u otras perturbaciones. Alternativamente, pueden responder relocalizando etapas de la producción en su país, creando capacidad productiva ociosa o acumulando inventarios de componentes. Cada una de estas estrategias eleva los costos de producción en comparación con los de un mundo previsible, en el que las empresas pueden organizar sus cadenas de suministro basándose solo en la especialización y en el abastecimiento del proveedor de menor costo.
La incertidumbre sobre la política comercial puede resultar especialmente costosa en el mundo actual de cadenas globales de suministro, porque las empresas deben tomar decisiones de inversión iniciales difíciles de revertir, como los costos de construir una nueva planta de producción. Frente a una mayor incertidumbre, las empresas pueden postergar esos costos hundidos hasta que la incertidumbre se disipe. Por ejemplo, a un ejecutivo del sector automotor puede resultarle difícil decidir si instalar una planta en su país o en el exterior, o en qué país extranjero en particular, cuando no sabe si los aranceles en el futuro inmediato serán del 0 %, del 25 % o del 50 %.
Si todas las empresas postergan de este modo esas inversiones hundidas, esa reticencia frena la reasignación de recursos hacia sus usos más productivos y reduce la productividad agregada y el ingreso real de la economía.
MTR: Si el multilateralismo y el comercio abierto benefician a todos los países, ¿por qué cree que algunos gobiernos se están alejando de ellos en los últimos tiempos?
WA: Hemos observado que el propio comercio se ha convertido en objeto de disputa política. Cabe preguntarse por qué el debate sobre el comercio se ha vuelto tóxico en algunos sectores.
No es que la economía del comercio haya cambiado ni que los responsables de las políticas hayan olvidado de repente los beneficios de la especialización y el intercambio. Se debe, más bien, a que la política comercial ha pasado a asociarse con objetivos que nunca garantizó ni para los que nunca fue concebida. A esto se suman los efectos políticos de un panorama comercial que cambia con rapidez.
Diría que es en los tiempos difíciles cuando la economía mundial necesita previsibilidad y estabilidad. En el más reciente Foro Público de la OMC (celebrado la semana pasada en Ginebra), el presidente de la Cámara de Comercio Internacional señaló que la comunidad empresarial mundial quiere, ante todo, que termine la incertidumbre. Un estudio de la CCI publicado en abril de 2026 concluyó que la incertidumbre de la política económica eliminó el equivalente a 202.000 millones de dólares en inversión empresarial mundial en 2025 y que podría duplicar esas pérdidas en 2026 si la volatilidad se intensifica. Ninguna economía está totalmente a salvo de estos riesgos, lo que subraya la importancia de señales de política previsibles para las decisiones de inversión.
MTR: Hablemos ahora de la OMC y de algunas de las críticas que se escuchan sobre su incapacidad para avanzar.
WA: En primer lugar, quisiera destacar que la OMC no se trata solo de libre comercio. Como dijo recientemente Pascal Lamy, ex director general de la OMC, “el libre comercio no existe”. La OMC tiene que ver, en efecto, con ofrecer normas multilaterales para el desarrollo pacífico del comercio mundial; tiene que ver con la cooperación multilateral, con la previsibilidad y con la transparencia. La pregunta que se hacen muchos observadores es si este SMC ofrece la previsibilidad tan necesaria en un momento en que el aumento del proteccionismo y las tensiones geopolíticas ensombrecen las perspectivas del comercio mundial.
Primero, unas palabras sobre el comercio mundial, que ha mostrado una resiliencia sorprendente pese a todas las tensiones comerciales y los conflictos geopolíticos. El comercio mundial de mercancías creció un 4,6 % en 2025 y se prevé que siga creciendo en 2026, aunque a un ritmo mucho más lento. Según un indicador adelantado elaborado por la OMC, se espera que el comercio mundial de bienes continúe creciendo en los próximos meses pese a los mayores aranceles estadounidenses y a la incertidumbre causada por el conflicto en Oriente Medio. La OMC anunció hace unas semanas que su Barómetro del Comercio subió a 102,0 en julio, desde 101,7 en abril. Un valor superior a 100 indica que las exportaciones y las importaciones crecen a un ritmo más rápido que el promedio registrado en las últimas décadas.
