En una entrevista con Tucker Carlson durante la campaña presidencial de 2024, Donald Trump presumió de que lograría lo que ningún líder occidental había conseguido: separar a China de Rusia. «Lo que nunca quieres que ocurra es que Rusia y China se unan», afirmó. «Voy a desunirlos». Un año y medio después de su regreso a la Casa Blanca, el resultado es exactamente el contrario. Las decisiones de su administración —los aranceles masivos contra China, el acercamiento unilateral a Moscú sobre Ucrania y la campaña militar en Irán— están empujando a Pekín y Moscú hacia una convergencia más profunda de la que existía cuando Trump asumió el poder.
La lógica de fondo no es nueva. Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie Rusia-Eurasia en Berlín y uno de los analistas más reputados de la relación sino-rusa, lleva años identificando tres pilares estructurales que empujan a ambas potencias a cooperar: la estabilidad en su extensa frontera común de más de cuatro mil kilómetros, la complementariedad de sus economías, y la convergencia de sus modelos de gobernanza autoritaria. Lo novedoso es la aceleración que están experimentando esos vínculos bajo el impacto de las políticas de Washington.
El eje energético es el más visible. Desde la invasión rusa a Ucrania en 2022 y el posterior aislamiento de Moscú del mercado europeo, China se ha convertido en el comprador estratégico de los hidrocarburos rusos. En 2024, China importó más de cien millones de toneladas de crudo ruso, cerca de una quinta parte del total de sus importaciones de petróleo. Este flujo le garantiza a Pekín acceso a energía con descuento respecto de los precios del Golfo Pérsico, mientras que para Moscú representa el oxígeno financiero que sostiene su economía de guerra. El comercio bilateral, aunque registró una ligera contracción del 6,9% en 2025 —la primera caída desde la pandemia—, se mantiene en torno a los 228.000 millones de dólares anuales. Más del 95% de esas transacciones se liquida hoy en rublos y yuanes, en un proceso de desdolarización que avanza de forma sostenida.
La estrategia comercial de Trump amplifica esta dinámica. Las amenazas de imponer aranceles del 500% a los países que sigan comprando crudo ruso —incluyendo a China, India y Brasil— no han logrado disuadir a Pekín, que considera esas importaciones una cuestión de seguridad energética, no de preferencia política. Lo que sí consiguen es reforzar el discurso compartido entre Moscú y Pekín sobre el unilateralismo estadounidense y la necesidad de construir arquitecturas financieras y comerciales alternativas al orden liderado por Washington. Para China, la presión arancelaria de Trump tiene un efecto adicional: incentiva a Pekín a profundizar precisamente la diversificación energética y comercial que Washington intenta frenar.
El factor iraní agrega una nueva capa de complejidad. Los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán desde finales de febrero de 2026 pusieron en jaque alrededor del 13% del suministro de crudo offshore de China, que proviene de Teherán. Para Xi Jinping, esto no es un asunto abstracto de política exterior: es un problema de seguridad energética de primer orden. El resultado previsible es que Pekín intensifique sus compras de crudo ruso como cobertura ante la eventual interrupción de los flujos iraníes, profundizando aún más la dependencia estructural de China respecto de Moscú como proveedor de energía.
En el plano diplomático, la gestión de Trump sobre la guerra en Ucrania produjo un efecto paradójico. Al aproximarse a Putin de forma unilateral —sin consultar a los aliados europeos ni a Kyiv—, Washington envió a Pekín una señal inequívoca: el orden multilateral que China critica desde hace años puede ser ignorado incluso por su principal garante. Lejos de interpretar ese acercamiento ruso-estadounidense como una amenaza, Pekín lo procesó como una confirmación de su propia lectura del mundo: un sistema internacional en transición, donde el poder se ejerce de forma bilateral y transaccional, no a través de instituciones y normas. En ese mundo, una Rusia menos aislada es también una Rusia con mayor capacidad de sostener su asociación con China desde una posición menos desesperada.
A diferencia del triángulo estratégico de la Guerra Fría, la relación sino-rusa contemporánea no descansa sólo en intereses geopolíticos pasajeros. Está anclada en una interdependencia económica real, en cadenas de valor que van desde componentes electrónicos y tecnología hasta energía y armamento, y en una alineación política que ningún movimiento de Washington puede deshacer sin que el propio Trump ofrezca a China algo de un valor equivalente.
El 4 de febrero de 2026, Xi Jinping y Vladimir Putin celebraron una reunión virtual en la que el líder chino subrayó la necesidad de que ambos países trabajen juntos para mantener la estabilidad estratégica global en un momento de creciente turbulencia internacional. Esa formulación es diplomática, pero su mensaje es preciso: frente a un mundo sacudido por el unilateralismo de Washington, Pekín y Moscú se reafirman mutuamente como anclas de un orden alternativo. La ironía mayor es que Trump, quien prometió separar a China de Rusia, se ha convertido en el catalizador más eficaz de esa convergencia.

