Pocas economías mundiales presentan una especialización exportadora tan pronunciada como Nueva Zelanda. El país oceánico ha construido su prosperidad sobre un producto aparentemente cotidiano: la leche. Hoy es el mayor exportador de lácteos del planeta, y su modelo productivo no tiene parangón en el mundo desarrollado.
La clave está en la geografía. El clima templado y húmedo de Nueva Zelanda permite el pastoreo durante los doce meses del año, lo que mantiene los costes de producción extraordinariamente bajos. El resultado es una industria de escala inusitada para un país de apenas 5 millones de habitantes: 10 millones de cabezas de ganado vacuno, 10.500 granjas y una producción anual de 21 millones de toneladas de leche. En términos de densidad ganadera, solo Uruguay supera estas cifras, con casi cuatro vacas por ciudadano.
Lo verdaderamente singular del modelo neozelandés, sin embargo, no es lo que produce sino lo que hace con esa producción. El 95% de la leche generada en el país se destina a mercados internacionales, una proporción excepcional para cualquier bien de consumo básico. El «oro blanco», en especial la leche en polvo, la manteca y los quesos, se ha convertido en el pilar más sólido de la balanza comercial del país. Durante el último ejercicio, las exportaciones lácteas superaron los 26.000 millones de dólares neozelandeses, un crecimiento interanual de algo más del 7%, impulsado por la recuperación de precios globales y la mayor demanda de productos de valor agregado. Solo con manteca y leche en polvo, Nueva Zelanda controla el 25% del mercado internacional, categorías que representan el 70% de sus exportaciones totales.
Fonterra, el gigante que mueve el sector
Detrás de esta maquinaria exportadora hay una sola gran palanca: Fonterra. La cooperativa, fundada en el año 2000, centraliza el 80% de la producción nacional y canaliza casi la totalidad de las exportaciones del sector. Con 19.000 millones de litros de leche procesados en la campaña 2024/2025 y 29 plantas repartidas por todo el territorio, Fonterra es la principal multinacional del país y destina el 90% de su facturación a los mercados exteriores. Su fortaleza quedó confirmada recientemente cuando elevó sus previsiones de precio para la leche y anunció un dividendo especial apoyado en los favorables precios globales y en la solidez de una industria ya madura.
La competitividad de Nueva Zelanda frente a productores como Estados Unidos o la Unión Europea se apoya precisamente en esta concentración industrial y en sus bajos costos de materia prima. Según el Observatorio Lácteo Europeo, el precio medio pagado al productor en Nueva Zelanda fue en septiembre pasado de 38,3 céntimos por litro, frente a los 49,6 céntimos de media en la UE, una diferencia de más de diez céntimos que explica buena parte de su ventaja competitiva en los mercados internacionales.
Esa ventaja se ha visto además reforzada por la firma del Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea, en vigor desde mayo de 2024, que amplió las cuotas de importación europea hasta 90.000 toneladas de manteca y 35.000 toneladas de queso procedentes del país oceánico.
El costo medioambiental del éxito
El reverso de este modelo es su impacto ambiental. Con 10 millones de vacas y más de 25 millones de ovejas, las emisiones de metano procedentes de la ganadería representan casi la mitad de las emisiones totales del país. Hace tres años, el Gobierno diseñó un plan pionero que incluía una tasa específica sobre las emisiones agrícolas; su segunda versión, publicada en diciembre de 2024, preveía su entrada en vigor en 2026. Sin embargo, a finales de ese año el Ejecutivo dio marcha atrás y pospuso la medida hasta 2030.