La fuerte demanda de componentes electrónicos y otros insumos vinculados a la inversión en inteligencia artificial sigue sosteniendo el crecimiento del comercio y ayuda a compensar los efectos negativos del conflicto en Oriente Medio y la persistente incertidumbre en torno a las políticas comerciales. Si bien las cifras del comercio mundial siguen siendo bastante sólidas, es la inteligencia artificial la que está ayudando a apuntalar el sistema. Parte de la resiliencia del comercio mundial puede reflejar el auge de la IA y el hecho de que los bienes que la hacen posible son extremadamente intensivos en comercio. Hay muchas importaciones que intervienen en la producción de bienes para la IA, como servidores, fábricas, computadoras y centros de datos, y ese auge de la inversión y del comercio puede estar ocultando parte de la caída del comercio mundial que de otro modo se estaría produciendo. Según los datos más recientes de la OMC, el comercio de bienes vinculados a la IA, como semiconductores, productos químicos y equipos industriales, creció un 42 % en el primer trimestre de 2026 respecto del mismo período del año anterior, frente a una expansión de apenas el 7 % en el comercio de bienes no relacionados con la IA.
Son noticias alentadoras para el comercio mundial. Pero analicemos con más profundidad el funcionamiento de la OMC en el contexto mundial actual de tensiones comerciales, rivalidades geopolíticas y creciente incertidumbre. ¿Dónde está parada la OMC? ¿Cuáles son los desafíos para el SMC? ¿Puede sobrevivir en su forma actual? Son preguntas obvias pero, al mismo tiempo, sumamente importantes para el futuro del comercio mundial.
Permítanme presentar rápidamente una brevísima historia del SMC, que debería ayudarnos a comprender mejor las contribuciones de la OMC a la economía mundial y los desafíos que enfrenta actualmente.
Hace más de 80 años se estableció un sistema multilateral para ofrecer normas jurídicas que rigieran las relaciones comerciales internacionales. Lo que comenzó en 1947 como un modesto acuerdo arancelario entre menos de dos docenas de economías (el GATT) evolucionó hasta convertirse en una Organización Mundial del Comercio casi universal, que hoy cuenta con 166 Miembros y ofrece normas comerciales integrales para las mercancías, los servicios y la propiedad intelectual (PI), un sistema de solución de diferencias ampliamente utilizado y un foro en el que economías grandes y pequeñas pueden abordar preocupaciones comerciales comunes. Con el tiempo, el sistema ha contribuido a una reducción sostenida de los obstáculos al comercio, a una expansión de casi 50 veces del comercio mundial y a un período sin precedentes de crecimiento, desarrollo y convergencia de ingresos entre las economías.
El SMC funcionó. Ha sido muy exitoso. Varias rondas de negociaciones comerciales permitieron reducir los obstáculos al comercio y establecer normas comerciales multilaterales con un mecanismo de cumplimiento que garantiza que se respeten los compromisos. El sistema contribuyó con éxito a la expansión económica mundial, a relaciones comerciales pacíficas entre las naciones y a generar las condiciones necesarias para sacar de la pobreza a unos 250 millones de personas. Fue tan exitoso que el número de sus Miembros aumentó hasta alcanzar los 166 actuales. Además, alrededor de otros 20 países quieren convertirse en Miembros y negocian actualmente su adhesión a la OMC. Esto demuestra la importancia y la vigencia de esta Organización.
Pero, como señalé antes, el mundo ha cambiado de manera bastante radical y es muy distinto del que existía hace algunas décadas. Lamentablemente, el sistema multilateral de comercio no ha evolucionado a la misma velocidad. Desde que se establecieron las normas vigentes de la OMC han surgido nuevas formas de comercio (pensemos en el comercio electrónico, la economía digital, el comercio orientado a los servicios, la economía verde, la irrupción de la IA), nuevos jugadores se han convertido en actores importantes en el escenario mundial (algunos dominan el comercio mundial, y no todos comparten la misma visión sobre la competencia internacional) y han aparecido nuevas cuestiones que afectan a la economía y al comercio mundiales.
