Donald Trump volvió a agitar el tablero diplomático global al advertir que retrasaría un mes su viaje a Pekín —previsto para el 31 de marzo al 2 de abril. A su vez su declaración, formulada en una entrevista con el Financial Times el domingo, echó por la borda semanas de trabajo preparatorio destinado a consolidar el primer gran reencuentro entre ambas potencias desde el armisticio comercial alcanzado en Busan el pasado octubre.
«Es completamente apropiado que quienes se benefician del estrecho contribuyan a garantizar que nada malo ocurra allí», señaló Trump, subrayando que el 90% del petróleo importado por China proviene de Oriente Medio. El mandatario fue más lejos y descartó que el tema pudiera aguardar hasta después de la reunión: llegar a Pekín sin una respuesta previa de Pekín, sugirió, llegaría demasiado tarde.
La Casa Blanca no tardó en matizar el golpe. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien se encontraba en París negociando con su contraparte china, He Lifeng, aclaró que la reprogramación obedece a razones logísticas —en particular, la posibilidad de que Trump prefiera permanecer en Washington para coordinar el esfuerzo bélico en Irán—.
El episodio expone la fragilidad del proceso de distensión que ambos gobiernos vienen construyendo con sigilo desde el acuerdo comercial de octubre de 2025, cuando Trump y Xi pactaron una tregua de doce meses que frenó la espiral arancelaria de tres dígitos. En París, Bessent y el representante comercial Jamieson Greer afinaban con los enviados chinos un menú de acuerdos en agricultura, minerales críticos y comercio administrado que debía servir de base para la cumbre. La irrupción de la guerra de Irán —y la presión de Trump para que Pekín envíe buques de guerra al Golfo— complica ahora ese andamiaje.
Analistas señalan que el retraso podría, paradójicamente, favorecer a China. Pekín había solicitado inicialmente que la cumbre se celebrara a finales de abril, para dar más tiempo a las delegaciones técnicas. Trump fue quien insistió en la fecha original de fin de marzo. Ahora, con el aplazamiento por unos 30 dias, el presidente norteamericano parecería concederle a Xi el margen que su equipo pidió desde el principio —aunque enmarcado como presión, no como concesión.
No es la primera vez que Trump recurre a esta táctica. Semanas antes de la cita de Busan, el mandatario también amenazó con cancelarla si China no cedía en aranceles. La reunión finalmente se realizó y produjo la tregua comercial que hoy está en vigor. Esa historia de elevación dramática seguida de distensión táctica lleva a varios observadores a descartar que la actual amenaza sea definitiva, aunque reconocen que el contexto de guerra en Irán añade variables genuinamente impredecibles.
La visita a China representaría la primera de un presidente estadounidense desde el propio Trump en 2017. Para Xi, el encuentro es igualmente estratégico: necesita estabilidad financiera y diplomática en un momento en que la guerra en Oriente Medio sacude el suministro de energía del que depende la economía china. La postura oficial de Pekín frente a la guerra de EEUU e Israel contra Irán ha sido de oposición velada, lo que complica cualquier coordinación abierta sobre Ormuz.

