Cada cuatro años, el mundo detiene lo que sea que esté haciendo para ver un partido de fútbol. Pero mientras millones se congregan frente a una pantalla, en las trastiendas de la economía global comienza una operación logística que, si no se ejecuta con precisión, puede traducirse en estantes vacíos, cuellos de botella en los puertos y márgenes rotos.
El Mundial no es solo un evento deportivo. Es un shock de demanda programada, predecible en el tiempo pero impredecible en la geografía de sus efectos.
La incertidumbre del éxito local
La presión sobre la cadena de suministro comienza, como mínimo, dieciocho meses antes del pitazo inicial. Fabricantes de pantallas, cervezas, camisetas y dispositivos de streaming saben que el torneo genera picos sin parangón en el calendario comercial. Pero tienen una variable que ningún modelo puede resolver: el resultado deportivo.
La demanda de productos licenciados puede multiplicarse por seis si el equipo local avanza a semifinales. En un escenario de eliminación temprana, esas mismas unidades se convierten en exceso de stock que presiona los márgenes durante meses. Esto obliga a trabajar con escenarios múltiples, acuerdos de flexibilidad con proveedores y estrategias de salida para el inventario sobrante.
2026: un mapa de consumo fragmentado
El Mundial 2026 agrega una capa inédita de complejidad: tres países sede, dieciséis ciudades y 48 selecciones. Desde el punto de vista logístico, esto implica un mapa de consumo fragmentado que ninguna estrategia centralizada puede cubrir eficientemente. Los ciclos de reposición deben ajustarse al calendario de partidos por ciudad, y la movilidad turística entre sedes genera efectos de demanda que desbordan las fronteras de cada mercado local.
Cuatro presiones sobre la cadena
Las ventanas de producción de artículos oficiales son cortas porque las licencias no se activan hasta que la FIFA confirma diseños y clasificaciones.
El transporte marítimo ya enfrenta reservas anticipadas de retailers que aprendieron la lección post-pandemia. La última milla se complica en las ciudades sede por restricciones de tránsito en días de partido. Y la gestión del exceso post-torneo —tan importante como abastecer— suele ser la gran olvidada de la planeación.
Los datos como árbitro
Las plataformas de demand sensing que integran redes sociales, motores de búsqueda y ventas en tiempo real permiten ajustar pronósticos semana a semana según avanza el torneo. Si una selección inesperada empieza a ganar, la señal de demanda puede convertirse en órdenes de reposición en horas. Quienes aún operan con modelos estáticos basados en históricos juegan con desventaja estructural.
El Mundial como espejo
La capacidad de gestionar el impacto del Mundial en la cadena de suministro es un indicador de madurez operativa. Las organizaciones que logran balancear velocidad de respuesta, disciplina de inventario y colaboración con proveedores en un evento de esta magnitud, son las mismas que enfrentan mejor cualquier otra disrupción.
El Mundial no crea las debilidades de la cadena de suministro. Las expone.