Algunos observadores incluso afirman que las normas de la OMC se establecieron para un mundo diferente, que el sistema se ha vuelto irrelevante y que no tiene la capacidad ni las herramientas adecuadas para abordar los desafíos mundiales actuales, como el cambio climático o el auge de las nuevas tecnologías. Hay algo de verdad en estas evaluaciones, pero creo que no debemos renunciar al SMC. Aunque la economía mundial de hoy difiere fundamentalmente de la que enfrentaron los arquitectos del GATT en la posguerra, o incluso los negociadores de la Ronda Uruguay, el mundo necesita a la OMC más que nunca. Es en los tiempos difíciles cuando la cooperación multilateral resulta más crítica para el crecimiento económico y el mantenimiento de relaciones pacíficas. Creo que la OMC tiene el potencial, si se reforma genuinamente, de aportar cierta estabilidad a las relaciones comerciales mundiales y de contribuir al crecimiento económico.
No se puede negar que el panorama del comercio mundial seguirá evolucionando, impulsado por la dinámica geopolítica pero, sobre todo, por las continuas transformaciones tecnológicas. El problema es que las normas actuales del SMC, diseñadas hace varios años para regular las relaciones comerciales, son antiguas y no se han modernizado. Salvo algunas excepciones, la mayor parte del instrumental comercial multilateral vigente se estableció al término de la Ronda Uruguay, en 1995, es decir, hace más de 30 años. Estas normas no se han actualizado desde entonces. Esto es, como mínimo, preocupante. El resultado es que la OMC no está bien equipada para hacer frente con eficacia a los desafíos actuales del sistema de comercio y de la economía mundial. Tampoco es capaz de funcionar eficientemente con un número de Miembros grande y diverso.
Aunque el panorama del comercio mundial ha cambiado significativamente, la lógica fundacional del sistema multilateral —que a todas las economías les va mejor cooperando que actuando unilateralmente— sigue tan vigente hoy como siempre.
Hace un par de décadas, la OMC era una de las instituciones internacionales más relevantes. Las normas multilaterales demostraron ser eficaces para facilitar las relaciones comerciales entre todos sus Miembros, para crear las oportunidades adecuadas que permitieron sacar a millones de personas de la pobreza, para resolver diferencias comerciales y para ofrecer un marco comercial estable y previsible. Pero ya no es así. Su eficacia se ha ido erosionando gradualmente, y esto no comenzó recién con las recientes medidas unilaterales de Estados Unidos. Las semillas de sus problemas se sembraron mucho antes. Entre ellas, además de normas desactualizadas y crecientes tensiones comerciales, está la incapacidad de la OMC para tomar decisiones con un número creciente de Miembros. Algunos de los síntomas de la disfuncionalidad actual del sistema son los siguientes: i) la parálisis de su brazo jurídico (el sistema de solución de diferencias), que socava el derecho de los Miembros a asegurar el debido cumplimiento de los compromisos jurídicos; ii) el hecho de que sea casi imposible concluir negociaciones comerciales (ni siquiera plurilaterales), lo que obstaculiza la posibilidad de modernizar el sistema; iii) la falta de notificación completa de las reglamentaciones y prácticas comerciales, que socava la transparencia; iv) la ausencia de resultados sustanciales recientes; y la lista podría seguir.
Pero la debilidad de fondo detrás de esos síntomas (la enfermedad) es su incapacidad para llegar a decisiones por consenso entre sus 166 Miembros, que tienen visiones divergentes sobre lo que la OMC debería o no debería hacer, la falta de un sentido común de propósito y de una visión compartida para el SMC, sumada a la falta de confianza y a un vacío de liderazgo.
MTR: Ante todos estos acontecimientos preocupantes, ¿podemos decir que la OMC ya no es relevante para el mundo?
WA: Es cierto que la OMC atraviesa las perturbaciones más graves y prolongadas desde la creación del sistema multilateral de comercio hace 80 años. Si bien algunas de estas perturbaciones reflejan tensiones de larga data, y otras responden a acontecimientos más recientes relacionados con las políticas macroeconómicas y con carencias en los sistemas sociales nacionales, una parte importante proviene, como señalé antes, de la percepción de que las normas de la OMC no han seguido el ritmo de las realidades económicas mundiales, que cambian con rapidez, y de que es necesario adaptarlas. Esto ha colocado al sistema mundial de comercio en una coyuntura crítica.
