En las calles de High Point, Carolina del Norte, los edificios industriales vacíos cuentan la historia de un imperio perdido. Estas naves que alguna vez retumbaban con el sonido de sierras y martillos ahora son monumentos a una era dorada que se desvaneció hace décadas. A 12.000 kilómetros de distancia, en Foshan, China, el contraste es brutal: fábricas modernas operan sin parar, grúas construyen nuevos complejos industriales, y camiones cargados de muebles salen hacia los puertos.
De la gloria al olvido
Durante décadas, High Point fue sinónimo de excelencia en mobiliario. No era solo una industria; era una identidad. Los abuelos enseñaban a sus nietos el oficio de trabajar la madera. Las familias planeaban sus vidas alrededor de los turnos de fábrica. Era un ecosistema completo: proveedores de madera, diseñadores, tapiceros y distribuidores.
La erosión comenzó en los años 90, pero se aceleró brutalmente después del ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001. Entre 2000 y 2010, Carolina del Norte perdió más de 60.000 empleos en la industria del mueble. Ciudades prósperas se convirtieron en pueblos fantasma económicos.
El gigante del otro lado
Foshan no esperó las invitaciones. Mientras High Point se desmoronaba, empresarios chinos construyeron lo que High Point tardó un siglo en crear, pero en una fracción del tiempo. No se trataba solo de salarios bajos. China invirtió masivamente en infraestructura: puertos ultramodernos, autopistas, redes ferroviarias. Creó clusters industriales donde proveedores, fabricantes y exportadores operaban en proximidad perfecta.
Foshan se especializó no solo en producir barato, sino rápido y a escala. Un pedido que tomaría semanas en Estados Unidos se completaba en días en China. Cuando los costos laborales subieron, la ciudad invirtió en automatización; cuando los mercados demandan diseños sofisticados, contrató diseñadores internacionales.
El experimento arancelario
Cuando Trump lanzó su guerra comercial, los aranceles sobre muebles alcanzaron el 25%. La promesa era clara: encarecer los productos chinos forzaría a las empresas a regresar.
Algunos empresarios estadounidenses sí consideraron reubicar la producción. Pero descubrieron un paisaje desolador: fábricas abandonadas que necesitaban millones en renovaciones, trabajadores especializados dispersados o jubilados, proveedores locales desaparecidos. Los costos laborales seguían siendo incomparables: un trabajador en Carolina del Norte costaba 10 veces más que uno en China o Vietnam, incluso con los aranceles.
La agilidad de las cadenas globales
Los fabricantes chinos demostraron una sorprendente adaptabilidad. Algunos renegociaron contratos para compartir costos arancelarios. Otros reubicaron operaciones a Vietnam, Camboya o Indonesia, evadiendo los aranceles. Algunos establecieron ensamblaje final en México, aprovechando tratados de libre comercio.
Esta flexibilidad reveló una verdad incómoda: las cadenas de suministro globales no son cables que se desconectan y reconectan a voluntad. Son redes complejas tejidas durante décadas, con raíces profundas en ventajas comparativas y conocimiento acumulado.
Quién paga la cuenta
El impacto más inmediato no se sintió en las fábricas sino en las tiendas. Las familias estadounidenses, especialmente las de ingresos medios y bajos que dependían de muebles asequibles, terminaron pagando la factura.
¿Renacimiento o espejismo?
Han aparecido algunas historias de éxito: fabricantes de muebles de lujo que atienden nichos premium, empresas de manufactura avanzada en tecnología. Pero son gotas en el océano comparadas con los empleos perdidos.
Además, la automatización significa que una fábrica moderna emplea 50 trabajadores donde antes empleaba 500. Incluso si toda la producción regresara, los empleos no lo harían en la misma proporción.
Lo que realmente se necesita
Economistas de diversos espectros coinciden: si Estados Unidos busca revitalizar su manufactura, necesita más que aranceles. Requiere inversión masiva en educación técnica, modernización de infraestructura, e incentivos para investigación y desarrollo.
Países como Alemania y Japón mantienen sectores manufactureros robustos no mediante proteccionismo sino a través de estrategias de innovación, calidad y especialización. Sus trabajadores son altamente capacitados, sus empresas invierten en tecnología, y sus gobiernos apoyan la transición hacia manufacturas sofisticadas.
El futuro en dos idiomas
Hoy, High Point se reinventa como hub de diseño y logística. Las ferias de muebles continúan, pero los productos exhibidos vienen del extranjero. Foshan, mientras tanto, invierte en inteligencia artificial y vehículos eléctricos, aspirando a producir tecnología de punta.
Los aranceles crearon fricciones y reordenaron algunas rutas comerciales. Pero no lograron lo fundamental: no devolvieron el tiempo ni reconstruyeron ecosistemas destruidos.