Miles de toneladas de cerezas chilenas todos los años emprenden un viaje de casi diecinueve mil kilómetros hasta los supermercados de Pekín. Lo que el consumidor chino ve al final —frutos rojos, brillantes, perfectos dentro de sus envases transparentes— no revela nada de la operación que lo hace posible. Solo entre la última temporada registrada, las importaciones chinas de cerezas frescas crecieron un 44% interanual, superando las 550.000 toneladas. El 98% de esa fruta salió de Valparaíso, en el extremo sur del continente americano, a bordo de servicios especializados, que lograron reducir el tiempo de tránsito a veintiún días con más de treinta y dos escalas directas planificadas para esta temporada.
A su vez, México domina el mercado global de aguacates con más del 40% de las exportaciones mundiales, Perú lidera en arándanos y uvas, y la región en su conjunto generó 160.000 millones de dólares en ventas globales de alimentos frescos durante el mismo año. América Latina se consolidó, silenciosamente, como una potencia agroexportadora cuya influencia se siente desde Rotterdam hasta Seúl.
Ese dinamismo tiene un costo que no aparece en las cifras de exportación: la complejidad logística de mover productos que se deterioran con el tiempo, que exigen temperatura controlada, documentación exacta y coordinación permanente entre decenas de actores a lo largo de una cadena que cruza océanos, puertos, fronteras y sistemas regulatorios distintos.
La trazabilidad es uno de los puntos más sensibles de toda la cadena. No se trata solo de saber dónde está un contenedor en un momento dado, sino de garantizar que cada eslabón —desde el productor hasta el distribuidor final— opere con información compartida y en tiempo real. Eso requiere una integración profunda con los proveedores y, con frecuencia, la combinación de distintos modos de transporte: una carga puede llegar al puerto en barco y necesitar ferrocarril o camión para llegar a destino. La coordinación entre esos sistemas, que suelen operar con tecnologías y protocolos distintos, es uno de los mayores desafíos del sector. Un error mínimo en la documentación —un dato incorrecto, una fecha mal registrada— puede inmovilizar un contenedor en puerto durante días, con consecuencias irreversibles para la carga.
A eso se suma la dimensión ambiental. El transporte marítimo es significativamente menos contaminante que el terrestre, dado que permite consolidar grandes volúmenes en un solo trayecto. Pero la sustentabilidad no puede desplazar la función esencial de estos sistemas: muchos países dependen de la importación de alimentos frescos para cubrir necesidades básicas de su población, lo que convierte a esta logística en infraestructura crítica, no en comercio de lujo.
La analítica de datos cobra un rol cada vez más estratégico que va más allá del seguimiento de envíos. Las plataformas más avanzadas del sector permiten a los importadores ver en tiempo real los volúmenes que ya ingresaron a un mercado, los precios vigentes y los niveles de saturación. Un comprador que adquiere sin esa información puede terminar en un mercado saturado y asumir pérdidas que se propagan por toda la cadena de valor. Anticipar esos escenarios, y no sólo reaccionar ante ellos, es lo que distingue hoy a los operadores más competitivos.

