Las multinacionales estadounidenses blindan el T-MEC desde México

La red de intereses empresariales tejida durante años en territorio mexicano se convierte en el contrapeso.
28/01/2026
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En los pasillos de poder de Washington, una batalla silenciosa define el futuro económico de América del Norte. Mientras Donald Trump retoma su discurso contra los acuerdos comerciales multilaterales, un ejército inesperado se moviliza para defender el T-MEC: los CEO’s y directores de las principales corporaciones estadounidenses que han apostado miles de millones de dólares al sur del Río Bravo.

La ironía es notable. México, históricamente vulnerable en las negociaciones con su vecino del norte, encuentra ahora su mejor carta de negociación en las decisiones estratégicas que tomaron empresas como General Motors, Ford, Intel y Boeing. Estas compañías no solo tienen presencia en México; han reconfigurado sus modelos de negocio completos alrededor de la integración norteamericana que el T-MEC garantiza.

«Desmantelar este tratado sería como pedirle a un cirujano que opere a corazón abierto con las luces apagadas», explica Robert Harrison, analista de comercio internacional en el Wilson Center. «Las cadenas de valor están tan entrelazadas que separar qué es mexicano y qué es estadounidense en un automóbil o un avión es prácticamente imposible».

La transformación es evidente en ciudades como Monterrey, Querétaro y Guadalajara, convertidas en hubs tecnológicos e industriales donde conviven plantas de Tesla, centros de diseño de Amazon y laboratorios de desarrollo de software de Microsoft. Cada dólar invertido en estas operaciones representa un argumento vivo contra cualquier retroceso en la integración comercial.

El momento político no podría ser más delicado. La cláusula de revisión del T-MEC, programada para julio de 2026, abre una ventana que Trump podría aprovechar para renegociar términos o presionar por concesiones. Pero esta vez, el contexto es radicalmente diferente al de 2017, cuando inició la renegociación del NAFTA. China se ha consolidado como la principal amenaza económica para Estados Unidos, y el nearshoring—traer producción más cerca de casa—dejó de ser una opción para convertirse en imperativo de seguridad nacional.

Las cifras del reshoring son contundentes. En 2024, México superó a China como principal socio comercial de Estados Unidos, con un intercambio que superó los 800,000 millones de dólares anuales. Más revelador aún: el 40% de las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos contienen insumos estadounidenses, evidenciando una integración que va mucho más allá del ensamblaje simple.

Esta realidad no ha pasado desapercibida para el lobby empresarial norteamericano. La Cámara de Comercio de Estados Unidos, la Asociación Nacional de Manufactureros y grupos sectoriales específicos han intensificado sus contactos tanto con el gobierno mexicano como con el Congreso estadounidense. Su mensaje es uniforme: tocar el T-MEC es tocar la competitividad de Estados Unidos.

«No estamos hablando de empleos que se fueron a México y ya. Estamos hablando de empleos en Michigan, Texas y California que existen porque hay componentes que se fabrican eficientemente en Puebla o Guanajuato», señala María Fernanda Cortés, directora de análisis económico en el COMEXI. «Es un ecosistema, no una competencia de suma cero».

Para la presidenta Claudia Sheinbaum, esta constelación de intereses representa tanto una oportunidad como un desafío. La oportunidad radica en tener aliados poderosos que pueden influir en el proceso político estadounidense. El desafío consiste en no aparecer como dependiente de esos intereses, manteniendo una postura soberana que satisfaga tanto a la opinión pública nacional como a los requerimientos de una negociación compleja.

Los temas espinosos no han desaparecido. Trump ha señalado su intención de endurecer las reglas de origen automotriz, presionar por mayores estándares laborales verificables y revisar las cláusulas energéticas que su administración considera ventajosas para México. Cada uno de estos puntos tiene potencial para generar fricciones significativas.

Pero aquí es donde el factor empresarial se vuelve decisivo. Modificar sustancialmente las reglas de origen implicaría rediseñar líneas de producción que costaron miles de millones establecer. 

Los lobbistas corporativos lo saben y están preparados para convertir cada ajuste propuesto en un cálculo de empleos perdidos en distritos congresionales específicos, inversiones paralizadas en estados clave y ventajas cedidas a competidores chinos. Es un lenguaje que Washington entiende perfectamente.
El escenario que se perfila para los próximos meses es el de una negociación de alta tensión donde México, por primera vez en décadas, no enfrenta solo a Estados Unidos sino que cuenta con sectores enteros de la economía estadounidense defendiendo posiciones que coinciden con los intereses mexicanos. No se trata de una alianza sentimental o ideológica, sino de una convergencia práctica de intereses económicos que el nearshoring ha consolidado.

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