Pese a los desafíos que enfrenta la OMC, creo firmemente que sus normas siguen siendo el fundamento jurídico esencial del comercio internacional. El mundo todavía no ha visto una alternativa adecuada a la OMC. Y también hay buenas noticias sobre las actividades de la Organización. Pese a los conflictos comerciales actuales, alrededor del 72 % de todo el comercio mundial de mercancías todavía se realiza en las condiciones arancelarias básicas de nación más favorecida (NMF) negociadas y consolidadas por los 166 Miembros de la OMC. Esto indica que la gran mayoría de los países utiliza las normas de la OMC. En materia de negociaciones comerciales, hace dos años los Miembros alcanzaron un importante acuerdo para reducir las subvenciones perjudiciales a la pesca. Grupos de Miembros también lograron avances significativos en acuerdos plurilaterales en ámbitos como el comercio electrónico, la facilitación de las inversiones para el desarrollo y la reglamentación nacional en el ámbito de los servicios, así como en varias iniciativas ambientales (como la lucha contra la contaminación por plásticos). En su labor cotidiana, la OMC sigue ofreciendo un marco creíble en el que los Miembros pueden abordar preocupaciones comunes, resolver posibles desacuerdos y reducir la incertidumbre. La solución de diferencias sigue utilizándose en la OMC, a menudo con creatividad y éxito, pese a ciertas limitaciones derivadas de la suspensión del Órgano de Apelación (a través del Procedimiento Arbitral Multipartito de Apelación Provisional, MPIA). Estos logros de la labor técnica habitual de la OMC no llegan a las portadas de los diarios, pero tienen un gran valor para el comercio mundial y para la comunidad empresarial.
Los desafíos actuales de la OMC son, en muchos aspectos, consecuencia de los propios logros del sistema: contribuyó a crear una economía mundial más abierta, integrada y basada en normas, pero también una en la que la política comercial desempeña un papel más importante, las fricciones comerciales son más complejas, los Miembros de la OMC son más diversos y el poder económico está más repartido. La lógica y los principios fundacionales de la OMC siguen generando importantes beneficios económicos, y el sistema todavía ofrece un gran valor. Pero su eficacia futura dependerá de su capacidad para adaptarse a la economía mundial más integrada, multipolar y diversa que ayudó a crear.
MTR: Entonces, ¿qué debe hacer la OMC para seguir siendo relevante?
WA: La respuesta corta es “reformarse”. Pero es fácil decirlo; hacerlo es mucho más difícil. De hecho, el debate sobre la necesidad de reformar la OMC lleva muchos años, pero fue en la 12ª Conferencia Ministerial, celebrada en Ginebra en junio de 2022, cuando los Miembros acordaron por primera vez emprender un examen integral de las funciones de la OMC para asegurar que la Organización sea capaz de responder con mayor eficacia a los desafíos que enfrenta el sistema multilateral de comercio y a las oportunidades que ofrece. La decisión se adoptó en un período de creciente tensión geopolítica en el comercio, en particular por el ascenso de China y las acusaciones de que Pekín utilizaba subvenciones encubiertas a través de sus empresas estatales, lo que puso al sistema bajo presión. En los últimos 4 años se intentó hacer avanzar las discusiones sobre la Reforma sin mucho éxito. Estos esfuerzos continúan.
No se puede subestimar la necesidad de una reforma. Justamente la semana pasada, en el Foro Público de la OMC, la Dra. Ngozi Okonjo-Iweala, actual directora general, subrayó que las normas comerciales multilaterales se estaban erosionando y socavando, y que era imprescindible adoptar medidas correctivas.

Entre las principales cuestiones que el sistema aborda desde hace tiempo están los llamados problemas de interfaz entre Miembros con sistemas económicos distintos. La escala y el alcance de esos problemas se han disparado, lo que ha generado crecientes tensiones en torno a las condiciones equitativas de competencia.
Algunas de estas perturbaciones reflejan presiones relativamente recientes derivadas de la dinámica macroeconómica de las grandes economías. Otras reflejan carencias en la protección social nacional. Pero una parte importante proviene de la percepción generalizada de que las normas de la OMC no han seguido el ritmo de una economía mundial que cambia con rapidez. Las normas vigentes han tenido dificultades para acompañar los cambios en el poder económico, el auge de la política industrial, el comercio digital y la escalada de las tensiones políticas entre las grandes potencias.
