Europa ha decidido que ya no puede seguir ignorando su problema de competitividad. Tras la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno, el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, anunció que se había alcanzado «un acuerdo para que, en ciertos sectores como el de las telecomunicaciones, se permita un mayor grado de concentración corporativa con el fin de alcanzar los ansiados niveles de inversión e innovación». Un giro histórico en el discurso europeo, aunque todavía lejos de convertirse en realidad.
Durante años, la industria ha advertido que el marco regulatorio europeo impide generar la escala necesaria para sostener inversiones masivas en infraestructuras y tecnología. La presión es enorme: mientras Estados Unidos y Asia consolidan gigantes con músculo financiero para invertir miles de millones en redes y servicios digitales, Europa mantiene un ecosistema atomizado, con márgenes estrechos y cargas regulatorias que desincentivan la ambición. Si el continente no mueve ficha, advierten los líderes del sector a través de la asociación Connect Europe, la inversión se frenará y la soberanía tecnológica quedará en entredicho.
Uno de los más activos defensores de este cambio de rumbo es Marc Murtra, presidente de Telefónica. En el último Foro de Davos, reclamó que «Europa necesita dar un salto tecnológico y tener su propio momento NASA», en referencia al impulso que el lanzamiento del Sputnik soviético en 1957 supuso para la carrera espacial y la inversión tecnológica estadounidense. Un llamado que resuena cada vez con más fuerza en los despachos de Bruselas.
El despertar europeo
El argumento a favor de la consolidación no es nuevo, pero sí gana tracción. Como señala Iñaki Ortega, doctor en Economía y profesor en UNIR, «con campeones locales podría generarse todo un ecosistema de I+D y talento para no perder la carrera de la inteligencia artificial». El modelo de referencia está a la vista: China, Estados Unidos e India operan con apenas tres grandes compañías de telecomunicaciones cada uno, frente a la cuarentena de operadoras que fragmentan el mercado europeo.
El emblemático informe de Mario Draghi sobre competitividad europea fue un punto de inflexión en este debate: su apuesta explícita por la escala como motor de éxito económico legitimó un argumento que hasta entonces muchos en Bruselas miraban con recelo. La propia Comisión Europea, bajo la presidencia de Ursula von der Leyen, trabaja ya en la revisión de las directrices de concentración, aunque las señales emitidas hasta ahora han sido interpretadas por las operadoras como lentas y poco ambiciosas.
Los frenos que persisten
Pese al cambio de clima político, el avance definitivo sigue en la cuerda floja. El anuncio de Costa es, por el momento, solo eso: un anuncio. Para traducirse en medidas concretas que permitan niveles significativamente mayores de consolidación, tendrá que superar resistencias poderosas en varios frentes.
Por un lado, la tan esperada Ley de Redes Digitales de la UE, presentada el mes pasado, ha decepcionado al sector: no recoge la mayoría de sus demandas y deja a las empresas sin el marco que necesitan para invertir y competir con los grandes jugadores internacionales. Por otro, la posición de Teresa Ribera, responsable de competencia de la Comisión, se endurece en lugar de suavizarse. La comisaria deja cada vez más claro que no permitirá que la competitividad sea el pretexto para desmantelar los pilares del mercado interior. El debate está servido, y Europa tendrá que elegir entre sus principios y su futuro.