La industria farmacéutica global atraviesa uno de sus momentos de mayor tensión estratégica en décadas. Entre 2025 y 2030, las grandes compañías del sector enfrentarán el vencimiento de patentes sobre medicamentos que generan ingresos por más de 171.000 millones de dólares anuales, según estimaciones de Morgan Stanley. Una vez expirada la exclusividad, la entrada de genéricos y biosimilares puede reducir los precios entre un 30 y un 82 por ciento en ocho años, según datos del JAMA Health Forum. En ese contexto de urgencia, las empresas farmacéuticas occidentales han encontrado en China una salida rápida, económica y científicamente sólida para recomponer sus portafolios.
El director ejecutivo de Pfizer, Albert Bourla, advirtió en la Conferencia de Salud de JPMorgan en San Francisco que la compañía perderá entre 17.000 y 18.000 millones de dólares en ingresos a medida que sus principales fármacos pierdan protección entre 2026 y 2028. Bristol Myers Squibb depende del anticoagulante Eliquis, que generará 13.330 millones de dólares en ventas antes de que sus patentes venzan en Japón en 2026 y en Estados Unidos en 2028. Merck enfrenta la misma situación con Keytruda, su fármaco estrella contra el cáncer de pulmón que concentra el 46 por ciento de sus ventas totales, y cuya patente caduca en 2028 simultáneamente en los mercados estadounidense y chino.
China como proveedor estratégico de nuevas moléculas
Ante esa presión, las empresas globales han acelerado su búsqueda de activos de origen chino. Las compañías biotecnológicas chinas representaron el 32 por ciento de los acuerdos de licenciamiento hacia corporaciones multinacionales por valor en el primer semestre de 2025, frente al 21 por ciento registrado en 2024 y 2023, y una cifra de un solo dígito en los años que siguieron a 2011. El valor total de fármacos licenciados a nivel mundial desde China se disparó quince veces hasta alcanzar los 48.000 millones de dólares en 2024, según la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad EEUU–China.
Las ventajas son concretas y cuantificables. Según el banco de inversión Jefferies, los pagos iniciales a compañías chinas son entre un 60 y un 70 por ciento más bajos que los acordados con empresas occidentales, mientras que los plazos de desarrollo desde la validación de una molécula hasta la prueba de concepto clínico se reducen entre un 30 y un 50 por ciento. Esa aceleración se explica por una combinación de menores costos laborales, cadenas de suministro más ágiles y una mayor capacidad para el reclutamiento rápido de pacientes en ensayos clínicos.
Pfizer acordó pagar hasta 2.100 millones de dólares a Yao Pharma, subsidiaria de Fosun Pharma, por un fármaco experimental oral contra la obesidad, obteniendo derechos exclusivos mundiales para su desarrollo y comercialización. Merck, a su vez, ha canalizado 40.000 millones de dólares en adquisiciones, colaboraciones y acuerdos de licencias en los últimos cinco años, incluyendo múltiples operaciones con empresas chinas especializadas en oncología como LaNova Medicines, Hansoh Pharma y Kelun Biotech. En diciembre de 2025, la unidad Shanghai Scizeng Medical de Changchun High-Tech licenció su medicamento tiroideo GenSci098 a la firma estadounidense Yarrow Bioscience en un acuerdo de hasta 1.500 millones de dólares.
El dilema de Washington: seguridad nacional versus acceso a la innovación
La dependencia creciente de activos farmacéuticos de origen chino ha encendido alarmas en el Congreso y en la comunidad de inteligencia de Estados Unidos. Congresistas de ambos partidos han calificado esta tendencia como una vulnerabilidad de seguridad nacional, advirtiendo que el ecosistema biotecnológico chino está profundamente integrado en la estrategia de fusión civil-militar del Partido Comunista. La Ley BIOSECURE, promulgada en diciembre de 2025 como parte de la Ley de Autorización de Defensa Nacional, restringe la contratación federal con empresas biotecnológicas consideradas un riesgo para la seguridad nacional. WuXi AppTec y WuXi Biologics son los nombres más visibles en esa lista, aunque versiones anteriores de la ley que las nombraba explícitamente no lograron incorporarse al texto definitivo del NDAA 2025, tras la oposición de legisladores y de la propia industria biofarmacéutica.
Beijing apuesta al sector como pilar del próximo ciclo de crecimiento
China ha identificado la biofabricación como motor de crecimiento económico dentro de su estrategia de autosuficiencia tecnológica, y el sector ocupa un lugar prominente en el decimoséptimo Plan Quinquenal, que entrará en vigencia entre 2026 y 2030. Con capital de riesgo en retirada dentro del propio país, muchas empresas biotecnológicas chinas han optado por licenciar activos en etapas tempranas a socios internacionales a cambio de liquidez, frecuentemente con pagos iniciales reducidos y mayores pagos por hitos. Ese modelo ha posicionado a las empresas chinas como reformuladoras del sector biofarmacéutico global.
Bourla fue explícito en marzo de 2026 al declarar que el dominio estadounidense en biotecnología está siendo desafiado, por primera vez en décadas, por un competidor: China. Según el índice Nature 2025, ocho de las diez principales instituciones de investigación del mundo son chinas.
Para las grandes farmacéuticas, la lógica es clara: las patentes no negocian, vencen según calendario, y una vez que lo hacen, el poder de fijación de precios rara vez se recupera.