Otro factor es el aumento de la participación de los Miembros en desarrollo en el comercio mundial, que ha transformado de raíz el panorama de la OMC. Los países de ingreso bajo y mediano representaban alrededor del 23 % del comercio mundial cuando se fundó la OMC en 1995. En 2024, esa proporción había subido al 45 %. Su integración en el comercio mundial ha sostenido su crecimiento, desarrollo y convergencia de ingresos. Pero muchos compromisos de la OMC todavía reflejan avances logrados cuando el poder de mercado entre los Miembros estaba distribuido de manera muy distinta. Esto plantea preguntas difíciles sobre la reciprocidad y el trato NMF, los derechos y obligaciones y las flexibilidades en materia de desarrollo.
No obstante, todos los Miembros coinciden oficialmente en que la OMC necesita una reforma y proclaman que esta es una prioridad para ellos. Sin embargo, les ha costado llegar a un acuerdo sobre cómo actualizar las normas de la OMC en cuestiones que van desde la agricultura, los servicios y el desarrollo hasta las preocupaciones en torno a la transparencia, las subvenciones y la seguridad nacional. Y todavía están muy lejos de acordar el contenido y el alcance de los esfuerzos de reforma.
Para estructurar mejor los esfuerzos de Reforma en la OMC, se establecieron cuatro vías o líneas de trabajo para abordar los aspectos más importantes de la reforma, con la designación de “facilitadores” de las discusiones entre los Miembros. Las cuatro áreas son: i) cuestiones fundamentales (incluidas las discusiones sobre algunos principios básicos del SMC, como el trato NMF y la no discriminación), ii) igualdad de condiciones (que abarca aspectos relacionados con las subvenciones industriales, la intervención estatal en industrias clave y las empresas estatales), iii) desarrollo y iv) toma de decisiones (que incluye las conversaciones sobre el principio del consenso). La toma de decisiones encabeza la agenda. La dificultad para tomar decisiones ha sido motivo de frustración para los Miembros a lo largo de las tres décadas de existencia de la OMC. Muchos creen que la causa de fondo del problema es la práctica de adoptar las decisiones por consenso. El Acuerdo de Marrakech, que puede considerarse la constitución de la OMC, prevé la votación cuando no se puede llegar a una decisión por consenso. Pero el temor a que se les impongan nuevas obligaciones ha llevado a los Miembros a insistir en el consenso para todas las decisiones. Lo cierto es que un conjunto diverso de Miembros hace difícil alcanzar el consenso y complica la toma de decisiones. Los bloqueos son frecuentes.
Pero la “Reforma de la OMC” no debe verse como un fin en sí mismo. Debe ser el medio por el cual esta Organización pueda responder mejor a los desafíos actuales y ofrecer resultados significativos para los Miembros y para las personas y empresas que dependen del sistema multilateral de comercio. Una OMC reformada que no produzca resultados sustanciales no estaría a la altura de las expectativas, socavaría su relevancia y agravaría la disfuncionalidad del sistema.
El más reciente Informe sobre el Comercio Mundial 2026 de la OMC (“Una coyuntura crítica para el sistema mundial de comercio”) analiza cómo la economía mundial más abierta e integrada que la OMC ayudó a crear ha generado desafíos para el sistema multilateral de comercio. A medida que el poder económico se ha distribuido más ampliamente, la cooperación basada en normas debe adaptarse a esta economía mundial más integrada, multipolar y diversa.
El Informe concluye que un sistema multilateral de comercio fortalecido podría aumentar el PIB mundial en aproximadamente un 3 %, o 3 billones de dólares, para 2050, mientras que la inacción en la modernización del sistema de comercio podría reducir la producción mundial hasta en un 10 %. Se insta a los Miembros de la OMC a reformar las normas del comercio mundial o arriesgarse a un deslizamiento hacia la fragmentación que podría reducir significativamente la producción económica y golpear con más fuerza a los países más pobres. La división del sistema mundial de comercio en un pequeño número de bloques geopolíticos o en un número mayor de agrupaciones regionales provocaría una reducción significativa de la actividad económica a mediados de este siglo.
El Informe presenta tres escenarios hasta el año 2050, así como estimaciones de los costos y beneficios de cada uno.
En un escenario (el “escenario de mundo geofragmentado”, en el que las disciplinas comerciales multilaterales colapsan y el mundo se divide en bloques económicamente alineados y economías no alineadas), muchos países comerciarían con relativa libertad dentro de bloques geopolíticos probablemente centrados en Estados Unidos y China, pero el comercio entre esos bloques sería limitado. La Secretaría de la OMC estima que esta estructura fragmentada reduciría las exportaciones mundiales en un 18,6 % y la producción económica en un 5,1 % en 2050.
