Durante décadas, la industria tecnológica vivió bajo una regla no escrita: los competidores no colaboran. En el mundo de la inteligencia artificial, esa norma acaba de quebrarse de manera inédita. OpenAI, Anthropic y Google, tres de las empresas que más encarnizadamente disputan el liderazgo global en IA, han comenzado a intercambiar información sensible sobre un enemigo común: la práctica sistemática con la que laboratorios chinos replican sus modelos más avanzados sin autorización.
La cooperación se canaliza a través del Frontier Model Forum, una organización sin fines de lucro fundada en 2023 por estas tres compañías junto a Microsoft. Aunque el foro fue concebido originalmente como un espacio de reflexión sobre los riesgos de la IA, hoy cumple una función inesperada: actuar como sala de guerra compartida frente a lo que la industria denomina destilación adversaria, la técnica mediante la cual un modelo más pequeño aprende a imitar las capacidades de uno avanzado extrayendo sistemáticamente sus respuestas.
La práctica no es nueva ni necesariamente ilegal en todos sus usos. Los propios laboratorios estadounidenses la emplean para desarrollar versiones compactas de sus sistemas, y muchos desarrolladores externos la utilizan con autorización para crear aplicaciones derivadas. El problema, según las empresas afectadas, es otro: cuando actores en países adversarios la aplican a gran escala y sin permiso, el resultado es una copia funcional de un producto patentado construida a una fracción del costo original. Funcionarios estadounidenses estiman que esta modalidad le cuesta a Silicon Valley miles de millones de dólares en ingresos anuales.
El detonante de esta preocupación fue el lanzamiento, en enero de 2025, del modelo R1 de la startup china DeepSeek. Su aparición sorpresiva sacudió los mercados globales y encendió las alarmas en las principales empresas del sector. Semanas después, Microsoft y OpenAI comenzaron a investigar si DeepSeek había extraído indebidamente datos de sus sistemas para construir ese modelo. En febrero de ese mismo año, OpenAI llevó el tema al Congreso estadounidense, acusando formalmente a DeepSeek de recurrir a técnicas de destilación cada vez más sofisticadas para desarrollar nuevas versiones de su chatbot, y señalando que la empresa china buscaba aprovechar capacidades desarrolladas por laboratorios estadounidenses sin incurrir en los costos que ello implica.
La preocupación no es solo económica. Anthropic, que el año pasado bloqueó el acceso a su modelo Claude por parte de empresas vinculadas a China, identificó en febrero a tres laboratorios chinos que extraían capacidades de sus sistemas. Este año, la compañía fue más lejos en su diagnóstico: advirtió que la amenaza trasciende a cualquier empresa o región y representa un riesgo para la seguridad nacional. El argumento es técnico pero con consecuencias concretas: los modelos obtenidos por destilación tienden a carecer de los filtros de seguridad incorporados en los originales, lo que los hace más susceptibles de ser utilizados para fines maliciosos, incluyendo la generación de información sobre armas biológicas u otras amenazas.
Google, por su parte, publicó recientemente en su blog que ha detectado un aumento sostenido en los intentos de extracción de modelos, aunque ninguna de las tres empresas ha presentado pruebas definitivas sobre hasta qué punto la innovación china en IA depende de esta práctica. Lo que sí pueden medir, según señalan, es el volumen de solicitudes masivas de datos a sus sistemas, un indicador que asocian directamente con operaciones de destilación a escala.
El intercambio de información entre estas compañías sigue un modelo que el sector de la ciberseguridad lleva años aplicando: compartir datos sobre ataques, técnicas y autores para fortalecer las defensas colectivas. Sin embargo, en el caso de la IA, la colaboración enfrenta un obstáculo legal delicado. Las empresas involucradas reconocen no tener plena claridad sobre qué información pueden compartir sin infringir las normas antimonopolio vigentes, y señalan que necesitan una definición más precisa por parte del gobierno federal sobre los límites de esta cooperación.
En ese sentido, la Casa Blanca ha dado señales de apertura. El Plan de Acción de Inteligencia Artificial presentado por la administración Trump contempla la creación de un centro de análisis e intercambio de información orientado, en parte, a combatir exactamente este tipo de amenaza. Por ahora, sin embargo, la colaboración entre rivales históricos avanza con cautela, consciente de que camina por un terreno legal aún sin despejar.
Lo que hace pocas semanas parecía impensable, hoy es una realidad discreta pero operativa: tres empresas que compiten por el mismo mercado, los mismos talentos y los mismos clientes comparten inteligencia para enfrentar un desafío que ninguna puede resolver sola.

