José Antonio Kast llegará a La Moneda el 11 de marzo con un expediente geopolítico que sus antecesores jamás tuvieron que gestionar con tanta crudeza. China y Estados Unidos han dejado de ser socios que compiten en silencio: ahora exigen definiciones, imponen costos y saben exactamente cuánto pesa cada decisión de Santiago en el tablero global. El episodio del cable submarino que uniría Valparaíso con Hong Kong lo dejó en evidencia de forma brutal: Washington vetó el proyecto y, como represalia por haberlo impulsado, revocó las visas del ministro de Transportes, el subsecretario de Telecomunicaciones y el jefe de Gabinete de su predecesor Gabriel Boric.
«Chile fue el teatro de un conflicto geopolítico», resume Francisco Urdinez, director del Núcleo Milenio para los Impactos de China en América Latina (ICLAC) de la Universidad Católica. «La señal de EE UU fue muy clara: si no te alineas con nosotros en temas críticos —telecomunicaciones, infraestructura portuaria, minerales estratégicos— tendrás un problema bilateral». El mensaje, subraya, no era solo para Santiago: era para toda la región.
Un socio comercial que no se puede ignorar
Los números explican por qué la ruptura con China es una fantasía. El 37% de todas las exportaciones chilenas tiene como destino el gigante asiático —cobre, litio, cerezas, limones—, mientras que el 25% de las importaciones proviene de allí, según estadísticas de la ONU. En el período 2020-2025, el comercio bilateral creció a un promedio del 7% anual. El vínculo con Estados Unidos también se expandió, y a mayor velocidad: un 10,8% anual en el mismo período, de acuerdo con datos de la Subsecretaría de Relaciones Exteriores. Pero Washington, con todo su peso político, no puede compensar lo que significa Pekín en volumen de compras.
Urdinez es tajante al respecto: «La profunda dependencia comercial con China no es algo que pueda revertirse en el corto ni en el mediano plazo». Y añade que el escenario actual es cualitativamente distinto al que enfrentaron gobiernos anteriores: «Si antes se podía estar en buenos términos con ambas economías, ahora eso terminó de golpe. Ya no se puede estar bien con China y EE UU al mismo tiempo, por lo menos en algunas materias de extrema sensibilidad para Washington».
Señales en direcciones opuestas
En los días previos a su asunción, Kast ya envió señales hacia ambos lados del Pacífico, aunque no siempre de forma coordinada. Este sábado viajará a Miami para participar en la cumbre Shield of the Americas, convocada por Donald Trump, con quien comparte afinidad ideológica y hacia quien buscará dar su primera señal pública de respaldo geopolítico desde que ganó las elecciones el 14 de diciembre.
Simultáneamente, y sin aparente coordinación con la Oficina del Presidente Electo, una delegación de mujeres del Partido Republicano viajó a China invitada por la embajada de ese país. La comitiva, encabezada por la secretaria general Ruth Hurtado, se reunió con ejecutivos de empresas tecnológicas de capital privado con subsidio estatal. El director del departamento del comité central del Partido Comunista de China, Liu Haixing, recibió personalmente al grupo, según informó la agencia Xinhua.
Arturo Squella, presidente de Republicanos, intentó conciliar ambas realidades desde la tribuna: «Tan importante como reconstruir la relación con Estados Unidos que nos deja este Gobierno, es mantener y profundizar una buena relación comercial con China».
El cable submarino como anticipo
El embajador estadounidense Brandon Judd afirmó que durante los dos meses anteriores mantuvo reuniones con ministros y autoridades chilenas para advertir sobre el proyecto del cable chino, siendo explícito sobre los riesgos que representaba no solo para Chile, sino para la seguridad de toda la región. Como contrapropuesta, elogió el cable Humboldt —impulsado por Google— que busca conectar Sudamérica con Australia, describiéndolo como un modelo de infraestructura que protege la soberanía.
Luis Schmidt, quien fue embajador de Chile en China durante los dos gobiernos de Sebastián Piñera, cree que el encuentro entre Kast y Trump en Miami es una oportunidad concreta para desactivar algunos de los aranceles que Washington ya impuso sobre exportaciones chilenas. «Por nuestro Tratado de Libre Comercio teníamos cero impuestos, y ahora salmones, vinos, madera y cerezas pagan un 10%», señala. «Esto se resuelve con rondas de conversaciones serias». Pero Schmidt advierte que esos avances con Washington no deberían hacerse a costa de la relación con Pekín: «Chile es un país pequeño, con una economía en desarrollo. Esta política de Estado de conversar con todos nuestros socios comerciales es lo que nos permitió llegar a acuerdos amplios a nivel mundial».
El desafío de Kast no es nuevo en términos de fondo, pero sí en términos de intensidad. La rivalidad sino-estadounidense ha entrado en una fase donde ya no basta con la ambigüedad diplomática.

