México logra, por ahora, sortear el golpe de la última ofensiva arancelaria de Washington. El gravamen global del 10% impuesto por el presidente Donald Trump —en respuesta al revés judicial del Tribunal Supremo a su ambicioso esquema de aranceles recíprocos— entró en vigor esta semana, pero México y Canadá quedaron, al menos de momento, fuera de su alcance.
El escudo es el Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC), el acuerdo de libre comercio que regula las relaciones comerciales entre los tres socios norteamericanos desde el año 2020. Mientras el resto del mundo enfrenta el nuevo gravamen, México mantiene sus condiciones de acceso preferencial al mercado estadounidense, lo que le permite exportar tomate, automóviles, electrónica y cientos de productos más sin los sobrecostos que golpearán a sus competidores globales. Para una economía cuyo comercio exterior depende en más de un 80% del mercado estadounidense, esa diferencia no es menor.
La ventaja, sin embargo, no es incondicional. Productos como el acero, el aluminio y los automóviles ya enfrentan aranceles sectoriales que Washington impuso en meses anteriores al margen del TMEC, lo que revela los límites del blindaje que ofrece el tratado cuando la Casa Blanca decide actuar por otras vías. México ha navegado esa tensión con una mezcla de pragmatismo diplomático y contención política, evitando represalias abiertas que pudieran escalar el conflicto.
El momento más delicado, no obstante, está por llegar. El TMEC deberá someterse a su revisión obligatoria en julio próximo, un proceso que se perfila como uno de los episodios de mayor tensión comercial entre ambos países en años recientes. Washington ya ha adelantado que buscará endurecer las reglas de origen en sectores clave, limitar la participación de empresas con vínculos con China y revisar las condiciones laborales en la industria manufacturera mexicana. La negociación pondrá a prueba la solidez del acuerdo y la capacidad de México para defender las condiciones que hoy le dan ventaja frente a economías que ya perdieron terreno.
Por lo pronto, mientras los mercados mundiales digieren el impacto del nuevo arancel, México respira con relativa calma. Pero julio se acerca, y con él, la verdadera prueba.