El conflicto entre Estados Unidos e Irán, amenaza con desencadenar consecuencias que van mucho más allá de la economía global. En el centro de la tormenta se encuentra un recurso tan elemental como el agua potable, y con ella, la infraestructura tecnológica que sostiene la inteligencia artificial en una de las regiones con mayor proyección digital del planeta.
Irán arrastraba ya desde noviembre una severa alerta hídrica en Teherán. Los embalses que abastecen a cerca de 9 millones de habitantes estaban al borde del llamado Día Cero, un punto de no retorno que el propio presidente Masoud Pezeshkian llegó a anticipar públicamente: si no llovía a tiempo, los habitantes de la capital habrían tenido que evacuar la ciudad.
Pero la crisis del agua en la región no se reduce a la sequía. Los estados del Golfo llevan décadas transformando el agua de mar en agua potable mediante plantas desalinizadoras, una tecnología sin la cual países como Kuwait —que obtiene de ella el 90% de su agua dulce—, Omán (86%), Arabia Saudita (70%) o los Emiratos Árabes Unidos (42%) no podrían sostener el ritmo de vida ni la ambición comercial que los define. El problema es que estas instalaciones, que requieren enormes cantidades de electricidad para funcionar, se ubican habitualmente junto a centrales de generación energética: exactamente el tipo de infraestructura que se convierte en objetivo durante un conflicto armado. Reemplazar una planta destruida puede llevar años.
Esta vulnerabilidad adquiere una dimensión nueva cuando se considera que Oriente Medio concentra más del 40% de la capacidad mundial de desalinización, y que la región se ha convertido en los últimos años en uno de los principales polos de inversión tecnológica del mundo. Los Emiratos cuentan ya con unos 35 centros de datos, casi la mitad de ellos de gran escala. Antes del estallido del conflicto, se esperaba que el mercado regional duplicará su valor: de 3.290 millones de dólares en 2026 a 7.700 millones en 2031.
Las grandes tecnológicas habían apostado fuerte por la zona. Microsoft comprometió 15.200 millones de dólares en los Emiratos entre 2023 y 2029; Amazon Web Services anunció más de 5.300 millones para una nueva región de centros de datos; Google Cloud y el Fondo de Inversión Pública saudí acordaron una inversión conjunta de 10.000 millones; y Oracle planea expandir su infraestructura en la nube en Arabia Saudita con 1.500 millones adicionales.
El motivo de tanto interés no es casual. Los centros de datos son la columna vertebral de los servicios bancarios, las plataformas de IA y la computación en la nube, y su operación exige dos recursos que en el desierto escasean: energía y agua. Según la Agencia Internacional de Energía, estos centros ya consumen entre el 1,5% y el 2% de la electricidad mundial, una cifra que se duplicará antes de 2030. En paralelo, una instalación de gran escala puede llegar a consumir hasta 19 millones de litros de agua al día, el equivalente al consumo diario de una ciudad de 50.000 habitantes.
Irán ocupa el decimocuarto puesto en el ranking global de estrés hídrico, y más de cuatro quintas partes de sus 93 millones de habitantes enfrentan ya una situación de escasez extrema. En ese contexto, cualquier escalada del conflicto que comprometa la generación eléctrica —y con ella, las plantas desalinizadoras— no solo pondría en riesgo el suministro de agua de millones de personas, sino que amenazaría con paralizar parte de la infraestructura digital sobre la que el mundo empieza a depender.

