América Latina acumula patentes ajenas y apenas genera las propias 

Un informe de la CEPAL y la Oficina Europea de Patentes concluye que la propiedad intelectual sólo genera valor cuando forma parte de una política productiva más amplia.
26/05/2026
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América Latina genera pocas patentes
América Latina genera pocas patentes

América Latina lleva décadas discutiendo propiedad intelectual como si fuera una política en sí misma. Los gobiernos firman tratados, crean oficinas de patentes, reforman marcos normativos y celebran cada solicitud registrada como un signo de modernización. Un nuevo informe elaborado por la CEPAL y la Oficina Europea de Patentes viene a corregir ese error de diagnóstico: las patentes, las marcas y los diseños industriales no producen desarrollo por sí solos. Solo lo hacen cuando están integrados a políticas productivas de fondo, cuando existe un ecosistema que convierte el conocimiento registrado en producción real, en empleo calificado, en exportaciones con valor agregado.

El estudio —titulado Harnessing Intellectual Property for Development— analiza nueve economías de la región: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, México, Perú y Uruguay. Los números son elocuentes y, al mismo tiempo, incómodos. Las industrias manufactureras intensivas en propiedad intelectual generan el 12,4% del empleo formal del sector, el 13% del valor agregado y pagan salarios un 32% superiores al promedio. Son, en ese sentido, islas de productividad dentro de estructuras económicas que no logran replicar su desempeño. Pero hay un contrapunto que define el problema central: más del 85% de las solicitudes de patentes en la región provienen del exterior. Esas mismas industrias explican apenas el 9% de las exportaciones totales. La región innova poco, y lo poco que innova no lo retiene.

Detrás de esos porcentajes hay una dinámica que el informe describe con precisión: América Latina es, en gran medida, usuaria pasiva de propiedad intelectual generada en otros países. Las empresas locales pagan licencias, importan tecnología incorporada en maquinaria y procesos, y operan bajo marcas que no controlan. Ese flujo tiene un costo directo en la balanza de pagos tecnológica y uno indirecto, más difícil de cuantificar: la dependencia estructural respecto de los ciclos de innovación que ocurren en otras latitudes.

El diagnóstico de fondo es estructural. La inversión en investigación y desarrollo sigue siendo baja —la región destina en promedio apenas el 0,7% del PIB a I+D, frente al 2,5% de los países de la OCDE—, se financia principalmente con fondos públicos y se ejecuta en el ámbito académico, lejos del sector privado. Las universidades producen conocimiento que rara vez encuentra el camino hacia la industria. Faltan capacidades de comercialización, mecanismos de transferencia tecnológica y vínculos reales entre centros de investigación y empresas. Sin esa cadena, una patente es un registro administrativo, no un motor de crecimiento. El saber queda archivado.

El informe también identifica fallas en el financiamiento. Las pequeñas y medianas empresas —que en muchos países de la región representan más del 90% del tejido productivo— tienen acceso limitado a capital paciente, es decir, a fondos dispuestos a esperar los tiempos propios de la innovación. Los instrumentos de capital de riesgo son escasos, el crédito bancario es caro y los fondos públicos de fomento tecnológico llegan tarde o en montos insuficientes. Sin financiamiento adecuado, incluso las empresas con capacidad innovadora no pueden sostener procesos de desarrollo de largo plazo ni defender sus activos intangibles.

La conclusión del informe es directa: la política de propiedad intelectual no puede funcionar de forma aislada. Sus beneficios se maximizan cuando está respaldada por acceso a financiamiento escalable, vínculos profundos entre academia e industria, marcos regulatorios que faciliten la transferencia tecnológica y políticas orientadas a transformar la estructura productiva. Dicho de otro modo: las patentes son el resultado de un ecosistema, no su causa. Construir ese ecosistema requiere una apuesta de largo plazo que trasciende los períodos electorales y los presupuestos de los organismos sectoriales.
La pregunta que queda abierta es si los gobiernos de la región están dispuestos a encarar esa transformación. La historia reciente no invita al optimismo: los planes de desarrollo productivo se interrumpen con cada cambio de gobierno, los presupuestos de ciencia y tecnología son los primeros en ajustarse ante la restricción fiscal, y la integración regional —que podría escalar las capacidades de innovación— avanza con lentitud. Apostar a los instrumentos sin construir el ecosistema que les da sentido no es solo ineficiente. Es también una forma de posponer indefinidamente el problema.

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