Una vía alternativa (el “escenario de mundo de TLC”, en el que la cooperación mundial en política comercial se rompe y es reemplazada por zonas de libre comercio [TLC], con aranceles fijados de forma no cooperativa para el comercio fuera de esos acuerdos) haría que los flujos de exportaciones e importaciones se concentraran en los tratados de libre comercio, que han proliferado en los últimos años. En ese escenario, las exportaciones serían un 26,9 % más bajas y el producto interno bruto caería un 6,9 %, y los países más pobres sufrirían las mayores pérdidas.
En cambio, en un tercer escenario (el “escenario de mundo de cooperación reforzada”, en el que se preserva y amplía el sistema multilateral de comercio centrado en la OMC, lo que aumenta la integración mundial), la Secretaría de la OMC afirma que un sistema reconfigurado de “cooperación reforzada”, en el que la mayoría de los bienes se comercien entre un número ampliado de países con aranceles más bajos, elevaría las exportaciones mundiales en un 17,9 % y el PIB en un 2,9 % en 2050 (o 3 billones de dólares).
Así, el costo de la inacción en materia de Reforma rondaría hasta el 10 % del PIB mundial. Si el statu quo es insostenible, como creen muchos Miembros, esto ilustra el costo potencial de no reformar. Estas cifras cuentan una historia clara. La OMC sigue siendo una fuerza importante para dar forma al comercio mundial, pero la economía que regula es hoy mucho más integrada, digital, multipolar y compleja que aquella para la que se diseñaron sus normas, y lo que está en juego con la reforma es mayor.
Además, el Informe identifica cuatro grandes desafíos para el SMC: una distribución más amplia del poder económico, la creciente intervención del Estado en las economías, los cambios en la naturaleza del comercio impulsados por la digitalización y las cadenas globales de valor, y el aumento de las fricciones políticas. Si bien un comercio más libre ayudó a impulsar un rápido crecimiento en muchas economías, no ha logrado sacar adelante a los países más pobres y ha perjudicado a los trabajadores fabriles de los países ricos más expuestos a la competencia de bajos salarios. Al mismo tiempo, las rivalidades y las sospechas internacionales se han intensificado, y los gobiernos ponen hoy un mayor énfasis en la seguridad nacional a la hora de definir su política comercial.
El poder económico está más repartido, la producción está más interconectada y las políticas nacionales generan mayores efectos de derrame transfronterizos. Los acuerdos comerciales regionales y las iniciativas plurilaterales podrían fortalecer el sistema multilateral, pero también podrían socavarlo si se convirtieran en bloques en competencia. Sin un marco sólido de la OMC, estos acuerdos corren el riesgo de desviar el comercio hacia socios preferidos en lugar de hacia los productores más eficientes y de alentar a los bloques a levantar barreras frente a terceros.
Las formas en que los gobiernos intervienen en las economías también se han vuelto más variadas y generalizadas, con China y otros países aplicando políticas industriales que muchos de sus socios comerciales consideran subvenciones desleales a empresas que ya son competitivas. Esta controversia refleja uno de los desafíos más amplios que enfrenta la OMC: una proporción creciente del comercio mundial tiene lugar en ámbitos en los que sus normas no han logrado seguir el ritmo.
MTR: ¿Cómo ve el SMC en los próximos años?
WA: Creo que gran parte del comercio mundial seguirá fluyendo en el marco de los compromisos de la OMC cuando no haya cuestiones de gran controversia económica, de seguridad o política. Pero, a menos que se produzca un cambio significativo en la geopolítica de las negociaciones comerciales y un compromiso firme y real con el multilateralismo, el futuro de la OMC serán los “plurilaterales”. Un observador muy influyente del SMC me dijo una vez que no deberíamos hablar del “futuro de la OMC”, sino de la “OMC del futuro”.
La OMC puede ser un espacio para acuerdos plurilaterales mundiales entre países afines, que sinteticen los patrones de política que surgen de los pactos comerciales bilaterales y regionales con enfoques convergentes sobre nuevas cuestiones. Esto dependería de flexibilizar el poder de “veto” de un solo país sobre la creación de plurilaterales reconocidos por la OMC, o de una simple disposición a permitir que la OMC se utilice para la negociación y luego mostrar flexibilidad respecto de la regla NMF en los compromisos asumidos en esos plurilaterales.
