El Estrecho de Ormuz es un pasaje de apenas 33 kilómetros de ancho, enclavado entre Irán y Omán, por el que en 2025 transitaron cerca de 20 millones de barriles de petróleo por día, equivalentes a aproximadamente el 20% del consumo mundial de hidrocarburos líquidos. Durante mucho tiempo, esa dependencia fue aceptada como un dato estructural del sistema energético internacional. Hoy, con el estrecho sometido a una presión sin precedentes, ese cálculo está siendo cuestionado con urgencia.
La pregunta que recorre las mesas de los ministerios de energía y las salas de operaciones de los grandes traders es siempre la misma: ¿cuánto petróleo puede salir del Golfo Pérsico sin pasar por Ormuz? La respuesta, según los datos más recientes, es decepcionante. Solo Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con oleoductos operativos capaces de redirigir flujos para sortear el estrecho, con una capacidad disponible estimada entre 3,5 y 5,5 millones de barriles por día. Frente a los 20 millones que normalmente circulan por el canal, la brecha es enorme.
La ruta alternativa más potente es el oleoducto Este-Oeste saudí, conocido como Petroline. Construido tras los ataques a buques tanqueros durante la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980, el sistema conecta los principales campos petroleros de la Provincia Oriental saudí con el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo, y puede transportar entre cinco y siete millones de barriles diarios. En condiciones normales, la infraestructura operaba muy por debajo de su capacidad. En enero y febrero de 2026, el flujo promedio rondaba los 770.000 barriles diarios. Ante la escalada de tensiones, ese volumen saltó a 2,9 millones de barriles por día.
Pero Petroline no es suficiente por sí solo. Yanbu no fue diseñado para ser el principal hub de exportación saudí, y su infraestructura y capacidad de carga de buques tanqueros probablemente limiten el rendimiento real, advierten los analistas. A eso se suma otro riesgo que suele pasarse por alto: los oleoductos son blancos terrestres de alto valor, estáticos y vulnerables a ataques con misiles y drones. En 2019, drones hutíes ya atacaron estaciones de bombeo del propio Petroline, forzando un cierre temporal de la infraestructura construida precisamente para evitar el estrecho.
Los Emiratos Árabes Unidos operan la segunda alternativa relevante: el oleoducto Abu Dhabi-Fujairah, que transporta crudo desde los campos onshore de Habshan hasta el puerto de Fujairah, en el Mar de Arabia. Las cargas desde Fujairah promediaron alrededor de 1,1 millones de barriles diarios en 2025 y se mantuvieron por encima del millón en lo que va de 2026. Su capacidad, sin embargo, es limitada: los Emiratos ya lo utilizan como ruta de exportación habitual para eludir los costos de seguridad del estrecho, lo que deja poco margen de capacidad adicional disponible.
Irán, por su parte, tenía en el oleoducto Goreh-Jask su propia apuesta para reducir la dependencia del estrecho. Inaugurado en 2021, el oleoducto permite exportar crudo directamente al Golfo de Omán, evitando Ormuz. Sin embargo, desafíos operativos y políticos han limitado su capacidad a apenas 300.000 barriles, y desde septiembre de 2024 Irán no lo ha utilizado.
Iraq, el otro gran exportador del Golfo, carece de alternativas viables. Sus campos del sur, que producen la mayor parte del crudo exportable del país, no tienen conexión terrestre significativa con el oleoducto Kirkuk-Ceyhan que llega al Mediterráneo a través de Turquía, lo que ha forzado un virtual cierre de la producción en la región de Basra.
El panorama del gas natural licuado es igualmente preocupante. Una clausura del estrecho también tendría consecuencias mayúsculas para el comercio global de GNL, ya que quedarían varadas las exportaciones de Qatar y los Emiratos, que juntos representan casi el 20% de las exportaciones mundiales de gas licuado.
Los números hablan por sí solos. Incluso si todos los oleoductos alternativos operaran a plena capacidad, su volumen combinado estaría muy por debajo de los 20 millones de barriles diarios que normalmente transitan el estrecho. La arquitectura energética global fue diseñada asumiendo que Ormuz siempre estaría abierto. Esa premisa acaba de quedar en entredicho.
Lo que la crisis deja al descubierto no es solo una vulnerabilidad geopolítica puntual, sino décadas de subinversión en redundancia. Los proyectos que podrían haber cambiado la ecuación —nuevas redes de oleoductos, corredores multimodales, terminales de exportación alternativas— fueron postergados cuando el petróleo fluía sin interrupciones. Ahora, con el estrecho en crisis, los Estados del Golfo estudian con urgencia la expansión de su infraestructura de bypass, incluyendo rutas que conecten la península arábiga con el Mediterráneo a través de redes combinadas de oleoductos, ferrovías y carreteras.

