La guerra en Oriente Medio no solo sacudió los mercados energéticos globales: también reconfiguró el mapa de las grandes rutas comerciales y colocó a Turquía en el centro del tablero. Desde el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva aérea contra Irán, el estrecho de Ormuz quedó prácticamente paralizado. Teherán cerró el paso, lanzó más de veinte ataques confirmados contra embarcaciones mercantes y, según reportes, sembró minas en sus aguas. Por ese angosto canal transitaba, hasta entonces, cerca de la cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y una quinta parte del gas natural licuado. El golpe para los mercados fue inmediato y brutal.
En ese vacío, Ankara encontró su oportunidad.
El eje de la apuesta turca es el llamado Corredor Medio, una ruta terrestre que une China con Europa atravesando el Cáucaso y territorio turco. No es un proyecto nuevo, pero la crisis le otorgó una urgencia que antes no tenía. Según estimaciones del ex primer ministro Binali Yildirim, el traslado de mercancías por esta vía tomaría entre doce y quince días, frente a los cuarenta que demanda el transporte marítimo convencional. El volumen de carga podría escalar de cinco a veinte millones de toneladas anuales. La Unión Europea ya habla de Turquía como un socio de importancia crítica y califica la expansión del corredor como un punto de inflexión para el abastecimiento continental.
La pieza más delicada del rompecabezas es la reapertura de la frontera entre Turquía y Armenia, sellada desde 1993. El cruce de Alican, en el extremo noreste turco, recibió mejoras técnicas recientes, incluida la instalación de sistemas de procesamiento de pasaportes, señal de que la apertura ya no es solo retórica. Si se concreta, habilitaría una ruta terrestre continua desde Turquía hasta Azerbaiyán a través del sur armenio, completando el eslabón que hoy falta en el corredor.
Este tramo es también el corazón de una iniciativa más amplia impulsada por Washington y bautizada como TRIPP, siglas de Camino Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional. El proyecto busca anclar la normalización entre Armenia y Azerbaiyán en un marco económico concreto, convirtiendo la paz en negocio. El Banco Mundial estima que la apertura del Corredor de Zangezur, que conectaría la Armenia continental con el enclave azerbaiyano de Najicheván, podría incrementar el comercio global anual entre cincuenta y cien mil millones de dólares hacia 2027.
La ambición de Ankara va más lejos que las rutas terrestres. El ministro de Energía turco, Alparslan Bayraktar, aprovechó la crisis para lanzar una serie de propuestas: un gasoducto que conecte los campos de Qatar con Europa a través de Turquía, y la reactivación del largo postergado Gasoducto Transcaspiano, que llevaría gas desde Turkmenistán cruzando el mar Caspio hasta Azerbaiyán y luego Europa. Turquía ya cuenta con una base sólida para esa pretensión: por el Bósforo pasan diariamente cerca de tres millones y medio de barriles de petróleo, y el oleoducto Bakú-Ceyhan transporta hasta 1,2 millones de barriles por día hacia el Mediterráneo.
El petróleo iraquí suma otro capítulo a la historia. Expertos del sector señalan que la voluntad política de conectar los campos del sur de Irak con el oleoducto que llega a Ceyhan creció sustancialmente desde el inicio del conflicto. El gobierno de Bagdad necesita ingresos mensuales por petróleo de más de seis mil millones de dólares para sostener su gasto público. Solo en marzo, las pérdidas se estimaron en más de cinco mil quinientos millones. La presión para encontrar rutas alternativas es, por tanto, existencial.
Sin embargo, los analistas enfrían el entusiasmo. Sustituir al estrecho de Ormuz en el corto plazo implica resolver problemas que ninguna declaración política resuelve de un día para otro: la logística fragmentada a través del mar Caspio, las diferencias en el ancho de vía ferroviaria entre los países del corredor y, sobre todo, los riesgos geopolíticos de una ruta que discurre cerca de Irán y de la órbita rusa. El presidente Putin ya advirtió a Armenia sobre el costo de cambiar sus alineamientos comerciales, recordando que la geografía también puede ser una trampa.
El éxito del Corredor Medio dependerá, en última instancia, de cuánto capital político y financiero esté dispuesto a movilizar Washington, y de sí Armenia y Azerbaiyán logran convertir una paz frágil en una asociación económica duradera. Por ahora, Turquía juega sus cartas con la convicción de que las crisis globales, bien aprovechadas, reescriben la geografía del poder.