Tiene que haber cierta cobertura estratégica frente a una dependencia excesiva de China o de Estados Unidos, además de la necesidad de ensayar nuevas políticas en una economía mundial que adopta la transformación tecnológica como principal motor de crecimiento. Dada la velocidad y la diversidad de las nuevas innovaciones tecnológicas, la gobernanza del comercio mundial dependerá más de principios de derecho indicativo (soft law), como mecanismos internacionales de acoplamiento para conciliar las regulaciones nacionales sobre tecnología y servicios, y de la solución de diferencias en el ámbito nacional.
El futuro del sistema de comercio dependerá de la capacidad de los Miembros para reparar lo que está roto, actualizar lo que está desactualizado, preservar lo que funciona y adaptar la cooperación a los nuevos efectos de derrame de las políticas. La OMC ya enfrentó momentos de tensión, y su historia muestra que el sistema ha perdurado no quedándose quieto, sino renovando las normas, los compromisos y las prácticas mediante los cuales se aplican sus principios fundamentales.
Un último punto para la comunidad empresarial. Las negociaciones comerciales las llevan adelante funcionarios gubernamentales; los acuerdos comerciales los firman, en su mayoría, los ministros de Comercio. Pero los verdaderos beneficiarios (o perdedores) de cualquier acuerdo comercial son los actores económicos, es decir, la comunidad empresarial y los consumidores. Las empresas tienen la responsabilidad de apoyar todos los esfuerzos por rediseñar un nuevo SMC a través de la reforma de la OMC. Imaginen cómo sería un mundo basado únicamente en el poder. ¿Cómo podrían sobrevivir las empresas en un mundo sin normas? ¿Cómo pueden las empresas navegar con seguridad en un mundo de incertidumbre? Mi llamado es a que las empresas presionen a los representantes gubernamentales para que se esfuercen más por encontrar compromisos en las discusiones comerciales en curso y muestren flexibilidad para construir un SMC nuevo, moderno y fortalecido, capaz de brindar estabilidad y previsibilidad en un mundo que cambia rápidamente.
Willy Alfaro fue director de la División de Examen de las Políticas Comerciales de la OMC (2014 a 2023), responsable de la vigilancia y el seguimiento de las políticas comerciales de todos los Miembros de la OMC, del Comité de Acuerdos Comerciales Regionales y del Comité de Restricciones por Balanza de Pagos. Su última misión, antes de jubilarse en agosto de 2024, fue dirigir la elaboración de la Visión y Estrategia 2030 de la Secretaría de la OMC, bajo el liderazgo de la directora general Ngozi Okonjo-Iweala.
Desarrolló una extensa carrera como funcionario público internacional por más de 35 años. Ingresó al GATT en 1989, tras desempeñarse como consultor en el Centro de Comercio Internacional (ITC) y como asistente de docencia en la Universidad de Ginebra. Continuó su labor en la OMC desde su creación en 1995. Durante sus años en el GATT y la OMC trabajó en diversas áreas técnicas y de orientación política, incluidas funciones de gestión. Además de dirigir Visión y Estrategia y la División de Examen de las Políticas Comerciales, fue director de la División de Comercio y Medio Ambiente y de la División de Relaciones Exteriores. También integró el Gabinete de dos directores generales: como consejero del director general Renato Ruggiero (1995 a 1999) y como jefe adjunto de Gabinete del director general Supachai Panitchpakdi (2002 a 2005).
Durante su gestión en la División de Examen de las Políticas Comerciales, supervisó la elaboración de más de 200 exámenes de las políticas comerciales (EPC), que abarcaron a casi todos los Miembros de la OMC, y fue uno de los impulsores del Ejercicio de Vigilancia del Comercio, puesto en marcha en el contexto de la crisis financiera mundial. Como director de la División de Relaciones Exteriores, contribuyó al fortalecimiento de las relaciones institucionales con el sector privado y las ONG, y a la ampliación del Foro Público de la OMC. Fue miembro de varios comités internos de gestión de la OMC, entre ellos como presidente de la Junta Mixta de Apelación.
Es licenciado en Economía y tiene una maestría de posgrado en Econometría por la Universidad de Ginebra. Actualmente se desempeña como consultor independiente en comercio internacional y política comercial, y es profesor invitado habitual en universidades de Europa y América Latina. Tiene nacionalidad suiza y boliviana.




